04092019

Hace un par de semanas iba en un H8 en dirección a no-recuerdo-dónde. Mi hermana, su novio y yo estábamos de pie, justo detrás de los asientos grises (preferenciales). En la única silla ocupada iba una señora menuda, de pelo canoso y que podía estar entrada en sus setentas. Miraba con concentración la pantalla del teléfono, con la iluminación a tope y la letra en tamaño más o menos 68. Sonreí en un arrebato pequeñito de ternura al recordar el tamaño de la fuente en el teléfono de mi abuela.

No me hizo falta ser particularmente entrometida para leer el término de búsqueda que estaba introduciendo en Google: «Dignidad definición». Más allá del humor negro con el que amigos y yo nos referimos a «haber perdido la dignidad» al hacer el ridículo en algún bar, ante algún fracaso amoroso particularmente incómodo o algún error garrafal cometido en el trabajo, desde ese día me cuestiono constantemente qué es realmente (o al menos para mí) la dignidad, en qué se basa, cómo la construimos y, sobre todo, cómo mantenemos cierto sentido de dignidad propia cuando casi todo (o todo) lo que nos sostiene se tambalea.

He cultivado y mantenido mi sentido de la dignidad desde distintos cimientos: la academia, las buenas notas, el buen comportamiento, actuar como una «niña de bien», luego en diversos trabajos que me hacían respetada entre mis colegas y conocidos. Me avergüenza admitirlo, porque quizá (seguramente) viene del ego, pero por años anclé mi dignidad a que mi nombre se publicara junto a mi escritura en distintos lugares. Cuando dejé de escribir perdí gran parte de esa dignidad (quizá no en esencia, pero sí en la validación externa sobre mi trabajo que me permitía sentirme valiosa, útil o “interesante” para los demás).

No sé si la dignidad pueda perderse, pero sí creo que dejar de sentirnos dignos atenta de maneras muy directas y destructivas en nuestra manera de vivir, en cómo nos percibimos y nos relacionamos.

Mamá conquista la dignidad poniendo en palabras la enfermedad sin hacerse pequeña ante ella. Estamos al teléfono y no se lo digo para no interrumpir su tren de pensamiento, pero no me había sentido tan orgullosa y aliviada en meses como cuando la escucho plantarse de frente ante una circunstancia que la destripó desde adentro. Nunca había sido tan entera y sí, tan digna, como cuando nombra sin rastro de condescendencia lo que está en las sombras.

Pensar en la dignidad me lleva al respeto sobre uno mismo y pienso en el ensayo On Self-Respect que publicó Didion en 1961, donde escribió:

«In brief, people with self-respect exhibit a certain toughness, a kind of moral nerve; they display what was once called character, a quality which, although approved in the abstract, sometimes loses ground to other, more instantly negotiable virtues. The measure of its slipping prestige is that one tends to think of it only in connection with homely children and with United States senators who have been defeated, preferably in the primary, for re-election. Nonetheless, character—the willingness to accept responsibility for one’s own life—is the source from which self-respect springs.»

Necesito encontrar, yo también, un significado o un sentido para la dignidad desde la raíz. Mientras me duchaba —donde ocurren todas las grandes reflexiones— pensaba que mi sentido de la dignidad ha estado siempre vinculado a que otros me consideren digna, lo suficientemente buena, lo suficientemente agradable, un mueble en la esquina de la habitación que no es particularmente agraciado pero tampoco perturba.

Quizá se resume a eso: «the willingness to accept responsibility for one’s own life». O quizá, como casi todo, es mucho más complejo y atravesado por un montón de variables conscientes e inconscientes.

Tsunami. Miradas feministas

Tsunami. Miradas feministas

     Siempre nos dijeron que no juzgáramos un libro por la portada. Error, a veces. Resulta imposible no hacerlo con la portada de Lara Lars para Tsunami. Miradas feministas (Sexto Piso, 2019). Creo que la imagen habla por sí sola y que cualquier cosa que yo pueda añadir sobra, así que dejo una foto. Como si no fuera suficiente, bajo un “Edición y prólogo de Marta Sanz” —que promete— se acompañan una serie de nombres que me llamaron la atención al verlos juntos, por haberlas leído ya a casi todas por separado: Pilar Adón, Flavita Banana, Nuria Barrios, Cristina Fallarás, Laura Freixas, Sara Mesa, Cristina Morales, Edurne Portela, María Sánchez y Clara Usón.

     La propuesta es, en apariencia, sencilla y nada extraña: diez mujeres escribiendo, desde sus vivencias y perspectivas, sobre feminismo. Reflexiones sobre el feminismo actual, sobre qué está pasando con el movimiento feminista. Sanz da el pistoletazo de salida en su prólogo titulado Afónica: «Las mujeres nos estamos pensando. También las viejas y las niñas que no pueden quedarse embarazadas ni responden al estereotipo traumático de mujer deseable y supuestamente plena. Nos pensamos todas, de un modo intergeneracional». Sin extenderse mucho, la escritora se moja los dedos en los textos de cada una de sus colegas a través de comentarios breves y contundentes. Comparte los correos que le escribió a cada una tras recibir sus relatos, crónicas, cuentos, postulados. Es la puerta de entrada a la casa (casa que ya retomaremos más adelante en el relato de María Sánchez) y nos invita a pasar, a hacernos espacio entre estas mujeres, a identificarnos o no con ellas, a repensarnos desde la crítica y la reflexión hacia nuestra propia manera de enfrentarnos al feminismo.

     Sara Mesa (Madrid, 1976) abre el libro con un cuento: La amabilidad. Antes de leerlo, y descubrir que el cuento es en realidad tristísimo, el título me hace reír. Cuántas cosas callamos por ser amables. Así como (y esto está cambiando, gracias al cielo) la maternidad fue y sigue siendo una expectativa tácita al pensar en mujeres, pareciera también que la amabilidad es una característica innata y siempre presente de la mujer de bien. Cuántas veces no respondimos al comentario machista o a la mirada lasciva que nos intimidaba por no ser percibidas como no-amables, cuántas no denunciaron a su agresor por “no arruinarle la vida”. Cuánta sumisión nos ha costado esa amabilidad que, a veces, no ha sido más que una camisa de fuerza para ponernos en nuestro sitio.

     Mesa escribe desde uno de los espacios en los que más se ejercen violencias contra las mujeres: la maternidad. Violencias maquilladas de buenas intenciones y paternalismos. La escritora narra tres situaciones distintas en la vida de una joven madre en las que las “buenas intenciones” de otro (un amabilísimo compañero de trabajo provida, un médico, su propia madre) priman sobre sus deseos, intereses y autonomía para someterla, y a las que la chica permanece casi sin reaccionar. Actúa con una sumisión pasiva que duele. En este cuento no hay sangre ni golpes, no hay ni siquiera violencias manifiestas, de frente, de esas que denunciamos con megáfono. Mesa teje con sus palabras aquellas violencias silenciosas de las que no se habla porque siempre podrá surgir el contraargumento de “pero si te está haciendo un cumplido”, “pero si es el médico y sabe qué es lo mejor para ti”, “pero si es tu madre y solo te está ayudando”. Violencias que muchas veces no son siquiera intencionales, pero que cómo cansan.

     En A ti no te va a pasar, Laura Freixas (Barcelona, 1958) se vale de su propia vida, la de su madre y la de su abuela para contar aquello que todas hemos pensado alguna vez: yo voy a hacerlo mejor que mi madre. Ah, esa soberbia adolescente (y de adulta joven, no me escapo) de disminuir a la madre, de creer que nosotras sabemos cómo corregir los “errores” que ellas cometieron en la vida doméstica. «Ellos tienen la sartén por el mango», le decía a Freixas su madre. Habla de virginidad, hogar, maternidad, conciliación laboral y familiar, prostitución… De autonomía sexual y de cómo, aunque de generación a generación las condiciones de vida para las mujeres parecen mejorar, resulta aún común que una madre no quiera que su hija viva lo que ella vivió. De cómo la falta de educación y la dependencia económica fueron herramientas fuertes y aplastantes que dejaron a nuestras abuelas (con suerte, a nuestras madres ya no) relegadas a lo doméstico, a la casa y los niños, a las labores del hogar, mientras la infidelidad masculina era normalizada en la estructura familiar tradicional. Laura Freixas desmenuza con minuciosidad y detalle todas las “pequeñas” tareas que conlleva gerenciar un hogar, tareas que habitualmente pasan desapercibidas porque son nuestras madres quienes las hacen en silencio. Habla también de paternalismo en el entorno laboral y del aparente freno que puede representar la maternidad en la carrera de las mujeres porque los hombres (los padres) pueden ofrecer algo que las madres ya no: disponibilidad absoluta. Recuerdo a Nuria Labari, cuando decía que las mujeres ya alcanzamos a los hombres en lo laboral, ya estamos a pares, ya hacemos lo mismo que ellos, ya llegamos a su vara; pero ¿cuándo llegan ellos a la nuestra? Ya las mujeres conquistaron el espacio público y el mercado laboral, ¿cuándo se acercan ellos a compartir lo doméstico, la casa, las labores de cuidado? Quizá el feminismo actual no necesita tanto alcanzar a los hombres, sino que ellos no alcancen.

     «Ahora, con los años, he comprendido cuál es el problema, mejor dicho, los problemas, o las trampas. Primero: que esos valores, ese modo de vida, que se nos ha atribuido a las mujeres, tienen mucho de bueno…, pero no hay motivo para que sea sólo nuestro; si es bueno, es bueno para todos; compartámoslo, y compartamos también lo que el trabajo doméstico y de cuidados tienen de pesado y aburrido», escribe. Creo que es un gran texto para repensarnos desde lo impuesto, desde lo que a veces rechazamos por considerarlo “poco feminista”, desde la manera en la que nos relacionamos y nos vinculamos no solo con nuestra genealogía sino con el otro.

     A Freixas le sigue Clara Usón (Barcelona, 1961) con Vida de una discípula de Satanás, un cuento corto en el que la escritora vuelve sobre ciertas situaciones de su vida ahora bajo un nuevo lente: una activista Me Too que la acompaña omnipresente y le reclama cómo está actuando. Es un texto entre la sátira y la confesión en el que Usón vuelve sobre sus pasos —un poco como Aixa de la Cruz en Cambiar de idea— bajo una perspectiva feminista, y se increpa a sí misma a través de la conciencia sobre asuntos como el acoso, la prostitución, el aborto o la infantilización de la mujer en el ambiente profesional. Es el madrazo de humildad que nos recuerda, con lo que sabemos y las herramientas que tenemos hoy, que hubo momentos de nuestras vidas en los que no actuamos con conciencia feminista, porque el patriarcado es un sistema que nos atraviesa a todas y nos vertebra de maneras inconscientes.

     En La forastera, María Sánchez (Córdoba, 1989) sigue hilando con la misma delicada contundencia y el lenguaje casi poético las historias de las mujeres de su familia que componen su ensayo Tierra de mujeres (Seix Barral, 2019). Habla de la casa como un cuerpo y de cómo la identificación de los espacios de la casa corresponde claramente, en su historia, con un género: «Escribo la palabra «cocina» y antes de terminar la palabra vienen ellas siempre: mi abuela, mi madre, mis tías. Sus manos. Escribo «salón», «estudio», «biblioteca», «despacho», y son ellos: los hombres de la casa. Su cabeza. Su voz. Sus decisiones».

     Escribe también sobre el reconocimiento y admiración que, como mujeres, ponemos en “las grandes”: grandes científicas, escritoras, profesionales, en las mujeres que públicamente han hecho estallar los conocidos techos de cristal y se han erigido en la cima; y se interpela sobre qué pasa con nuestra genealogía. Por qué admiramos a estas mujeres extrañas (para nosotras), desconocidas, que sin duda han hecho grandes cosas y han pavimentado el camino para las que siguen, pero ignoramos las historias de las mujeres que íntimamente nos preceden: nuestras madres, abuelas, bisabuelas… Ponemos la mirada fuera de la casa y así sometemos al olvido y la invisibilidad historias igual de importantes y valiosas que componen nuestra raíz. Hay muchos puntos dolorosos, importantes e interesantes en el relato de Sánchez, que concluye con la escritora asumiéndose forastera en ese entorno privado en el que siempre estuvo “al lado de”, quedándose “a mirar”, con la vista en otra cosa.

     Si, para mí, el texto de María Sánchez es casi un susurro a través de los pasillos de una casa, en mi cabeza Cristina Morales (Granada, 1985) llega justo después con un megáfono y pisando fuerte en tierra con unas botas de suela gruesa. No me pregunten por asociaciones mentales: nada tiene sentido. Morales llega firme y directa con su Introducción al placer mediado por el capital y llamada a favor de la puta gratis. Primeros apuntes para la politización folladora. Primero, sustituye la noción de «mujer» por «feminizada», pues «da cuenta de la feminidad como proceso (…)». Propone, en estos apuntes que no da por terminados, crear la figura de la puta gratis, partiendo de considerar que todas y todos tenemos relación con la figura de la puta. Y al hablar de la puta no solo se habla de la mujer que proporciona placer sexual al sujeto masculino a cambio de dinero, pues plantea también que en casi todas las situaciones de la vida existe un intercambio cuantificable, incluso si no es mediante bienes materiales.

     Morales escribe sobre el capitalismo y sus controles sobre el deseo, hay referencias a Pretty Woman y rescata cómo en supuestas situaciones o actitudes aparentemente emancipadoras sigue existiendo el elemento incólume de dominio, pues incluso cuando pensamos que estamos saltando las reglas estamos sometiéndonos a un orden en el que se nos permite romper el status quo. Siempre es un placer revolucionario mental leer a Cristina Morales, incluso si te deja el cerebro encendido en fuego. Es contundente y lapidaria en sus planteamientos y en su manera de concebir cómo funciona el mundo. Nos toca ahora empezar a pensarnos y a indagar en la figura de la puta gratis.

     Y si de Disney aprendimos (hasta que llegaron Mulán, Mérida y Elsa) que las mujeres eran princesas que necesitaban ser rescatadas por el heroico príncipe, la ilustradora Flavita Banana (Flavia Álvarez-Pedrosa, Oviedo, 1897) cuenta cómo logró entender que dos sucesos, en apariencia ajenos uno del otro en su vida personal, estaba íntimamente relacionados: padecer de depresión e, irónicamente, en ese periodo de su vida gustarle más que nunca a los hombres. Su relato está acompañado por una serie de viñetas.

Flavita Banana en Tsunami
Un par de las viñetas que acompañan el texto de la ilustradora.

     Algo precioso que encontré en esta compilación es cómo varias de las escritoras que la componen “tiran del ovillo” familiar para hablar de su acercamiento y relación con el feminismo. Es el caso de Edurne Portela (Santurce, 1974) con Tirar del ovillo, un relato en el que aborda el «aprendizaje bidireccional» sobre feminismo entre ella y su madre. Portela habla de esta última y de su abuela para rescatar los espacios de libertad que cada mujer de su familia logró conquistar ante la sumisión que se esperaba de ellas como esposas y madres; de cómo fue su madre quien logró construirse una habitación propia fuera de lo doméstico al montar dos negocios: «era un espacio femenino, de mujeres fuertes del pueblo», escribe. Habla sobre cómo las labores de cuidado se interponen a la autonomía femenina porque casi siempre será la mujer quien relegará sus espacios ante las necesidades de cuidado de terceros, sean estos los hijos, los padres o la pareja.

     Estamos sacando a nuestras madres  y abuelas de las tinieblas para reconocerlas, para mirarlas en medio de sus contradicciones y silencios, en medio de lo que hicieron con las circunstancias y posibilidades que tuvieron, y creo que si algo comparto con Portela es el agradecimiento a ese feminismo que me permite mirar a las mujeres de mi familia ya no bajo una lupa de juicio (por no irse o por quedarse, que no siempre es lo mismo; por no ser más independientes, por no hacer esto o aquello…) sino bajo la mirada que busca escarbar, entender, ser espectadora de sus circunstancias y agradecer, sobre todo agradecer.

     Al pasar la página, los catorce años de educación en un colegio católico dan entrada al texto de Nuria Barrios (Madrid, 1962), titulado María Pandora. Barrios escribe sobre «el puritanismo como una violencia soterrada», sobre la sumisión absoluta de las monjas ante la jerarquía de una institución profundamente misógina como lo es la iglesia católica. Me llamó muchísimo la atención un punto en el que no había pensado: las monjas predicaban como virtudes muchas características asociadas al catolicismo, pero que también comparten las mujeres víctimas de maltrato. La obediencia, el sacrificio, el silencio y el sufrimiento eran, a los ojos de las monjas, virtudes que exaltar en las niñas. También son, casi siempre, rasgos psicológicos de mujeres abusadas.

     «Si las manos de los curas pedófilos desnudaban a los niños, las manos de las monjas se afanaban en tapar a las niñas», escribe Barrios. Qué oración-bala. Detalles entretejidos en un mar de vivencias: la iglesia ha “pedido perdón” por los abusos cometidos por los clérigos contra niños, pero no por la violencia sexual ejercida por los mismos contra las religiosas. La mujer, silenciada.

     El texto de Barrios expone también cómo las ideas inconscientes que tenemos sobre la feminidad y la masculinidad permean todos los ámbitos de nuestras vidas, incluso nuestros hábitos de lectura; por lo que se hace necesario desaprender y deconstruir constantemente de forma consciente, y reivindicar que las mujeres creemos una genealogía propia en la que no seamos silenciadas o portadoras del mal original (si nos remitimos al imaginario católico y a Eva como la primera mujer en pecar). Cierra su relato con lo siguiente: «Ninguna ficción es inocente». Si su texto es “real” pierde de repente importancia. La ficción nunca será inocente.

     En Mi vulva¸ Cristina Fallarás (Zaragoza, 1968) escribe sobre masturbación femenina (amable inserto aquí para recordarle a todas que mayo es el mes de la masturbación femenina), la culpa inculcada ante el placer y cómo el comportamiento animal asociado a lo sexual contradice socialmente lo que una mujer “debe ser” (y aquí me entran ganas de rescatar el concepto de «feminizada» de Cristina Morales). Escribe también sobre una vivencia particular en un consultorio ginecológico, situación aparentemente segura en la que muchas mujeres hemos sido violentadas con juicios sobre nuestros cuerpos o hábitos. Hablar de la vulva y describirla, llamar las cosas por su nombre. Qué necesario.

     Finalmente, Pilar Adón (Madrid, 1971) cierra el libro con Lo habitual. Lo habitual es la sensación que casi todas conocemos: la incomodidad o el miedo ante la mirada habitual de un hombre en el espacio público, su acercamiento, sus palabras. La sensación que conocemos tan, pero tan bien, que qué fácil resulta matizarla con un: «no dejes que te afecte, los hombres son así». Lo habitual: el que tu madre te diga que nunca vayas al baño sola en sitios públicos, el fingir hablar por teléfono si vas sola por una calle oscura, el cambiar de acera. Lo habitual es el miedo. Que se banalicen nuestras experiencias cuando las contamos. Preguntarnos qué pudimos haber hecho para evitar, y no por qué está ocurriendo algo que no debería. O por qué otro nos está violentando.

     Nos estamos leyendo, sí. Desde voces, lugares y experiencias distintas. Nos estamos leyendo para construirnos esa habitación propia en la que nos escuchamos y nos reconocemos, donde nuestras historias importan y no somos una otredad. Donde no hay “escritura femenina” sino escritura, donde la vara con la que medimos la calidad de lo que hacemos ya no es únicamente masculina.

Qué eché en falta

     Aunque disfruté muchísimo el libro, y la pluralidad de voces, puntos de vista, tipos de texto y estilos me pareció sumamente enriquecedora; eché en falta las historias de mujeres afrodescendientes, de mujeres discapacitadas, de mujeres pobres, en los márgenes. De mujeres emigrantes. Si bien todas las escritoras que componen Tsunami son mujeres merecedoras de estar en la compilación, con puntos de vista ávidos, lúcidos e importantes, comparten también que son todas blancas y educadas. No creo que el asunto se arregle silenciando sus voces, pero sí considero necesario que empecemos a leer otros feminismos, atravesados por otros tipos de interseccionalidad.

     Entiendo que ningún proyecto puede abarcarlo absolutamente todo, pero sí creo que diversificar los espacios es un esfuerzo consciente. Por ejemplo, me hubiera encantado leer en el libro un texto de Desirée Bela-Lobedde. Porque aunque vengamos todas de experiencias y contextos distintos, si algo compartimos todas las autoras de Tsunami y yo es el ser blancas, tener un cuerpo que, salvando cánones estéticos del momento, funciona como la sociedad espera que lo haga y el haber tenido acceso a educación, lo que nos permite desarmar muchas de las opresiones que nos interpelan a diario. Ese es nuestro mundo: blanco y, en mayor o menor medida, privilegiado. Quiero leer otras realidades. Creo que todas queremos.

 

El mes del “Orgullo Gay”… ¿y qué más?

Marcha del Orgullo. Bogotá, junio 2017.

“Este fin de semana es la marcha gay”, “junio es el mes del orgullo gay”, “en Australia hicieron un referéndum para aprobar el matrimonio gay” son frases que todos hemos oído. Oraciones en las que “los gays” se utiliza como término unificador para englobar a una comunidad de personas diversas en cuando a orientación sexual e identidad de género: lesbianas, gays, bisexuales y transexuales (que conforman las siglas LGBT). Y eso tomando en cuenta las siglas iniciales, sin contar aquellas que se han agregado en las últimas décadas para incluir una variedad aún más amplia de identidades de género/orientaciones sexuales.

La utilización del término “gay” para referirse a un grupo de personas es, en sí, inofensiva. Todos estamos ocupados y, realmente, nadie tiene el tiempo para recitar lesbianasgaysbisexualesytransexuales cuando está contando algo o quiere decir algo específico. ¿Es el lenguaje realmente tan importante a la hora de denominar un grupo? ¿Se puede hablar realmente de una exclusión o invisibilización de otros subgrupos dentro de una “comunidad” a través de las palabras que, conscientes o no, escogemos para nombrarla?

El año pasado, durante un foro de una hora sobre diversidad sexual (el único dedicado a este tema entre decenas de foros y conversatorios, debo mencionar) en la Feria Internacional del Libro de Bogotá, la escritora colombiana Amalia Andrade dijo algo que definió mi experiencia como mujer homosexual que quería salir de rumba entre los 18 y los 21 años: “me cansé de ir a fiestas a que me empujen”. Andrade explicó la experiencia de demasiadas mujeres (queer o no) en fiestas “LGBT”: espacios predominantemente masculinos, dirigidos al público masculino homosexual, donde las mujeres siguen siendo invisibilizadas y disminuidas. Es, exactamente, como el “mundo heterosexual”, pero versión “gay”.

Ser una mujer lesbiana en un bar LGBT significa, en mi experiencia, que vas a estar rodeada de muchos hombres que te empujan, sí. Que te empujan sin reparo y sin que les importe, pensando quizás que, por ser homosexuales, sus microagresiones no son machismo. Que vas a ser una de las pocas mujeres en un espacio donde hay strippers hombres, que vas a ver penes, que vas a terminar aplastada entre muchos pares de hombres bailando o besándose. Que de las otras ocho mujeres en todo el bar, seis están emparejadas entre sí y las otras dos son las amigas heterosexuales de alguno de los hombres que están allí esa noche.

Significa que tu amigo heterosexual, que ingenua y amablemente te dijo “te voy a llevar a una fiesta donde hay muchas lesbianas para que ligues”, termina teniendo más “suerte” que tú en el campo del coqueteo casual. Él termina bailando con una chica (heterosexual), pidiéndole el número (aunque luego nunca se escriban) y pasándolo bien, mientras tú terminas sudada, cansada, aplastada contra una pared pasando calor y viendo penes. Pidiéndote un Uber a la 1 de la mañana y jurando que no te vuelves a meter en ese quilombo, mejor te quedas en pijama leyendo y sin ver pisoteadas tus ilusiones de bailar con alguna chica guapa esa noche.

No sé si las mujeres queer queremos ver strippers mujeres (no es lo mío, al menos). Pero la pregunta es: ¿por qué -habitualmente- no las hay? ¿Por qué las fiestas, los bares, las marchas y los eventos en general siguen estando dirigidos a “los gays”, a la parte masculina homosexual de esa presunta comunidad que, en teoría, nos engloba a todos? ¿No sería un lindo gesto (para ser políticamente correcta) que al menos alguien pensara en esas “otras” letras que hacen parte del LGBT (y el resto)?

Cuando eres una mujer que fácil y constantemente “pasa” como heterosexual, estos lugares son escenario común para que además escuches, como un disco rayado, frases como: “¡qué linda! ¿de verdad eres lesbiana? ¡es que no pareces!”, “ay, ¿y las mujeres sí te miran en esos tacones? Deberías vestirte un poquito más… tomboy, para que levantes”, “yo no creo que tú seas lesbiana, es que a los hombres le parece sexy ver dos mujeres besándose”, “pero cuéntame: ¿tuviste un novio qué te hizo algo muy feo? Es que… ¿por qué dices que eres lesbiana?”.

Al final, una termina saliendo de la casa, arreglándose, tomándose dos tragos y pasándola “medio bien” para replicar el mundo heteronormativo del que pensaste que ibas a escapar por una noche: dirigido a los hombres, hecho por y para los hombres, sintiéndote una “minoría” dentro de la minoría y con una incómoda sensación de que realmente no perteneces. Porque no eres lo suficientemente “masculina” para que te “crean” que eres homosexual (habrá que sacarse el carné oficial de la lesbianidad, quizás), porque realmente este tipo de eventos no están dirigidos a ti, porque te sigues encontrando con demostraciones machistas e, indudablemente, en algún momento de la noche escucharás algún comentario “humorístico” sobre lo asquerosas que son las vaginas y cómo ellos “no entienden” cómo te pueden gustar. Algún comentario estúpido sobre la regla o sobre si “dos mujeres juntas no son demasiado emocionales”.

Y eso es solo hablando desde mi experiencia como mujer lesbiana. Si las lesbianas no tenemos casi espacio dentro de esta “comunidad”, menos tienen los bisexuales o las personas trans. Existen un montón de estigmas en torno a la bisexualidad y los/las transexuales suelen ser representados como caricaturas. La mayoría de las personas, incluso aquellos que nos identificamos como sexodiversos, todavía no entienden la diferencia entre un drag queen y un transexual.

Está bien: todos queremos fiestas que nos representen y en las que no nos sintamos excluidos. Pero más que poder ligar en un bar, ¿qué pasa cuando esta exclusión transciende a otros aspectos más importantes de la vida? Por ejemplo: a la salud sexual. Aunque la educación sexual tradicional no suele abarcar prácticas homosexuales, todos sabemos, de una manera u otra, cómo pueden cuidarse los hombres a la hora de tener sexo con otros hombres. Sin embargo, me alarma la cantidad de mujeres lesbianas que no tienen idea de cómo cuidarse al momento de tener sexo. Que piensan que entre mujeres no se transmiten enfermedades. Que desconocen, por ejemplo, que existen métodos de protección a la hora de tener relaciones con otras mujeres (sobre todo cuando no existe una pareja estable). Los ginecólogos no hablan de eso, tu mamá menos. En el colegio jamás lo mencionaron y la información disponible está mayoritariamente disponible hacia lo obvio: el sexo anal, el condón, la transmisión del VIH entre hombres o de otras ETS.

No sé si necesitamos una revolución lingüística: no creo que eso vaya a solventar el problema, siendo honesta. Sí creo que necesitamos más representación: mientras no haya más mujeres lesbianas, más bisexuales, más asexuales, más interesexuales o más transexuales sentados(as) en la mesa donde se toman las decisiones, seguirán sin tomarse en cuenta sus visiones, experiencias y necesidades. Seguiremos creyendo que la comunidad LGBT son “los gays”. Y eso sin empezar a hablar siquiera de interseccionalidad.