Hay palabras que me gustan: raw, visceral, parlamento. Me gustan las eles que se redondean en la lengua. De pequeña me daba vergüenza pronunciar palabras con «ch». Todavía no recuerdo por qué. Hay cosas que me cuestan: deconstruirme desde el privilegio, entender lo sistemático de la opresión, que me tomen en serio cuando hablo de acabar con el concepto de «belleza» desde un cuerpo que es bastante normado e incluso agradable a la vista según parámetros sociales. No llorar cuando me molesto, explicarle a alguien que me ha hecho daño sin que me tiemble la voz. Correr más de un kilómetro. Hay sensaciones que me agradan: sentir cómo la tensión en la espalda se libera al acostarme boca arriba en la cama al final del día, que me cojan la mano, pasarme los dedos entre el pelo mojado. Hay cosas que quiero: escribir, ser madre, ser buena persona, hacer algo (todavía no sé qué) que haga del mundo un lugar mejor. Hacer el máster. Hay cosas que me dan miedo: casi todo. Hay cosas que ansío desde la boca del estómago aunque no encuentro destello: volver a escribir. Hay historias que necesito contar pero que no sé escribir sin robar a otros de sus vivencias para reconstruir las mías. Habrá que inventárselo todo.

Cornelia Street

Hace poco más de un año las copas de los árboles se pusieron amarillas y de repente el concreto de la acera dejó de sentirse duro y rasposo bajo la suela de mis zapatos. Entonces escribí en el diario: «Todos los clichés y los lugares comunes en la literatura sobre el otoño son ciertos». Yo nunca había vivido uno, y descubrí que hay una especie de respiro en el final del verano, cuando las temperaturas bajan y los pies empiezan a deshincharse mientras el calor finalmente sucumbe a las primeras brisas frías. 

En ese momento había pocas imágenes tan puras como la que me encontraba al subir la mirada y ver la bandada de hojas color rojizo caer. 

Creo que para mí el otoño siempre tendrá cariz de descubrimiento, y aunque el año pasado estaba repleto de preguntas ahora puedo trazar con los dedos el mapa hasta sus respuestas. Hay tanto que estaba en el aire y que ahora es mío. 

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Esta semana C regresó a mi vida después de otra mudanza y más de un tumulto. Me dice que hemos coincidido en tres ciudades, en tres lugares distintos del mundo, y la contundente simpleza de ese pensamiento me resulta preciosa. Una vez le dije que haberla conocido era como sacar un suéter de la secadora en invierno y ponérselo de inmediato: el calor que se esparce por el torso y los brazos, expandiéndose como esas amistades que van dejando raíces sin que nos demos cuenta. Nos conocimos el mismo día que abracé por primera vez a Piedad Bonnett y hay noches que se quedan ahí siempre. 

Nos contamos la vida del último año y medio entre cerveza, coca-cola y papas. Hablamos de espacios propios y de poemas y, por supuesto, de migrar. Del desarraigo y dejar los libros y de la importancia de sentirse de algún lugar. Ahora llevamos la casa a cuestas, una casa hecha de aire porque se han desdibujado todos los cimientos. 

Me rio de mí misma porque qué tonta y qué ilusa: hace un año pensaba que nunca iba a volver a ser feliz, que qué absoluta y asfixiante la pena, que venir a Barcelona había sido un error y otras tantas mentiras lapidarias de esas que me repito cuando necesito reprocharme mis decisiones porque no resultan como esperaba. 

Este verano leí a Deborah Levy escribir que la felicidad siempre está en presente. Esto no es la felicidad, que da miedo porque embriaga y puedo posponer pero no evitar el síndrome de abstinencia que le sigue siempre. Es otra cosa. 

A pesar de la cantidad de recomendaciones de series excelentes que rondan Internet y de los insistentes mensajes de mis amigas para que vea Fleabag, Gentleman Jack o Killing Eve, hace un par de semanas me encontré maratoneándome otra vez las primeras temporada de Gossip Girl como si tuviera dieciséis años de nuevo. 

Y allí, en medio de la paradójica comodidad de consumir contenido ya visto, predecible, seguro, encontré otra señal de algo a lo que la vida tiene meses empujándome. En la segunda temporada, el personaje de Noah Shapiro le dice a Dan: «A cardinal rule of writing: if your work’s too safe then do something dangerous». 

Do something dangerous. 

Do something dangerous.

Do something dangerous.

La frase se repite en mi cabeza como una rumiación, como un mantra. M me dijo ayer que dejara de rumiar obsesivamente pensamientos autodegradantes, pero creo que este le gustaría porque no me hace daño; al contrario, me lleva a aquello mismo en lo que ella tanto insiste: flexibiliza la muralla, entiende que los límites te protegen pero son únicos en cada circunstancia, no son estáticos, hay que reconfigurarlos constantemente. Acércate a la reja de tu guarida, asómate y ve qué hay fuera. No tienes que salir, solo observa. Pon un pie fuera cuando te sientas cómoda. 

Do something dangerous.

Lo peligroso, para mí, no implica un paracaídas ni convertirme en nómada y mudarme al Ártico. Mis amigos aportan ideas: ve al karaoke, pídele el número a alguna chica guapa, lee algo que nunca cogerías en la librería. Hay seguridad incluso en lo “espontáneo” porque, para alguien como yo que soy rígida, necia, costumbrista—, lo peligroso puede ser tan sencillo como colorear un poco por fuera de la línea, salirme de los límites autoimpuestos, dejar por un rato de intentar controlar todo lo que se mueve en mi entorno. Comprar un billete de tren e irme a Madrid sin planificar.

«Nada de lo que sale aquí es casualidad, mira: a veces hay que irse para encontrarse», suelta M cuando hablamos de guiris que se caen borrachos de balcones. 

Quizá hacer algo espontáneo también signifique escribir sin miedo a ofender. O buscar palabras para nombrar el bienestar ignorando el lastre rumiante de pensar que no me lo merezco. Lo que sea que signifique merecer.

Selecto inventario de (ni tan) olvidos

Nunca voy a querer tener hijos y no me voy a sacrificar por ti. El tiempo y la energía que invertimos aquí estarían mejor invertidos en nuestros proyectos personales. Pero, Vicky, no te voy a presentar a mi hermano. Me da miedo convertirme en mi papá y, cuando sea profesora, querer follarme a todas mis estudiantes. Ven. Mejor no, mis amigos me dijeron que si podemos estar solo nosotros. Nos vemos el miércoles, seguro [en doce meses enteros no ha llegado el miércoles]. Vas a empezar a llorar y voy a taparme los oídos y a mirar a otro sitio. Voy a golpear la pared y te van a temblar tanto las piernas que vas a vomitar en un basurero de la Diagonal. Si no me mandas a la mierda tú, te voy a mandar a la mierda yo. He hecho muchísimo daño y, si te lo cuento, es porque quiero que lo sepas todo y que, si algún día alguien se sienta frente a nosotras creyendo conocerme, tú sepas que te lo he contado todo. Después de ti decidí que no quería ser lesbiana y encontré el hombre perfecto para mí. No quiero planear nada. He quedado con mi peluquera y con mi prima y con mi amiga y con el conejo recién adoptado del vecino, pero no quiero hacer planes, no contigo. 

Vas a ser la mano que coja la mía y atraviese conmigo todos los altibajos de los últimos meses pero, cuando sea mi turno de sostenerte, voy a soltarte. No voy a darte ni un par de meses de adaptación. Tu necesidad me sofoca. Te aferras a mí como lo único seguro en tu vida y eso me asfixia. Te echo de menos, pero voy a ignorar tu dolor. Nunca voy a disculparme. Nunca voy a mirarte a los ojos y a reconocer que te herí. Voy a pronunciar todas las excusas del libro, todas las que regresan a mí. Yo lo he pasado peor, siempre. Destruirme fue el castigo perfecto por haberte hecho daño. 

Estoy en Barcelona, no sabía si decírtelo o no. Prometo no volver a buscarte. Pero que quede en el registro que yo nunca quise hacerte daño, cúlpame de lo que te dé la gana. Porque eso es lo que importa: el registro. Cómo queda escrita la historia. No el daño hecho, lo que importa es que quede perfectamente escrito que no fue intencional. El infierno está lleno de buenas intenciones. No importa disculparse. Lo único que importa es que, en el registro imaginario, quede impoluta. [Cuánta soberbia en que lo único que te importe del dolor ajeno es cómo te hace lucir a ti]. 

Mandíbula

Tengo, como todo el mundo, miedos heredados. El primero que recuerdo fue a los perros: grandes, pequeños, mansos y agresivos, de todos los colores y razas. Ninguno se escapaba a mi terror de niña quejica. Miedo a los que buscaban lamerme las manos infantiles y olisquearme en la calle, mucho más a los que me ladraban con desconfianza. Quien me viera hoy en día, sonriendo a todos los perros que me cruzo en la calle y poniéndole voz de bebé al cachorro enorme de la sexta planta en el edificio donde vivo, seguramente no podría imaginarse que pasé los primeros diez o doce años de mi vida en pánico absoluto cada vez que alguno estaba cerca de mí. El miedo era paralizante: en casas de amigos buscaba subirme al sofá, a alguna silla o mesa, las piernas bien arriba para que el perro no pudiera alcanzarme.

Mamá nos había contado —aunque no tengo recuerdo alguno del hecho— que, cuando éramos muy pequeñas (tres o cuatro años, quizá), un día al llegar del colegio los perros de una vecina habían atacado a mi hermana menor. La anécdota se torna difusa porque no logro recordar ni cuántos eran, ni de qué raza, ni qué pasó. Creo que nada grave, pero el miedo se había instaurado como una astilla que se clava en el dedo y molesta aunque sea pequeñita y no podamos verla. Le habrán dado unos cuantos mordiscos, asumo. Para ella debe haber sido terrorífica la imagen de aquellos animales, que tendrían casi el mismo tamaño que ella, abalanzarse sobre su cuerpo con intenciones poco cariñosas. Y para mí, que siempre he tenido un innecesario complejo de salvadora de todos, debe haber sido traumático presenciarlo y no poder hacer nada más que gritar o llorar, probablemente.

Poco ayudaba aquella conocida afirmación, repetida hasta la saciedad por seres queridos y extraños al ver que yo no quería acercarme a los animales, de «los perros pueden oler cuando tienes miedo». Pero, ¿cómo evitar sentir miedo? Si tenía miedo a que me mordieran, y sería ese mismo miedo el que se pronunciaría en un megáfono a través de mi olor corporal y haría que me mordieran de nuevo. Resulta extraño que pensara en términos de repetición de un suceso que no me había ocurrido a mí, pero, como con muchas cosas, a veces no logro distinguir en la memoria qué cosas me pasaron a mí y cuáles a mi hermana, al igual que digo, con cierta frecuencia, «no sé si esto realmente pasó o si lo escribí en algún sitio y me lo terminé creyendo».

El miedo me acompañó por muchos años más que el recuerdo reconstruido. Tampoco sé en qué momento se fue, cuál fue el primer perro que acaricié sin cautela, cuál fue el primero en sentarse en mi regazo sin que se me escaparan unas gotas de pis del pánico. Papá era alcahueta —agridulce “privilegio” del divorcio: la figura paternal de los fines de semana suele ser más permisiva pues ejerce menos carga mental en la crianza— y en su casa tuvimos, en diferentes momentos, dos gatos (creo), algunos hámsteres que empezaron a reproducirse a velocidades incontrolables y a comerse sus propias crías tras el parto, creo que un conejo (esto pude haberlo inventado también) y un cachorro. Quizá el desfile de mascotas durante esos años me fue sacudiendo la ansiedad o aumentando la confianza en los animales, quizá los miedos nuevos fueron el un clavo saca a otro clavo de mis temores.

Ahora soy (más o menos) adulta y, aunque quisiera enfrentar mis miedos como batallas en las que solo puede haber un vencedor, me falta heroísmo para conquistar mis sombras. Muchos de esos miedos ya no son tangibles: no puedo ya subir las piernas sobre la silla y ensuciar el tapiz con mis zapatos para dejar la amenaza en el suelo y lejos de mi alcance (o lejos yo del suyo). Todavía me pregunto cuáles desarrollé yo sola y cuáles heredé de otros: al abandono, a la inconsistencia, a quedarme sin casa, a ser mediocre, a cruzar la calle sin haber mirado dos y tres veces a cada lado, a pillar una intoxicación al comer mariscos y acabar en el hospital (y amo comer mariscos), al silencio cuando no quiero escucharme, a Tinder (hola, si por alguna casualidad me lees: lamento haber dicho que sí, que el miércoles me iba perfecto para tomar un té, y luego haber borrado la aplicación y desaparecido de la faz del planeta porque me generó ansiedad que al conocerme pensaras que soy imbécil, fea o ambas), a beber de más e ir sola por la calle, a que me agredan sexualmente, a no conseguir un trabajo en lo que me apasiona, a morirme sin haber escrito algo de lo que me sienta orgullosa, a pasar por la vida sin pena ni gloria. Algunos son obvios, otros no tanto, algunos los olvido a ratos hasta que me ponen zancadilla y me voy de bruces. Constantemente me cuestiono si desenmarañar los miedos sirve realmente de algo.

Hace poco me sugirieron que, para intentar centrarme en situaciones en las que la ansiedad me desborda, piense: «yo no soy la persona más vulnerable aquí». Puede que sea cierto, o no, pero recordarme de forma consciente que quienes me rodean quizá tienen miedos parecidos a los míos, o los suyos propios, me hace acercarme al otro y a mi entorno de forma más empática y con menos recelo. No siempre somos los más vulnerables. Otra sugerencia que me hicieron: recordar que el miedo fue una herramienta que me protegió cuando fue necesario, pero que puedo soltarlo cuando ya no lo necesito.

Y, si nada funciona, siempre puedo seguir jugando al un-clavo-saca-a-otro-clavo de los terrores.

No pasa nada

El abuelo se está muriendo. Yo estoy viva, creo, porque puedo sentir cómo el corazón late, ansioso, y algo que no identifico me duele mientras el abuelo se está muriendo. Siento la sangre ácida: algo me está quemando. Escribo con fiereza porque pienso que si lo escribo en gerundio puedo atarlo al presente. Quizá ese «iendo» lo mantenga de este lado, pensamiento egoísta, porque el abuelo está mayor, enfermo y cansado y yo no le he preguntado si quiere seguir aquí —solo intento retenerlo, atarlo a mí y a esta vida a través del lenguaje—.


He visto a dos de mis abuelos morirse. A mi mamá no le quedan papás, a mis abuelos no les quedan papás y ahora mi papá va a quedarse sin el suyo. 

El abuelo me dijo en octubre del 2017 que me quería. Fue la última vez que lo vi. Ahora es 2019 y estoy latiendo, que es quizá lo opuesto a muriendo, y no sé si es de dolor o de rabia o de vida. Hay una ira caliente, pegajosa, expansiva y violenta en mí. Es estruendosa como el vagón del metro al entrar al andén: sonido de metales frotándose y de destrucción aunque sea el ruido más rutinario del planeta. Siempre pienso que el metro va a estrellarse, de la fuerza que trae, y que todos vamos a morir. Pero no hemos muerto, el único que está muriendo es el abuelo, en la cama de una clínica a miles de kilómetros de mí.

No sé cómo conjugar el verbo morir. No sé en qué tiempo verbal situar la anticipación a la pérdida, el dolor suspendido porque estoy conteniendo la respiración, esperando el golpe. La pantalla iluminada con lo que no quiero leer. 

No sé si importa poner todo en palabras. A mí me importa.

Creo que la rabia que me late en las sienes es el estar tan lejos. Que el abuelo se esté muriendo y yo esté, justamente, en la ciudad que lo vio despedirse de su tierra. Maldigo en silencio a quienes me robaron esto: los últimos años de mis abuelos. El llorar a mis enfermos y a mis muertos desde una pantalla. 

No quiero irme a dormir porque me da miedo despertarme y que ya no haya presente que conjugar. 


La inminencia de la muerte en el 2019 es estremecerte cada vez que vibra el teléfono. Mirar hacia otro lado, no querer dirigir los ojos hacia la pantalla por si acaso. Por si el rectángulo está iluminado con lo que no quieres leer.

«El abuelo se despertó», me escribe papá. «Ni los médicos se explican qué pasa», dice.

Los médicos no saben que yo lo escribí en gerundio para mantenerlo vivo con el lenguaje. «Tiene las pupilas normales», dice papá. Todos estos días estaba ido cuando abría los ojos, ahora tiene las pupilas normales. Intenta hablar y llama a sus hijos por sus nombres. 

El abuelo se estaba muriendo ayer, pero hoy se está muriendo un poco menos. 


La abuela dice «creo que lo peor ya pasó», y pienso que si pudiera definirla con una frase, probablemente sería esta. Marina, toreando todo lo que viene con la cara en alto. Cuántas lágrimas en privado le habrá costado esta entereza que siempre nos presta a todos, siempre tan ávida de ver más allá, más adelante, siempre lista para seguir con un «lo peor ya pasó». 

(Esto lo escribí a finales de junio. Puedo compartirlo ahora porque el abuelo no se murió. Porque sí pude mantenerlo con vida escribiéndolo en presente. Porque, una vez más, pude con palabras salvar algo.)

Ejercicios de (des)organización

Uno

Tengo veintiséis años y las uñas pintadas de plateado como si tuviera cinco y acabara de descubrir la escarcha. Me contaste que a los veintiséis te pintaste las uñas por primera vez en tu vida.

Me enseñaste un gato gordo y redondeado y manoseado y me escupiste con saña un montón de mentiras que aún estoy tratando de expulsar de mi sistema. Había mucha gente mucha mucha era verano pero yo no sentía ni frío ni calor solo mi mano palpitando en la tuya y por primera vez no pensé en los carteristas. Yo siempre pienso en los carteristas.

Quédate el gato y la plaza y esas calles son todas tuyas yo no quiero nada no quiero. Me llamaste mi amor y creo que no te diste cuenta pero yo sí aún me atormenta aún lo repito aún lo escucho no te diste cuenta.

Bajo la premisa de no querer hacerme daño me han quebrado todos los huesos. No quiero hacerte daño crac el antebrazo. No quiero hacerte daño crac crac las vértebras una tras otra. No quiero hacerte daño crac el fémur hecho astillas. No quiero hacerte daño no queda nada no quiero rebuscar en la basura me duele quiero que el maldito gato desaparezca y que esa marca en el calendario pierda significado quiero que no existan los calendarios.

Dos

Tengo frío calor frío calor frío calor frío no me hallo en este cuerpo, en esta primavera que no se acaba y este verano que no llega o sí o a ratos. La rodilla izquierda grita si la apoyo fuerte es un látigo no puedo correr para alcanzar el autobús me duele. A los veinticinco me convertí en huérfana pero me queda grande la palabra. Una orfandad distinta que no encaja ni cabe en el diccionario una orfandad de miedo enfermedad y orfandad suenan parecido y yo todavía no sé qué hacer con tanta memoria me duele.

Ya no soy huérfana nunca lo fui mis padres no han muerto. Tengo más padres que el promedio. Me pidieron que escribiera sin pensar no como escritora no uses signos de puntuación no ordenes solo escribe. Hay que rebuscar entre la basura con cuidado y con recelo porque las piedras preciosas se encuentran entre lodo pero yo soy el lodo te dije y tú sonreíste porque confías confías confías. Tengo miedo y no sé bajar los brazos.

Fragmentos

V

Mi mejor amiga y yo intercambiamos correos desde hace años. Es nuestra manera de contarnos la vida en una época en la que enviar cartas transatlánticas es caro y poco práctico —aunque todos preferiríamos leer a los nuestros de su puño y letra—. Un correo puede ser un relato corto o un capítulo de una novela: pequeño triunfo de Gmail sobre Whatsapp en una guerra imaginaria entre plataformas de mensajería. Aunque no tengan el mismo objetivo. Fantaseo con imprimirlos todos y archivarlos por año en mi biblioteca. Fantaseo, si llego a vieja, con releer esa correspondencia.

VI

En Barcelona pasan cosas, siempre. En ocho segundos se puede desarrollar una secuencia en la que alguien pasa detrás de ti con un radio en el que suena, a todo volumen, el himno de Colombia, mientras cinco o seis mujeres borrachas, con flotadores en forma de unicornio en torno a la cintura, corren por la arena gritando y riendo; al mismo tiempo una mujer arma un follón en italiano, palabras mezcladas con alcohol e irracionalidad, se desnuda por completo y se lanza al mar a la una de la mañana. Tú no entiendes nada, pero todo acaba de pasar.

También terminas, por caminos misteriosos, tomando shots con una pareja de sudafricanos en un bar que tiene nombre de posición sexual, mientras ellos te cuentan su historia y ella te dice que le gusta tu aro en la nariz porque te lo ve y doesn’t know if you’re naughty or you’re nice. Ma’am, I’m just tired and worn out.

O es viernes y no sabes muy bien cómo pasó, pero estás ayudando a una desconocida a mover y organizar los muebles de su piso recién pintado. Paredes blancas y cerveza. Acabas de hacer dos amigas (eso lo decidiste tú sola: aún no sabes si ellas quieren ser tus amigas también). Te haces un hueco en un aquelarre ajeno y piensas: creo que estoy viviendo.

Barcelona está viva.

VII

Es muy fácil hacerme pequeña. Es muy fácil reducirme, y creo que la gente se da cuenta. Me avergüenza que se den cuenta.

VIII

Por primera vez fui al teatro sola. Antes de empezar la función parecía que todos a mi alrededor hablaban entre ellos. Me sentí más sola que nunca, mirando hacia el frente. A mi lado se sentó una chica y yo asumí que estaba esperando a sus amigos: el resto de los asientos se llenaron y descubrí que ella también había venido sola. Me sentí menos tonta.

Me preguntó la hora, de reojo vi que tenía su teléfono en la mano. Ocho y cincuenta y nueve, falta un minuto. Gracias. Pasé toda la obra preguntándome si su teléfono no tenía reloj.

IX

En Almagro, hace un año, los actores de una compañía colombiana me dijeron que a los españoles les gustaba su puesta en escena porque podían sentir «la visceralidad de las emociones en la carne». No he podido olvidar esa frase. Ver Macbeth en un pueblo remoto de España, con 36 grados a la una de la mañana. Revolcarse en la carne.

Día uno de las vacaciones. En las semanas que precedieron a este día fui repetitiva hasta el cansancio: no sé cómo todavía tengo amigos, si constantemente estaba hablando de lo mismo. Y si no podía dejar de hablar de este momento es, precisamente, porque suelo marcar hitos imaginarios en un calendario también imaginario. La última vez que tuve vacaciones tenía miedo de mí misma. Le rehuía al pensamiento. Los días libres y el estar desocupada eran terreno fértil para el duelo y la nostalgia. No quería estar en casa ni un segundo: salía corriendo a la playa, a museos, a caminar por horas, sola. Cualquier cosa que me hiciera no pensar, o pensar en cualquier cosa que no fuera aquello. Vivir cansa mucho cuando estamos intentando correr de nosotros mismos, y eso nunca sale bien.

Estas vacaciones son radicalmente distintas. Estoy respirando el sosiego del aire caliente del verano. La pintura roja en las uñas de las manos y los pies me señala que empezaron los días de playa, y me acuerdo de aquel amigo de adolescencia que una vez me dijo que las que se pintaban la boca o las uñas de rojo eran las putas. Hoy, diez u once años después, me pregunto cómo llegó a esa conclusión un quinceañero. La conciencia feminista me increpa el no haberle contestado nada. La verdad: en aquel momento aquella afirmación ni siquiera me pareció grave o relevante. Me parecía una opinión y ya; una opinión de mierda, sí, pero nada más. No vamos a entrar en cuestionarnos cómo un color nos pone en uno de los dos bandos a los que, aparentemente, una mujer puede pertenecer: las de bien y las putas. Qué lindas se ven mis uñas con este rojo. Y llevo los labios rojos el 99% del tiempo, me atrevería a decir.

No estoy huyendo de nada, y qué bien se siente. En la nevera se está enfriando un vino y hay manzanas, patilla y cambures para una semana. Escribo en el bloc de notas del teléfono, no sé por qué, que no es lo mismo enamorarse que amar: el enamoramiento es el destello y el amor es lo que viene después. No tengo idea de dónde salió ese chispazo: no estoy ni enamorada ni amando.

La premisa de estas vacaciones es sencilla pero contundente: cuidarme. Cuidarme se traduce en dormir suficiente, comer bien, exponerme al sol, rodearme de personas que me hacen bien. Leer mucho y escribir. Escribir aunque no tenga nada que decir, aunque nadie lea y aunque a nadie importe. Escribir aunque sea para repetir que ya no estoy corriendo y aunque todavía tengo las rodillas maltrechas de tanta carrera, qué bien se siente el sofá de mi casa cuando puedo sentarme en él sin necesidad de salir huyendo.