Cada noche pienso que la puerta cerrada es el indicador más certero de que no me siento en casa. Solo soy capaz de dormir con la puerta de la habitación abierta cuando me siento completamente segura. Asumo que es normal: en el sueño estamos vulnerables, desprevenidos, presa fácil de cualquier cosa. No logro dormir con la puerta abierta. No sé qué estoy intentando mantener fuera.

Después de cuatro meses de confinamiento-semiconfinamiento, no aguanto una interacción de pantalla más. Me distraigo fácilmente en las clases virtuales, los intentos de socialización laboral a través de videollamadas me producen más tedio y ansiedad que ganas, no quiero ver más pantallas. Quiero sentarme frente a las personas y tomar algo viéndolas a los ojos. Quiero poder echar mano de su lenguaje corporal para interpretar el código. Estoy exhausta.

En algún punto de estas semanas le agarré tedio, también, a la escritura. Los diarios pasaron de tener entradas que se extendían por páginas a compilar frases cortas que no sé si en unos meses tendrán sentido. Creo que no escribo porque no leo. Las lecturas están dispersas, son urgentes y desordenadas. Termino muy poco de lo que empiezo. Leo mucha poesía, eso sí.

Hago ejercicio para cansarme.

Quiero un abrazo. Quiero besar. Quiero tocar otros cuerpos.

Paso unos días en Madrid que son una orgía de amigas y cuidados y dicha. Me siento plena. Salto de un lado a otro y por cuatro días vuelvo a dormir las noches corridas sin despertarme ni una vez. Me permito sentirme pequeña ante lo monumental del Museo del Prado. Luego vuelvo al lugar que debería sentirse como casa pero que últimamente es solo incomodidad y otredad. No quiero estar aquí.

L y yo tenemos miedo a que la vida sea esto: un pánico irracional a nunca más volver a interactuar normal y físicamente con otros seres humanos. Nuestros cerebros están programados para buscar lo predecible, para intentar anticipar lo que sigue, para buscar predictibilidad en los hechos y alejarnos así del peligro. Nada de lo que está pasando es predecible, nadie sabe qué va a pasar. La mente no sabe lidiar con esta incertidumbre vital.

Quiero que algo en mi vida, lo que sea, una sola cosa, sea predecible. Quiero saber qué viene. No quiero seguir con los puños frente al pecho, por si tengo que defenderme. No sé de qué.

Tengo en la rodilla un hematoma pequeñito de la mañana en que pisé el juguete del perro de Y, me resbalé y me empotré contra su biblioteca. Recordatorio de días felices.

El Internet está plagado de diarios de confinamiento y me encanta leerlos (casi) todos. Cómo nos enfrentamos a una situación sin precedentes, a la falta de control sobre nuestras vidas, a la ruptura de los hábitos y las rutinas. Cómo nos atrincheramos las soledades para sentirnos menos solos, cómo nos cuidamos, cómo nos acompañamos.

Me invento un club de lectura como excusa para hablar con gente, porque a ratos la soledad me pone muy triste y me hace tener pensamientos oscuros como que quisiera estar emparejada. Pero eso casi nunca me sale bien, entonces busco maneras más orgánicas de conectar con otros y, sobre todo, que no terminen con ningún corazón roto. Pienso que a nadie le interesará mi intento de club lector y que nadie va a apuntarse. Por suerte, algunas personas se apuntan.

Salgo una vez cada dos o tres semanas de casa para comprar comida. Hoy un señor me dijo “buen día” al cruzarnos (a una distancia prudencial) en el semáforo: le puse la sonrisa más grande que he tenido en mucho tiempo. En el mercado, soy curiosa y espío el carrito de la chica que tengo delante en la fila: bolsas y bolsas de verduras, avena, leche de arroz, agua, tres envases de claras de huevos. De repente siento vergüenza del mío, aunque nadie me está juzgando: leche, café, pan, huevos, un tarro de Nutella, dos botellas de vino, aguacates, cereal (lleno de azúcar), algunas bananas. La diferencia de nuestros carritos es también la diferencia entre su culo y el mío. Menos mal que no es una competencia.

Por suerte, entre las olas de positivismo tiránico también hay voces que nos recuerdan que esto no-es-un-concurso-de-productividad. Está bien si no horneamos diez tipos distintos de pan (sobre todo para los que no tenemos horno en casa), si no probamos quince tipos de entrenamientos varios, si nos está costando un poco más atravesar los días. Descubro que cuando me siento bien soy más sarcástica y se me hace más fácil reírme de mí misma. En realidad me gusta que otros horneen el pan y parezcan tener sus vidas en orden, cuando la mía es un edificio derrumbándose a punta de polvo y escombros. Me pinto los labios de rojo otra vez.

Entre las conclusiones inmediatas que he podido sacar del confinamiento está que quisiera que mi vida esté atravesada por la ternura. También, que a veces toca sentarse con las emociones que no nos gustan. Cuando estoy triste o me siento sola ya no tengo la opción de salir corriendo al gimnasio, a la calle, a algún museo. Y que, para ser un libro abierto, me cuesta bastante sentirme vulnerable.

03/01/2020

«Here’s the thing: You need to walk away. For the rest of your life, occasionally, you will fall in love with a woman who will not love you back. She will always be beautiful, always lost in some fundamental way, and for a time she will depend on you, mistakenly see you as a way out of something and into something else — truth, herself. She will flirt, perhaps be as obsessed with you as you are with her, and she will go to some lengths to keep your attention. Do not mistake that for love.

You always want to understand; that is why you’ve spent a fortune on therapy over the years, that is why you write. You confuse knowledge with control. You believe that if you unveil the origins of a thing, that thing will not reoccur. You are wrong. This will continue to happen and there’s nothing you can do to escape. That’s why you need to walk away. Walking away is the opposite of escaping; it means you’ve stopped arguing with reality.»

Shelly Oria

20012019

La Paula me dice que tengo que dejar de pensar tanto y vivir más. Que necesito pintarme la boca y salir a bailar un sábado, conocer a un chico que me voltee el mundo y me haga dejar de pensar. Que saque la cabeza de los libros y salga a conocer gente. Que necesito menos poesía y más revolcones (no fueron sus palabras textuales pero algo así dijo). Me reí.

Hace nueve meses y dos días (pero quién está contando) que llegué a Barcelona con una maleta hasta los topes, con unas ojeras que solo han crecido desde entonces y con un montón de planes y sueños e ideas de lo que haría aquí. Todas, por supuesto, inmensas y felices. Cuando llegué solía escribir recuentos semanales de lo que estaba viviendo, “para no olvidar”. Tengo esta fijación con el tiempo, con apuntar las cosas para volver a ellas más adelante, con no olvidar lo que estaba sintiendo en un momento específico. “Te veo muy ansiosa por el paso del tiempo”, me dice mi terapeuta. Qué va.

La vida me pasó por encima y dejé de escribir. Alguien me hizo un comentario acertado pero que me dio en el ego sobre algo que había escrito, y yo decidí que aquella persona tenía razón: que mi trabajo no valía nada. Por aquel entonces estaba muy triste y la conclusión más lógica a la que pude llegar fue que si mi cabeza no estaba bien, mi trabajo tampoco iba a estar bien. Dejé de escribir en abril o mayo. Ahí se fueron los recuentos semanales, las reseñas de libros, la echadera de cuentos, las ideas de artículos y ensayos que quería escribir.

Sigo estando triste.

Es una tristeza incómoda, densa, espesa. La imagino como la miel pero sin ser dulce, como una miel de color oscuro y olor putrefacto.

Hoy nos cuesta mucho admitir que estamos tristes, creo. Todo este boom del wellness nos tiene glorificando el bienestar y ansiando aquel estado inasequible de plenitud permanente. Hay tristezas que no se van con dos mascarillas ni tres litros de agua ni corriendo un maratón. Hay tristezas que hay que exorcizar a punta de terapia y mucho trabajo duro de reconocer y ver cosas que no nos gusta ver.

Hoy volví a escribir porque después de meses sentí otra vez esa urgencia.

El año pasado me deconstruyó todas las certezas que con tanto recelo había atesorado desde niña. Yo siempre supe que quería escribir, hacer libros y ser mamá. Todavía quiero hacer libros; ya no sé si tenga el talento, la disciplina o la lucidez mental para escribir, y lo de ser mamá lo veo cada día más difícil porque no voy a ponerle a ningún otro ser humano esta tristeza sobre los hombros.

Pienso mucho en las palabras fracaso y derrota. No sé muy bien qué me derrotó pero esta vida se siente hoy como el aftermath de una guerra para los vencidos: recoger lo que queda y honrar los cuerpos.

Me da vergüenza estar tan triste y me disculpo constantemente por ello. Trato de compensarlo siendo la más trabajadora, la más animada, la que siempre tiene una sonrisa para todo el mundo, la que siempre sabe qué decir. Alguien me dijo el año pasado “sonríes mucho, tú”, y la ironía de toda la situación me hizo sonreír, sin duda. Sonrío mucho, yo. Claro que sonrío un montón.

031218

Desgarre.

Se desgarra la madre al parir cuando la placenta se desprende del cuerpo que expulsa al niño en un mar de sangre viscosa y caliente. Se desgarra sino al ser abierta por el metal frío y las manos que exploran para extraer la vida que llega mientras otras, en algún lugar del mundo, se van.

La separación no siempre es dolorosa y el dolor no siempre es malo. La primera separación nos da origen, punto de partida, cartografía que empieza con la violencia a veces preciosa de un cuerpo que se rompe para dar salida a otro.

La primera separación es el nacimiento, me dice ella. Me pregunto, sabiendo de antemano la respuesta, que vivir es separarse una y otra vez una y otra vez una y otra vez.

Desgarrarse suena a dolor, a piel rota, a cicatriz. Me miro la pierna y el cuerpo reparado de tantas veces que no tuve miedo y el filo de madera me abrió a mí. Me miro el brazo y revivo la historia contada por otros del cristal cortando a través de la piel suave y virgen de un bebé sin precaución aún del mundo.  Me miro la mano y aunque no hay cicatriz sé que un día quise atrapar la luz y la carne ardió. En la misma mano está la ansiedad de los dientes que me desgarraron por no dejarme ir y de la puerta que se hizo pedazos sin tacto en la ciudad a la que no vuelvo.

Apuntes sobre la maternidad

Hace bastante que no escribo. Las palabras se escurren y se esconden cuando lo que hay que escribir oprime el pecho. Mi diario se convirtió en una serie de anotaciones “para no olvidar”, sin coherencia narrativa alguna ni detalles. Solo para no olvidar. Por si algún día quiero volver a estar fechas y recordar cómo me sentía y qué estaba pasando.

Semanas atrás estaba una mañana en el trabajo teniendo una conversación sobre aspiraciones con mis compañeras, mientras pegábamos etiquetas rojas en objetos que horas después las personas se llevarían en ese frenesí hasta entonces desconocido para mí llamado ‘rebajas de verano’. Alguien mencionó que yo escribía y otra me preguntó que qué quiero hacer con mi vida. Me escuché responder “vivir de escribir y ser mamá de alguien”. Apenas lo dije me sentí profundamente mediocre: yo no quería (ni quiero) ser millonaria ni famosa, no aspiro a la grandeza como la conocemos, no sueño con vender millones de libros (aunque eso estaría bien), no fantaseo con una vida extraordinaria de esas sobre las que se hacen películas. Respondí la pregunta sin pensarlo mucho y me salió lo más honesto que llevo dentro: la certeza de que quiero dedicarle mi vida a la escritura y a la maternidad.

Yo quiero que escribir me permita vivir cómodamente, quiero vivir de las palabras. Sí sueño con algún día tener una librería que hacer crecer, que cuidar, donde invertir mis años y ver crecer a mis hijos, si llego a tenerlos. Quiero poder tomar vacaciones de vez en cuando, viajar, ir a reuniones de padres en el colegio, encontrar una pareja que comparta esos sueños conmigo, aunque últimamente he empezado a imaginar la posibilidad de llevar a cabo mi proyecto de vida sola. No me da miedo la soledad, pero he sabido siempre que me va mejor acompañada. Soy una mejor versión de mí cuando amo, cuando cuido, cuando me preocupo por otro.

En mis primeros años como adulta he tomado decisiones sentimentales poco acertadas, me he vinculado con personas que no solo no comparten mis deseos de vida sino que los disminuyen. He oído más de una vez cómo la maternidad es una elección mediocre, una asesina de la potencial grandeza académica, económica o profesional, cómo los niños son sucios, te acaban la vida, las ganas de tener sexo y la diversión. Y si bien la maternidad elegida debería ser la única maternidad existente, los argumentos a favor y en contra también deberían venir desde el proyecto de vida de cada quien y no desde la disminución o el desprecio de las decisiones de otra. No espero ni asumo que todo el mundo querrá compartir mi proyecto, sí espero que nadie me hiera haciendo comentarios despectivos sobre algo que anhelo (y existirá algo más utópico y pendejo que esperar que a uno no lo hieran).

El mundo necesita menos niños, claro, estamos hasta los topes de gente. El mundo también necesita madres y padres dedicados, amorosos, responsables y conscientes de su elección, de su responsabilidad de criar seres humanos decentes.

Últimamente la maternidad me duele. No debería. Con veinticinco años y cero posibilidades en el futuro a corto y mediano plazo de tener un hijo, la actividad extracurricular de mi útero no debería nublarme los pensamientos. Y yo no debería seguir metiéndome en relaciones que hacen que ver bebés en cochecitos me dé ganas de llorar.

Celebro las luchas feministas que nos han traído hasta hoy, cuando las mujeres poco a poco (muy poco a poco, el diablo trabaja pero el patriarcado trabaja más) dejan de ser estigmatizadas por decidir no tener hijos. Celebro a cada mujer que no se amarra a una vida de obligaciones que no desea solo por no desencajar socialmente, celebro a cada amiga que desde ya decidió que la maternidad no es lo suyo.

Me celebro a mí y a mis sueños, a mis bebés que ojalá sucedan, a los libros que les quiero leer y a los que quiero escribir, a las mamás escritoras que han aparecido en mi radar digital para recordarme que mis deseos no me hacen mediocre.

 

 

 

15.07.2018

Me miré al espejo y encontré una mujer adulta. Mamá, ¿qué es esto? ¿De quién son estas manos? Y esta cara, ¿de quién es? ¿Es este cuerpo extraño, mío?

Encontré una mujer con cara de mujer, ojos de mujer y sonrisa de mujer. Con las pupilas oscuras y la mirada profunda de quien sonríe a media boca para disimular la mueca de lo que le duele. Mamá, ¿de quién es esta mueca?

Mamá, me miré al espejo y una mujer me devolvió la mirada. Una mujer adulta, de las que trabajan y se pagan todas sus cuentas ellas solas, de las que vuelven a una casa donde ya tú no estás, de las que se despiertan los domingos a hacerse su propio café porque ya tú no lo haces.

Mamá, la mujer que me encontré en el espejo ya no se sienta contigo a ver CNN en el sofá. Me asustaron esas facciones que dan cuenta del paso del tiempo, que son incapaces de disimular lo innegable: que ya no soy una niña.

Me dio miedo esta cara, mamá. Hace demasiados años que ya no vienes a mi cuarto a rezar y apagar la luz antes de dormir. Hace demasiados años que ya no regañas para que recojamos las muñecas con sus carros y sus casas y sus cincuenta vestidos. Hace demasiados años que no me pones las medias mientras sigo dormida y me cargas a la mesa de la cocina para desayunar.

Mamá, me miré al espejo y encontré una mujer desconocida.