Los peldaños crujen sobre mi cabeza. A la poesía le tiemblan las manos: quiero que el silencio la sostenga como a un cuerpo que flota en una masa de agua. La cerveza se deshace en la boca, dulce y afrutada. El recuerdo: la grieta que nos hace humanos.

Suelo dividir en dos tipos a las personas en las calles y el transporte público de Barcelona: los que son capaces de llevar una mochila a la espalda, los audífonos puestos, e ir por la vida con la tranquilidad de quien no piensa en los carteristas y sus manos invasivas abriéndose paso entre sus objetos personales, y los que no somos capaces de llevar mochila o, en su defecto, cuando la llevamos vamos tan paranoicos que no logramos quitar la mano del cierre.

La terapeuta dice que no soy precavida sino paranoica. No hay que ser excepcionalmente inteligente para entender que “paranoica” no es un adjetivo que esté entre los “buenos”, entre las características deseables de la personalidad.

Por estos días, Barcelona está sacudida por una borrasca. Los paraguas rotos se desbordan de las papeleras, las motos estacionadas se caen de lado y mis cincuenta kilos y yo hemos salido volando más de una vez.  Me hace gracia cuando se me moja el pelo, porque por minutos puedo sentirme como Elizabeth Bennet en Orgullo y prejuicio. En las borrascas y adversidades meteorológicas también hay dos tipos de personas: los que tenemos miedo a que la rama de un árbol salga volando y nos aplaste y los que no piensan en ello.

Ayer le pregunté a mi hermana si aquello no le daba miedo. “Nunca lo había pensado”, me respondió. Ayer también fue el día en el que pude llorar.

Le digo a la terapeuta que no quiero llorar porque no soy una víctima ni quiero serlo. Ella me dice que uno deja de ser una víctima cuando reconoce que la está pasando mal pero que tiene herramientas para enfrentarse a ello. No solo tengo las herramientas, las estoy utilizando. Me siento mejor y me permito llorar todo lo que tengo atravesado.

Hay que esculcar la retórica para buscar lo propio y recogerlo. Con cuidado, tratando de no cortarse los dedos con los vidrios rotos.

Ayer compré un libro que me costó 91 céntimos pero por cuyo envío tuve que pagar cuatro euros. Algunas cosas, como casi todo en la vida, se compensan entre ellas.

Apuntes en las notas del teléfono

Voy a escribir «disciplina» y, apenas tipeo «dis», el texto predictivo completa: «disculpa». El esófago quema. El teléfono reconoce.

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D me escribe, una madrugada en la que no puedo dormir y lloro y repito las tristezas como una letanía: «Me siento muy orgulloso de ti, de la persona que eres y de la fuerza imparable que llevas dentro». Lo copio en un post-it amarillo y lo pego en la computadora del trabajo. La fuerza imparable que llevo dentro. Leerlo cada día hasta que me lo crea.

*

Leo sin leer, que es más como escanear la página con los ojos sin que las letras cobren sentido. Devoro páginas enteras sin apenas recordar qué dicen. Apilo libros que no digiero porque el estómago es un nudo que no se suelta.

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D dice que intento actuar como un robot que no se permite estar herida. Que deje de latigarme. No soy un robot. Estoy herida.

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Una vez me dijeron «Eres un roble» y respondí, desafiante y mostrando los colmillos, que no soy ningún roble, sino una persona que siente y duele.

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Empecé a escribir una historia sobre una mujer que, mientras limpia, empieza a fantasear con tomar shots del bote amarillo de lejía. Se me ocurrió mientras me dejaba las uñas entre las cerámicas del baño, un domingo por la mañana. El olor penetrante a cloro me despertaba la imaginación. Esa mujer no soy yo.

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Pienso que Sontag no fue feliz.

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Exploro el lenguaje buscando palabras para nombrar el bienestar.

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Quiero arrancarle la solemnidad.

Apuntes de las últimas semanas en las notas del teléfono

El cuidado luce de muchas formas distintas. El agradecimiento por las amistades que lo reinventan día a día.

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Alguien que quiera cogerte de la mano incluso en medio de una pelea: ahí es.

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Las aceras son de los borrachos durante las noches, y de los corredores al amanecer. También de los perros de vejiga urgente y de sus adormilados dueños, de la mujer cuyos tacones son el único sonido de la Diagonal cuando todavía no ha salido el sol. Quizá también de la señora que mira con parsimonia los escaparates a oscuras: quiero acercarme y decirle que el día todavía no empieza, preguntarle si tampoco pudo dormir, abrirme para que me cuente cuál es su duelo. A esta hora, creo que todos llevamos alguno. Me ajusto la bufanda, que empieza a ahorcarme, y aprieto el paso para seguir de largo.

Cuál es la distancia exacta entre la casa y la oficina. Cuántos pasos hay entre el sosiego y yo. Cómo se recorre el camino de vuelta a uno mismo. Cómo se mide el trayecto.

03/01/2020

«Here’s the thing: You need to walk away. For the rest of your life, occasionally, you will fall in love with a woman who will not love you back. She will always be beautiful, always lost in some fundamental way, and for a time she will depend on you, mistakenly see you as a way out of something and into something else — truth, herself. She will flirt, perhaps be as obsessed with you as you are with her, and she will go to some lengths to keep your attention. Do not mistake that for love.

You always want to understand; that is why you’ve spent a fortune on therapy over the years, that is why you write. You confuse knowledge with control. You believe that if you unveil the origins of a thing, that thing will not reoccur. You are wrong. This will continue to happen and there’s nothing you can do to escape. That’s why you need to walk away. Walking away is the opposite of escaping; it means you’ve stopped arguing with reality.»

Shelly Oria

Cosas que aprendí en el 2019

  1. Que juzgué con excesiva dureza a mi madre.
  2. Que los errores de mi madre fueron producto de circunstancias más grandes que ella, que hizo lo mejor que pudo y, definitivamente, mucho más de lo humanamente posible.
  3. Que no juzgo con la misma dureza a mi padre.
  4. Que no importa cuánta teoría feminista y de cuidado me meta por los ojos, en el cerebro y en la biblioteca; necesito hacer una deconstrucción consciente de las ideas que guardo en torno a la maternidad.
  5. Que no tengo que esperar a que una situación me haya destruido para salir de ahí: puedo ver las señales y elegirme a mí.
  6. Que la abnegación es asfixiante.
  7. Que no soy capaz, o al menos no he llegado todavía allí, de cerrarme por completo.
  8. Que tenía razón la terapeuta todas las veces que me dijo con desparpajo: «No te creo cuando afirmas con tanta certeza que nunca más te vas a abrir a querer a alguien», por mucha rabia que me daba sentir que ella “pensaba que me conocía más que yo misma”.
  9. Que sí puedo volver a querer.
  10. Que la culpa –palabra pesada que se arrastra y corroe– no siempre es del otro, que la culpa no siempre es mía, que la culpa nunca es de uno solo sino de dos.
  11. A cambiar la palabra “culpa” por “responsabilidad”.
  12. Que la necesidad de control no es más que una herida del miedo al abandono.
  13. Que cuando dejo de intentar controlar hasta el mínimo detalle de absolutamente todo lo que pasa en mi vida, duermo mejor.
  14. Que puedo cambiar y sanar los comportamientos que no me sirven pero que no puedo –ni quiero– cambiar lo que soy como persona.
  15. Que las historias no se dividen en buenos y malos: están compuestas por personas con motivaciones propias.
  16. Que debería disculparme con mis exparejas por todas las veces que mi miedo al abandono me llevó a un apego malsano que terminó por asfixiar el amor.
  17. Que tengo un apego inseguro, y que es mi trabajo sanarlo.
  18. Que hay vínculos que sobreviven gracias a la amistad y a la poesía. Que el amor que queda después es mucho más profundo y puro.
  19. A moverme en Barcelona sin usar el Google Maps (o usarlo poco).
  20. Que arriesgarse es mi cosa menos favorita en el mundo y, al mismo tiempo, la que mejores resultados me da cuando me atrevo.
  21. Que puedo vomitar por la nariz.
  22. Que todo lo que escribo nace del vientre y se devuelve a él.
  23. Que de los padres uno siempre se despide sintiendo que pudo haberlo hecho mejor.
  24. Que “cuando la felicidad ocurre es como si no hubiera pasado nada antes, es una sensación que sólo ocurre en presente” (Deborah Levy).
  25. El placer de ir al teatro sola.
  26. Que antes del látigo debo anteponer la pregunta de si pude haberlo hecho distinto con la información y las circunstancias que tenía a la mano.
  27. Que el 98% de las cosas no son tan importantes.

02122019

El día que deje de latigarme por reconocer que quiero amor van a cambiar muchas cosas: la necesidad dejará de ser la soga al cuello y se convertirá, quizá, en una barca pequeñita que se desliza sobre un río. No sé por qué pienso en un río. O en una barca. O en deslizarse.

Algún día voy a dejar de sentirme vulnerable por necesitar que me quieran. Nadie ha ejercido tanta violencia sobre mí como la que yo he puesto sobre sí misma.

Algún día voy a poder decir que quiero que me quieran sin que me tiemblen la voz y los labios. Algún día voy a dejar de maltratarme pensando que querer que me quieran es una debilidad.

06092019

Mamá me suelta: «¿Y tú qué crees, que la vas a salvar?». Mamá me deja balbuciente.

Asfixia entre dos signos de interrogación todos mis apegos, la náusea, el miedo. La raíz: pensar que si salvo a una persona que nunca tiene el mismo rostro que la anterior pero que es siempre la misma puedo prevenir el abandono, detener la caída, retener la mano que me empuja.

La sensación constante de tener que probar que merezco que se queden.

Mamá, no me hagas preguntas que me duelen.

04092019

Hace un par de semanas iba en un H8 en dirección a no-recuerdo-dónde. Mi hermana, su novio y yo estábamos de pie, justo detrás de los asientos grises (preferenciales). En la única silla ocupada iba una señora menuda, de pelo canoso y que podía estar entrada en sus setentas. Miraba con concentración la pantalla del teléfono, con la iluminación a tope y la letra en tamaño más o menos 68. Sonreí en un arrebato pequeñito de ternura al recordar el tamaño de la fuente en el teléfono de mi abuela.

No me hizo falta ser particularmente entrometida para leer el término de búsqueda que estaba introduciendo en Google: «Dignidad definición». Más allá del humor negro con el que amigos y yo nos referimos a «haber perdido la dignidad» al hacer el ridículo en algún bar, ante algún fracaso amoroso particularmente incómodo o algún error garrafal cometido en el trabajo, desde ese día me cuestiono constantemente qué es realmente (o al menos para mí) la dignidad, en qué se basa, cómo la construimos y, sobre todo, cómo mantenemos cierto sentido de dignidad propia cuando casi todo (o todo) lo que nos sostiene se tambalea.

He cultivado y mantenido mi sentido de la dignidad desde distintos cimientos: la academia, las buenas notas, el buen comportamiento, actuar como una «niña de bien», luego en diversos trabajos que me hacían respetada entre mis colegas y conocidos. Me avergüenza admitirlo, porque quizá (seguramente) viene del ego, pero por años anclé mi dignidad a que mi nombre se publicara junto a mi escritura en distintos lugares. Cuando dejé de escribir perdí gran parte de esa dignidad (quizá no en esencia, pero sí en la validación externa sobre mi trabajo que me permitía sentirme valiosa, útil o “interesante” para los demás).

No sé si la dignidad pueda perderse, pero sí creo que dejar de sentirnos dignos atenta de maneras muy directas y destructivas en nuestra manera de vivir, en cómo nos percibimos y nos relacionamos.

Mamá conquista la dignidad poniendo en palabras la enfermedad sin hacerse pequeña ante ella. Estamos al teléfono y no se lo digo para no interrumpir su tren de pensamiento, pero no me había sentido tan orgullosa y aliviada en meses como cuando la escucho plantarse de frente ante una circunstancia que la destripó desde adentro. Nunca había sido tan entera y sí, tan digna, como cuando nombra sin rastro de condescendencia lo que está en las sombras.

Pensar en la dignidad me lleva al respeto sobre uno mismo y pienso en el ensayo On Self-Respect que publicó Didion en 1961, donde escribió:

«In brief, people with self-respect exhibit a certain toughness, a kind of moral nerve; they display what was once called character, a quality which, although approved in the abstract, sometimes loses ground to other, more instantly negotiable virtues. The measure of its slipping prestige is that one tends to think of it only in connection with homely children and with United States senators who have been defeated, preferably in the primary, for re-election. Nonetheless, character—the willingness to accept responsibility for one’s own life—is the source from which self-respect springs.»

Necesito encontrar, yo también, un significado o un sentido para la dignidad desde la raíz. Mientras me duchaba —donde ocurren todas las grandes reflexiones— pensaba que mi sentido de la dignidad ha estado siempre vinculado a que otros me consideren digna, lo suficientemente buena, lo suficientemente agradable, un mueble en la esquina de la habitación que no es particularmente agraciado pero tampoco perturba.

Quizá se resume a eso: «the willingness to accept responsibility for one’s own life». O quizá, como casi todo, es mucho más complejo y atravesado por un montón de variables conscientes e inconscientes.