Tsunami. Miradas feministas

Tsunami. Miradas feministas

     Siempre nos dijeron que no juzgáramos un libro por la portada. Error, a veces. Resulta imposible no hacerlo con la portada de Lara Lars para Tsunami. Miradas feministas (Sexto Piso, 2019). Creo que la imagen habla por sí sola y que cualquier cosa que yo pueda añadir sobra, así que dejo una foto. Como si no fuera suficiente, bajo un “Edición y prólogo de Marta Sanz” —que promete— se acompañan una serie de nombres que me llamaron la atención al verlos juntos, por haberlas leído ya a casi todas por separado: Pilar Adón, Flavita Banana, Nuria Barrios, Cristina Fallarás, Laura Freixas, Sara Mesa, Cristina Morales, Edurne Portela, María Sánchez y Clara Usón.

     La propuesta es, en apariencia, sencilla y nada extraña: diez mujeres escribiendo, desde sus vivencias y perspectivas, sobre feminismo. Reflexiones sobre el feminismo actual, sobre qué está pasando con el movimiento feminista. Sanz da el pistoletazo de salida en su prólogo titulado Afónica: «Las mujeres nos estamos pensando. También las viejas y las niñas que no pueden quedarse embarazadas ni responden al estereotipo traumático de mujer deseable y supuestamente plena. Nos pensamos todas, de un modo intergeneracional». Sin extenderse mucho, la escritora se moja los dedos en los textos de cada una de sus colegas a través de comentarios breves y contundentes. Comparte los correos que le escribió a cada una tras recibir sus relatos, crónicas, cuentos, postulados. Es la puerta de entrada a la casa (casa que ya retomaremos más adelante en el relato de María Sánchez) y nos invita a pasar, a hacernos espacio entre estas mujeres, a identificarnos o no con ellas, a repensarnos desde la crítica y la reflexión hacia nuestra propia manera de enfrentarnos al feminismo.

     Sara Mesa (Madrid, 1976) abre el libro con un cuento: La amabilidad. Antes de leerlo, y descubrir que el cuento es en realidad tristísimo, el título me hace reír. Cuántas cosas callamos por ser amables. Así como (y esto está cambiando, gracias al cielo) la maternidad fue y sigue siendo una expectativa tácita al pensar en mujeres, pareciera también que la amabilidad es una característica innata y siempre presente de la mujer de bien. Cuántas veces no respondimos al comentario machista o a la mirada lasciva que nos intimidaba por no ser percibidas como no-amables, cuántas no denunciaron a su agresor por “no arruinarle la vida”. Cuánta sumisión nos ha costado esa amabilidad que, a veces, no ha sido más que una camisa de fuerza para ponernos en nuestro sitio.

     Mesa escribe desde uno de los espacios en los que más se ejercen violencias contra las mujeres: la maternidad. Violencias maquilladas de buenas intenciones y paternalismos. La escritora narra tres situaciones distintas en la vida de una joven madre en las que las “buenas intenciones” de otro (un amabilísimo compañero de trabajo provida, un médico, su propia madre) priman sobre sus deseos, intereses y autonomía para someterla, y a las que la chica permanece casi sin reaccionar. Actúa con una sumisión pasiva que duele. En este cuento no hay sangre ni golpes, no hay ni siquiera violencias manifiestas, de frente, de esas que denunciamos con megáfono. Mesa teje con sus palabras aquellas violencias silenciosas de las que no se habla porque siempre podrá surgir el contraargumento de “pero si te está haciendo un cumplido”, “pero si es el médico y sabe qué es lo mejor para ti”, “pero si es tu madre y solo te está ayudando”. Violencias que muchas veces no son siquiera intencionales, pero que cómo cansan.

     En A ti no te va a pasar, Laura Freixas (Barcelona, 1958) se vale de su propia vida, la de su madre y la de su abuela para contar aquello que todas hemos pensado alguna vez: yo voy a hacerlo mejor que mi madre. Ah, esa soberbia adolescente (y de adulta joven, no me escapo) de disminuir a la madre, de creer que nosotras sabemos cómo corregir los “errores” que ellas cometieron en la vida doméstica. «Ellos tienen la sartén por el mango», le decía a Freixas su madre. Habla de virginidad, hogar, maternidad, conciliación laboral y familiar, prostitución… De autonomía sexual y de cómo, aunque de generación a generación las condiciones de vida para las mujeres parecen mejorar, resulta aún común que una madre no quiera que su hija viva lo que ella vivió. De cómo la falta de educación y la dependencia económica fueron herramientas fuertes y aplastantes que dejaron a nuestras abuelas (con suerte, a nuestras madres ya no) relegadas a lo doméstico, a la casa y los niños, a las labores del hogar, mientras la infidelidad masculina era normalizada en la estructura familiar tradicional. Laura Freixas desmenuza con minuciosidad y detalle todas las “pequeñas” tareas que conlleva gerenciar un hogar, tareas que habitualmente pasan desapercibidas porque son nuestras madres quienes las hacen en silencio. Habla también de paternalismo en el entorno laboral y del aparente freno que puede representar la maternidad en la carrera de las mujeres porque los hombres (los padres) pueden ofrecer algo que las madres ya no: disponibilidad absoluta. Recuerdo a Nuria Labari, cuando decía que las mujeres ya alcanzamos a los hombres en lo laboral, ya estamos a pares, ya hacemos lo mismo que ellos, ya llegamos a su vara; pero ¿cuándo llegan ellos a la nuestra? Ya las mujeres conquistaron el espacio público y el mercado laboral, ¿cuándo se acercan ellos a compartir lo doméstico, la casa, las labores de cuidado? Quizá el feminismo actual no necesita tanto alcanzar a los hombres, sino que ellos no alcancen.

     «Ahora, con los años, he comprendido cuál es el problema, mejor dicho, los problemas, o las trampas. Primero: que esos valores, ese modo de vida, que se nos ha atribuido a las mujeres, tienen mucho de bueno…, pero no hay motivo para que sea sólo nuestro; si es bueno, es bueno para todos; compartámoslo, y compartamos también lo que el trabajo doméstico y de cuidados tienen de pesado y aburrido», escribe. Creo que es un gran texto para repensarnos desde lo impuesto, desde lo que a veces rechazamos por considerarlo “poco feminista”, desde la manera en la que nos relacionamos y nos vinculamos no solo con nuestra genealogía sino con el otro.

     A Freixas le sigue Clara Usón (Barcelona, 1961) con Vida de una discípula de Satanás, un cuento corto en el que la escritora vuelve sobre ciertas situaciones de su vida ahora bajo un nuevo lente: una activista Me Too que la acompaña omnipresente y le reclama cómo está actuando. Es un texto entre la sátira y la confesión en el que Usón vuelve sobre sus pasos —un poco como Aixa de la Cruz en Cambiar de idea— bajo una perspectiva feminista, y se increpa a sí misma a través de la conciencia sobre asuntos como el acoso, la prostitución, el aborto o la infantilización de la mujer en el ambiente profesional. Es el madrazo de humildad que nos recuerda, con lo que sabemos y las herramientas que tenemos hoy, que hubo momentos de nuestras vidas en los que no actuamos con conciencia feminista, porque el patriarcado es un sistema que nos atraviesa a todas y nos vertebra de maneras inconscientes.

     En La forastera, María Sánchez (Córdoba, 1989) sigue hilando con la misma delicada contundencia y el lenguaje casi poético las historias de las mujeres de su familia que componen su ensayo Tierra de mujeres (Seix Barral, 2019). Habla de la casa como un cuerpo y de cómo la identificación de los espacios de la casa corresponde claramente, en su historia, con un género: «Escribo la palabra «cocina» y antes de terminar la palabra vienen ellas siempre: mi abuela, mi madre, mis tías. Sus manos. Escribo «salón», «estudio», «biblioteca», «despacho», y son ellos: los hombres de la casa. Su cabeza. Su voz. Sus decisiones».

     Escribe también sobre el reconocimiento y admiración que, como mujeres, ponemos en “las grandes”: grandes científicas, escritoras, profesionales, en las mujeres que públicamente han hecho estallar los conocidos techos de cristal y se han erigido en la cima; y se interpela sobre qué pasa con nuestra genealogía. Por qué admiramos a estas mujeres extrañas (para nosotras), desconocidas, que sin duda han hecho grandes cosas y han pavimentado el camino para las que siguen, pero ignoramos las historias de las mujeres que íntimamente nos preceden: nuestras madres, abuelas, bisabuelas… Ponemos la mirada fuera de la casa y así sometemos al olvido y la invisibilidad historias igual de importantes y valiosas que componen nuestra raíz. Hay muchos puntos dolorosos, importantes e interesantes en el relato de Sánchez, que concluye con la escritora asumiéndose forastera en ese entorno privado en el que siempre estuvo “al lado de”, quedándose “a mirar”, con la vista en otra cosa.

     Si, para mí, el texto de María Sánchez es casi un susurro a través de los pasillos de una casa, en mi cabeza Cristina Morales (Granada, 1985) llega justo después con un megáfono y pisando fuerte en tierra con unas botas de suela gruesa. No me pregunten por asociaciones mentales: nada tiene sentido. Morales llega firme y directa con su Introducción al placer mediado por el capital y llamada a favor de la puta gratis. Primeros apuntes para la politización folladora. Primero, sustituye la noción de «mujer» por «feminizada», pues «da cuenta de la feminidad como proceso (…)». Propone, en estos apuntes que no da por terminados, crear la figura de la puta gratis, partiendo de considerar que todas y todos tenemos relación con la figura de la puta. Y al hablar de la puta no solo se habla de la mujer que proporciona placer sexual al sujeto masculino a cambio de dinero, pues plantea también que en casi todas las situaciones de la vida existe un intercambio cuantificable, incluso si no es mediante bienes materiales.

     Morales escribe sobre el capitalismo y sus controles sobre el deseo, hay referencias a Pretty Woman y rescata cómo en supuestas situaciones o actitudes aparentemente emancipadoras sigue existiendo el elemento incólume de dominio, pues incluso cuando pensamos que estamos saltando las reglas estamos sometiéndonos a un orden en el que se nos permite romper el status quo. Siempre es un placer revolucionario mental leer a Cristina Morales, incluso si te deja el cerebro encendido en fuego. Es contundente y lapidaria en sus planteamientos y en su manera de concebir cómo funciona el mundo. Nos toca ahora empezar a pensarnos y a indagar en la figura de la puta gratis.

     Y si de Disney aprendimos (hasta que llegaron Mulán, Mérida y Elsa) que las mujeres eran princesas que necesitaban ser rescatadas por el heroico príncipe, la ilustradora Flavita Banana (Flavia Álvarez-Pedrosa, Oviedo, 1897) cuenta cómo logró entender que dos sucesos, en apariencia ajenos uno del otro en su vida personal, estaba íntimamente relacionados: padecer de depresión e, irónicamente, en ese periodo de su vida gustarle más que nunca a los hombres. Su relato está acompañado por una serie de viñetas.

Flavita Banana en Tsunami
Un par de las viñetas que acompañan el texto de la ilustradora.

     Algo precioso que encontré en esta compilación es cómo varias de las escritoras que la componen “tiran del ovillo” familiar para hablar de su acercamiento y relación con el feminismo. Es el caso de Edurne Portela (Santurce, 1974) con Tirar del ovillo, un relato en el que aborda el «aprendizaje bidireccional» sobre feminismo entre ella y su madre. Portela habla de esta última y de su abuela para rescatar los espacios de libertad que cada mujer de su familia logró conquistar ante la sumisión que se esperaba de ellas como esposas y madres; de cómo fue su madre quien logró construirse una habitación propia fuera de lo doméstico al montar dos negocios: «era un espacio femenino, de mujeres fuertes del pueblo», escribe. Habla sobre cómo las labores de cuidado se interponen a la autonomía femenina porque casi siempre será la mujer quien relegará sus espacios ante las necesidades de cuidado de terceros, sean estos los hijos, los padres o la pareja.

     Estamos sacando a nuestras madres  y abuelas de las tinieblas para reconocerlas, para mirarlas en medio de sus contradicciones y silencios, en medio de lo que hicieron con las circunstancias y posibilidades que tuvieron, y creo que si algo comparto con Portela es el agradecimiento a ese feminismo que me permite mirar a las mujeres de mi familia ya no bajo una lupa de juicio (por no irse o por quedarse, que no siempre es lo mismo; por no ser más independientes, por no hacer esto o aquello…) sino bajo la mirada que busca escarbar, entender, ser espectadora de sus circunstancias y agradecer, sobre todo agradecer.

     Al pasar la página, los catorce años de educación en un colegio católico dan entrada al texto de Nuria Barrios (Madrid, 1962), titulado María Pandora. Barrios escribe sobre «el puritanismo como una violencia soterrada», sobre la sumisión absoluta de las monjas ante la jerarquía de una institución profundamente misógina como lo es la iglesia católica. Me llamó muchísimo la atención un punto en el que no había pensado: las monjas predicaban como virtudes muchas características asociadas al catolicismo, pero que también comparten las mujeres víctimas de maltrato. La obediencia, el sacrificio, el silencio y el sufrimiento eran, a los ojos de las monjas, virtudes que exaltar en las niñas. También son, casi siempre, rasgos psicológicos de mujeres abusadas.

     «Si las manos de los curas pedófilos desnudaban a los niños, las manos de las monjas se afanaban en tapar a las niñas», escribe Barrios. Qué oración-bala. Detalles entretejidos en un mar de vivencias: la iglesia ha “pedido perdón” por los abusos cometidos por los clérigos contra niños, pero no por la violencia sexual ejercida por los mismos contra las religiosas. La mujer, silenciada.

     El texto de Barrios expone también cómo las ideas inconscientes que tenemos sobre la feminidad y la masculinidad permean todos los ámbitos de nuestras vidas, incluso nuestros hábitos de lectura; por lo que se hace necesario desaprender y deconstruir constantemente de forma consciente, y reivindicar que las mujeres creemos una genealogía propia en la que no seamos silenciadas o portadoras del mal original (si nos remitimos al imaginario católico y a Eva como la primera mujer en pecar). Cierra su relato con lo siguiente: «Ninguna ficción es inocente». Si su texto es “real” pierde de repente importancia. La ficción nunca será inocente.

     En Mi vulva¸ Cristina Fallarás (Zaragoza, 1968) escribe sobre masturbación femenina (amable inserto aquí para recordarle a todas que mayo es el mes de la masturbación femenina), la culpa inculcada ante el placer y cómo el comportamiento animal asociado a lo sexual contradice socialmente lo que una mujer “debe ser” (y aquí me entran ganas de rescatar el concepto de «feminizada» de Cristina Morales). Escribe también sobre una vivencia particular en un consultorio ginecológico, situación aparentemente segura en la que muchas mujeres hemos sido violentadas con juicios sobre nuestros cuerpos o hábitos. Hablar de la vulva y describirla, llamar las cosas por su nombre. Qué necesario.

     Finalmente, Pilar Adón (Madrid, 1971) cierra el libro con Lo habitual. Lo habitual es la sensación que casi todas conocemos: la incomodidad o el miedo ante la mirada habitual de un hombre en el espacio público, su acercamiento, sus palabras. La sensación que conocemos tan, pero tan bien, que qué fácil resulta matizarla con un: «no dejes que te afecte, los hombres son así». Lo habitual: el que tu madre te diga que nunca vayas al baño sola en sitios públicos, el fingir hablar por teléfono si vas sola por una calle oscura, el cambiar de acera. Lo habitual es el miedo. Que se banalicen nuestras experiencias cuando las contamos. Preguntarnos qué pudimos haber hecho para evitar, y no por qué está ocurriendo algo que no debería. O por qué otro nos está violentando.

     Nos estamos leyendo, sí. Desde voces, lugares y experiencias distintas. Nos estamos leyendo para construirnos esa habitación propia en la que nos escuchamos y nos reconocemos, donde nuestras historias importan y no somos una otredad. Donde no hay “escritura femenina” sino escritura, donde la vara con la que medimos la calidad de lo que hacemos ya no es únicamente masculina.

Qué eché en falta

     Aunque disfruté muchísimo el libro, y la pluralidad de voces, puntos de vista, tipos de texto y estilos me pareció sumamente enriquecedora; eché en falta las historias de mujeres afrodescendientes, de mujeres discapacitadas, de mujeres pobres, en los márgenes. De mujeres emigrantes. Si bien todas las escritoras que componen Tsunami son mujeres merecedoras de estar en la compilación, con puntos de vista ávidos, lúcidos e importantes, comparten también que son todas blancas y educadas. No creo que el asunto se arregle silenciando sus voces, pero sí considero necesario que empecemos a leer otros feminismos, atravesados por otros tipos de interseccionalidad.

     Entiendo que ningún proyecto puede abarcarlo absolutamente todo, pero sí creo que diversificar los espacios es un esfuerzo consciente. Por ejemplo, me hubiera encantado leer en el libro un texto de Desirée Bela-Lobedde. Porque aunque vengamos todas de experiencias y contextos distintos, si algo compartimos todas las autoras de Tsunami y yo es el ser blancas, tener un cuerpo que, salvando cánones estéticos del momento, funciona como la sociedad espera que lo haga y el haber tenido acceso a educación, lo que nos permite desarmar muchas de las opresiones que nos interpelan a diario. Ese es nuestro mundo: blanco y, en mayor o menor medida, privilegiado. Quiero leer otras realidades. Creo que todas queremos.

 

La hija de la española o la nieta del español

La hija de la española
La foto de la novela desde la primavera barcelonesa, una contradicción preciosa del escenario asfixiante, oscuro y putrefacto en el que se desarrolla la historia.

     La primera novela de Karina Sainz Borgo, La hija de la española (Lumen, 2019), empieza con la muerte. La muerte de la madre de su protagonista, irreversible, y con la muerte en gerundio de un país cuya destrucción tiene años gestándose y estalló, llevándose todo por delante. Una serie de sucesos tras el fallecimiento de su madre ponen a Adelaida Falcón en una encrucijada por salvar el pellejo. Suplantar la identidad de su vecina, una mujer a la que poco conocía y a quien llamaban “la hija de la española”, puede ser la única salida de un país que día a día se pudre desde adentro.

     Adelaida Falcón, editora, comparte con su madre, una maestra caraqueña, más que el nombre. Ambas construyeron una fortaleza en torno al vínculo para protegerse del entorno hostil y sobrevivir. «Nunca entendí la nuestra como una familia grande. La familia éramos mi madre y yo. Nuestro árbol genealógico comenzaba y acababa en nosotras. Juntas formábamos un junco, una especie de planta de sábila de esas que son capaces de crecer en cualquier lugar. Éramos pequeñas y venosas, casi nervadas, acaso para que no nos doliera si nos arrancaban un trozo o incluso la raigambre entera», escribe Sainz Borgo.

     Desde las primeras páginas puede reconocerse esta Venezuela rota: indicios nada sutiles irrumpen en el texto, que empieza a convertirse en trago amargo para quienes identificamos en la narración nuestras calles, nuestros muertos y las circunstancias que nos empujaron a salir. La relación madre-hija de las dos mujeres se presenta como la columna vertebral de una historia que viene a retratar nuestro dolor país, alternando entre el pasado y el presente para conducir la historia.

     No quiero hacer spoiler, y con este dato no adelanto nada, pero Sainz Borgo describe un entierro de malandros e, incluso, cuela en la narrativa aquel video que se viralizó en el que una niña baila reggaetón sobre un ataúd, mientras una multitud enardecida la nalguea y le celebran la gracia. Sonrío, no sé por qué. Quizá porque recuerdo los entierros de malandros que yo misma presencié: esa horda de motos que me ponían a sudar las manos cuando me las cruzaba al volante, los tiros al aire, los chorros de alcohol volando de botellas en manos de gente bebida y, probablemente, peligrosa. No hay motivo para reírse, pero me causa gracia infinita que la escritora haya rescatado este episodio de la memoria colectiva para contar lo más coloquial de los rituales mortuorios en Venezuela.

   La novela está saturada de una violencia latente y real: es absoluta y lo abarca todo. No de forma intolerable, pero sí lo suficiente para incomodar. Por segundos me pregunté si la autora no habría exagerado un poco en la narración al incluir con tanta frecuencia ejemplos de las torturas, represión y sangre en el país. Inmediatamente me avergoncé de este pensamiento: no, no exageró ni un poquito. Esas calles llenas de gases lacrimógenos, disparos y muchachos muertos son las nuestras. Esos baños de sangre y las ráfagas de tiros son vergonzosamente nuestros. Eso es vivir en Venezuela. Pudo haber llenado la historia entera de episodios violentos y, aun así, seguramente no habría sido suficiente para describir con fidelidad los veinte años de barbarie que llevamos como un pesado lastre sobre los hombros.

     La carga de violencia en los primeros capítulos me hizo sentir asfixiada, me devolvió a las pesadillas que solía tener apenas me fui, en las que volvía a Venezuela sin saber cómo había llegado allí y sin poder salir. La escasez, el hambre de la gente, la desesperación, el cinismo de quienes están en el poder, el miedo latente, la rabia: todo se revuelve en un estómago ulceroso que es el recuerdo. Es la radiografía de un país que se convirtió en una fábrica industrial de resentimientos inflamados a punta de una retórica política cargada de mentiras, que justifica la saña de su descomposición con un hambre que se transforma en argumento para masacrar al otro. Quizá podrían resumirse muy vagamente las dos últimas décadas de chavismo en ese diálogo en el que la Mariscala le dice a Adelaida, al invadir su apartamento:

     «—Esta ahora es nuestra casa, porque todo esto siempre fue nuestro, pero ustedes nos lo quitaron.»

     Con la evolución de la historia, Adelaida va despojándose de sí misma: de la mujer que fue, de la que es y de la que pudo llegar a ser. La necesidad de sobrevivir la lleva a desconocerse y actuar de maneras que no reconoce como propias, pero que la enfrentan con ese yo visceral y casi salvaje que podemos llegar a ser todos en circunstancias extremas. Para el lector se hace fácil meterse en su piel y sentir la transformación del personaje. Es animal. No puedes dejar de pasar las páginas.

     «Yo era mi madre y mi criatura. La obra y gracia de una desesperación. Aquel día, me parí. Me alumbré apretando los dientes y sin mirar atrás. Mi maleta era el último esfuerzo. La cogí por las asas y avancé hacia la salida.

—Maldito país: no volverás a verme nunca más —dije en voz baja.

Aquella mañana, por una vez en mi vida, vencí. Con el arpón clavado en el vientre, pero vencí.

Todo mar es un quirófano donde un afilado bisturí desgarra a quienes nos atrevemos a cruzarlo.»

     Creo que La hija de la española es casi una capitulación: el rendirse ante el intento fallido de arrancarse de la piel y de la memoria los recuerdos dolorosos de un país. Lo que vino después del momento en que Sainz Borgo pensó: «vale, no hay Atlántico ni años que me distancien de esta historia que también es mía». La novela desdibuja los límites ya frágiles (quizá inexistentes) entre lo personal y lo colectivo: la historia de una mujer, incluso si es ficción, es la de cientos de miles de venezolanos que nos sometimos voluntariamente al bisturí afilado de la migración. Que nos estamos pariendo en países que nos acogieron o que son los de nuestros antepasados. La de miles que volvimos sobre los pasos de nuestros abuelos a, irónicamente, construir una vida en la ciudad de la que ellos salieron escapando del hambre y la guerra.

     Pienso en las historias de mi infancia: esas de Artemio Santos contándome cómo, pobre hasta la médula, llegó a Venezuela. Cómo no tuvo más opción que aventurarse a bordo de un barco con destino a ese paraíso prometido pero cargado de incertidumbre. Cómo construyó una vida entera en un país caribeño para, décadas después, despedir a sus hijos y sus nietos con un beso en la frente. Quizá el único beso que me ha dado ese abuelo inexpresivo, pero amoroso en su propio lenguaje. El que salió de España sin imaginarse que íbamos a volver.

     Solo puedo cerrar con la última línea del libro, el último agradecimiento con el que la autora finaliza de forma contundente su lista: «A mi tierra, siempre rota. Repartida a ambos lados del mar».

La mejor madre del mundo

La mejor madre del mundo, Nuria Labari

Cuando este año sople mis velas, habré llegado a la edad en la que mi madre se convirtió en madre conmigo. Habrán pasado 27 años desde aquel día en el que, pese a su insistencia, no pudo parirme, y tuvieron que abrirla con un bisturí para traerme a mí a este lado de la vida. Seguro tuvo miedo, aunque nunca se lo he preguntado ni me lo ha dicho ella a mí.

Me hago la pregunta inevitable: ¿estaría yo, en unos meses, lista para tener un hijo? ¿Para criar otro ser humano, acunarle, cuidarle y criarlo “lo suficientemente bien”? Mi terapeuta me explica que, con los padres, la única expectativa real es que sean lo “suficientemente buenos”. Que nos cuiden, nos mantengan con vida, nos amen y nos apoyen, en la medida de sus recursos, circunstancias y posibilidades. No hay maternidad ideal ni perfecta.

Abrí este documento en blanco con la intención de reseñar un libro que me tiene en la tercera relectura, porque lo sigo masticando y digiriendo. Pienso que no quiero escribir sobre mí, pero tampoco puedo ignorar que lo que me hizo comprarlo una tarde en la Laie del CCCB fue, precisamente, el deseo tan visceral que tengo de ser madre. Eso que Nuria Labari llama “la Idea” en La mejor madre del mundo (Penguin Random House, 2019).

Empieza la novela con un postulado simple pero certero como una bala: «(…) cualquier texto que huela a experiencia femenina es a la literatura lo que los tampones a las droguerías: un producto de “higiene íntima”. Puedes comprar Tampax en la misma droguería donde venden perfumes caros, pero cada cosa está en su balda y cada estantería tiene su valor». Sigue, y parafraseo: la experiencia de los hombres ha sido siempre la experiencia universal, la narración del mundo que nos hemos comido enterita, la experiencia de todos; mientras “lo femenino” ha estado relegado a un segundo plano en el que nuestras historias son “íntimas”, o “valientes” si las contamos. Cualquier adjetivo de turno que nos ponga en nuestro sitio, en nuestra balda, cualquier palabra que vaya justo después de “literatura” para darnos a entender que vamos detrás. Pienso que no he leído a suficientes mujeres hablando de maternidad: apenas empezamos a leernos más públicamente sobre infertilidad, abortos espontáneos o escogidos, sobre la maternidad que no siempre es rosa y sonriente sino sangrienta al comienzo, dura y compleja después.

Mi madre aprendió a ser madre conmigo y yo todavía no sé cómo ser hija con ella.

El deseo de ser madre es conflictivo, escribe Labari. «Hay algo perverso en desear tener un hijo. Algo turbio. Yo lo sé, lo supe desde el principio. Y, sin embargo, ahí estaba: el útero palpitando como el sexo antes de ser satisfecho, de la barra del bar al potro ginecológico». Creo que ahora estoy ahí: soy lo suficientemente mayor para ser madre, estoy en el momento biológicamente ideal para ello, igual una nunca está lista y lo mejor que se puede hacer es conjugar una serie de circunstancias más o menos favorables que nos den cierta ventaja para salir airosa (estabilidad económica, tiempo para ejercer de madre, una pareja estable —prescindible, si toca—…). Mi cabeza y mi cuerpo están listos: mi cuenta bancaria, mi situación laboral, de vivienda y de pareja, no.

La mejor madre del mundo es una novela que se lee fácil, no pretende ser un enunciado sobre lo materno ni pontificar sobre verdades que no existen. Es, al contrario, una exploración de todo lo que nos han dicho, hemos descubierto, nos hemos creído y sobre lo que nos hemos sentido culpables en torno a la maternidad. Creo que en algún punto todas hemos descubierto que, aparentemente, ser madre es sentirse siempre culpable por algo. Culpable si trabajas y si no, si le vas a dar un hermanito al bebé o no, si divides perfectamente tu atención entre tu pareja y el niño, si le das la teta o fórmula, si le dejas ver videos en Youtube para que deje de dar gritos por diez minutos o le ofreces cubos de madera de colores que estimulen su motricidad, en fin.

Es la primera vez que me encuentro en la literatura algo que he sentido siempre, aunque no sé qué tan cierto sea: que no hace falta parir un hijo para ser madre. «Aclaremos una cosa: se puede ser madre sin tener hijos. Yo fui madre mucho antes de alumbrar a H1 (cinco años) y H2 (dos y medio) (…). Hablo de ser madre sin hijos, ni propios ni ajenos. El problema es que durante mucho tiempo creí que jamás llegaría a saber algo sobre maternidad si no era capaz de parir. Pobrecita. No tenía ni idea, era todo certezas». Me gustan los libros que me interpelan, y este me dejó llena de preguntas: ¿soy madre si nunca he estado embarazada, si no sé si algún día voy a estarlo? ¿Es egoísta, habiendo tantos niños en el mundo en busca de una familia, el miedo tan paralizante que tengo ante la posibilidad de ser estéril? ¿Tengo “derecho” a ser madre si sigo achacándole a la mía culpas inútiles por situaciones en las que, probablemente, estaba haciendo lo mejor que podía?

Labari escribe sobre el amor y el sexo, sí, elementos inseparables de lo materno; también de problemas de fertilidad y ciencia, de la culpa y el aborto, de infidelidad, de lactancia y del concepto de “natural”, palabra que cada vez me hace más ruido porque la estamos usando para juzgar la maternidad ajena, para regodearnos en una creencia ciega de que hay una sola manera de hacer las cosas en la crianza. Y, como escribe Aixa de la Cruz en Cambiar de idea: los niños también sobreviven sin sillitas de coche, caminando descalzos en páramos y entre alacranes. Y, como en todas partes, algunos se mueren y otros sobreviven.

Me gustó muchísimo La mejor madre del mundo, y no sé si haya mayor prueba de ello que el mensaje de Whatsapp que le envié a mi mamá: «Mami, me leí un libro buenísimo que quiero que leas, creo que te va a gustar. Voy a ver si lo tienen en físico allá, o si te lo puedo comprar en digital». Le agradezco en silencio a la autora que se haya lanzado por ese precipicio de exponerse así, tan visceral y vulnerable, tan abierta sobre aquello de lo que tenemos siglos hablando “entre mujeres”. Entonces me pregunto si los hombres nos están leyendo, o si esta lectura se queda entre mujeres que asienten y confirman lo que han vivido ellas, sus madres, sus abuelas y siga usted contando el árbol genealógico hacia atrás.

¿Ha hecho mi madre todo bien? No. ¿Lo ha hecho “lo suficientemente bien”? Sí. ¿Es la mejor madre del mundo? Siempre.

El mes del “Orgullo Gay”… ¿y qué más?

Marcha del Orgullo. Bogotá, junio 2017.

“Este fin de semana es la marcha gay”, “junio es el mes del orgullo gay”, “en Australia hicieron un referéndum para aprobar el matrimonio gay” son frases que todos hemos oído. Oraciones en las que “los gays” se utiliza como término unificador para englobar a una comunidad de personas diversas en cuando a orientación sexual e identidad de género: lesbianas, gays, bisexuales y transexuales (que conforman las siglas LGBT). Y eso tomando en cuenta las siglas iniciales, sin contar aquellas que se han agregado en las últimas décadas para incluir una variedad aún más amplia de identidades de género/orientaciones sexuales.

La utilización del término “gay” para referirse a un grupo de personas es, en sí, inofensiva. Todos estamos ocupados y, realmente, nadie tiene el tiempo para recitar lesbianasgaysbisexualesytransexuales cuando está contando algo o quiere decir algo específico. ¿Es el lenguaje realmente tan importante a la hora de denominar un grupo? ¿Se puede hablar realmente de una exclusión o invisibilización de otros subgrupos dentro de una “comunidad” a través de las palabras que, conscientes o no, escogemos para nombrarla?

El año pasado, durante un foro de una hora sobre diversidad sexual (el único dedicado a este tema entre decenas de foros y conversatorios, debo mencionar) en la Feria Internacional del Libro de Bogotá, la escritora colombiana Amalia Andrade dijo algo que definió mi experiencia como mujer homosexual que quería salir de rumba entre los 18 y los 21 años: “me cansé de ir a fiestas a que me empujen”. Andrade explicó la experiencia de demasiadas mujeres (queer o no) en fiestas “LGBT”: espacios predominantemente masculinos, dirigidos al público masculino homosexual, donde las mujeres siguen siendo invisibilizadas y disminuidas. Es, exactamente, como el “mundo heterosexual”, pero versión “gay”.

Ser una mujer lesbiana en un bar LGBT significa, en mi experiencia, que vas a estar rodeada de muchos hombres que te empujan, sí. Que te empujan sin reparo y sin que les importe, pensando quizás que, por ser homosexuales, sus microagresiones no son machismo. Que vas a ser una de las pocas mujeres en un espacio donde hay strippers hombres, que vas a ver penes, que vas a terminar aplastada entre muchos pares de hombres bailando o besándose. Que de las otras ocho mujeres en todo el bar, seis están emparejadas entre sí y las otras dos son las amigas heterosexuales de alguno de los hombres que están allí esa noche.

Significa que tu amigo heterosexual, que ingenua y amablemente te dijo “te voy a llevar a una fiesta donde hay muchas lesbianas para que ligues”, termina teniendo más “suerte” que tú en el campo del coqueteo casual. Él termina bailando con una chica (heterosexual), pidiéndole el número (aunque luego nunca se escriban) y pasándolo bien, mientras tú terminas sudada, cansada, aplastada contra una pared pasando calor y viendo penes. Pidiéndote un Uber a la 1 de la mañana y jurando que no te vuelves a meter en ese quilombo, mejor te quedas en pijama leyendo y sin ver pisoteadas tus ilusiones de bailar con alguna chica guapa esa noche.

No sé si las mujeres queer queremos ver strippers mujeres (no es lo mío, al menos). Pero la pregunta es: ¿por qué -habitualmente- no las hay? ¿Por qué las fiestas, los bares, las marchas y los eventos en general siguen estando dirigidos a “los gays”, a la parte masculina homosexual de esa presunta comunidad que, en teoría, nos engloba a todos? ¿No sería un lindo gesto (para ser políticamente correcta) que al menos alguien pensara en esas “otras” letras que hacen parte del LGBT (y el resto)?

Cuando eres una mujer que fácil y constantemente “pasa” como heterosexual, estos lugares son escenario común para que además escuches, como un disco rayado, frases como: “¡qué linda! ¿de verdad eres lesbiana? ¡es que no pareces!”, “ay, ¿y las mujeres sí te miran en esos tacones? Deberías vestirte un poquito más… tomboy, para que levantes”, “yo no creo que tú seas lesbiana, es que a los hombres le parece sexy ver dos mujeres besándose”, “pero cuéntame: ¿tuviste un novio qué te hizo algo muy feo? Es que… ¿por qué dices que eres lesbiana?”.

Al final, una termina saliendo de la casa, arreglándose, tomándose dos tragos y pasándola “medio bien” para replicar el mundo heteronormativo del que pensaste que ibas a escapar por una noche: dirigido a los hombres, hecho por y para los hombres, sintiéndote una “minoría” dentro de la minoría y con una incómoda sensación de que realmente no perteneces. Porque no eres lo suficientemente “masculina” para que te “crean” que eres homosexual (habrá que sacarse el carné oficial de la lesbianidad, quizás), porque realmente este tipo de eventos no están dirigidos a ti, porque te sigues encontrando con demostraciones machistas e, indudablemente, en algún momento de la noche escucharás algún comentario “humorístico” sobre lo asquerosas que son las vaginas y cómo ellos “no entienden” cómo te pueden gustar. Algún comentario estúpido sobre la regla o sobre si “dos mujeres juntas no son demasiado emocionales”.

Y eso es solo hablando desde mi experiencia como mujer lesbiana. Si las lesbianas no tenemos casi espacio dentro de esta “comunidad”, menos tienen los bisexuales o las personas trans. Existen un montón de estigmas en torno a la bisexualidad y los/las transexuales suelen ser representados como caricaturas. La mayoría de las personas, incluso aquellos que nos identificamos como sexodiversos, todavía no entienden la diferencia entre un drag queen y un transexual.

Está bien: todos queremos fiestas que nos representen y en las que no nos sintamos excluidos. Pero más que poder ligar en un bar, ¿qué pasa cuando esta exclusión transciende a otros aspectos más importantes de la vida? Por ejemplo: a la salud sexual. Aunque la educación sexual tradicional no suele abarcar prácticas homosexuales, todos sabemos, de una manera u otra, cómo pueden cuidarse los hombres a la hora de tener sexo con otros hombres. Sin embargo, me alarma la cantidad de mujeres lesbianas que no tienen idea de cómo cuidarse al momento de tener sexo. Que piensan que entre mujeres no se transmiten enfermedades. Que desconocen, por ejemplo, que existen métodos de protección a la hora de tener relaciones con otras mujeres (sobre todo cuando no existe una pareja estable). Los ginecólogos no hablan de eso, tu mamá menos. En el colegio jamás lo mencionaron y la información disponible está mayoritariamente disponible hacia lo obvio: el sexo anal, el condón, la transmisión del VIH entre hombres o de otras ETS.

No sé si necesitamos una revolución lingüística: no creo que eso vaya a solventar el problema, siendo honesta. Sí creo que necesitamos más representación: mientras no haya más mujeres lesbianas, más bisexuales, más asexuales, más interesexuales o más transexuales sentados(as) en la mesa donde se toman las decisiones, seguirán sin tomarse en cuenta sus visiones, experiencias y necesidades. Seguiremos creyendo que la comunidad LGBT son “los gays”. Y eso sin empezar a hablar siquiera de interseccionalidad.

 

 

La hija del Caníbal

El primer libro que me compré en Barcelona (porque sí, con lo que estamos pasando en la vida acostúmbrense a que, por un rato, por aquí van a leer mucho de primeras veces) fue en una librería low cost (Re-Read, la recomiendo con los ojos cerrados). Fue un día que llegué del trabajo, estaba aburrida y no tenía nada que leer. Alguien me envió la dirección y había una muy cerca a mi casa, pero ya casi iba a cerrar. Entonces salí corriendo al mejor estilo Los juegos del hambre, dispuesta a hacerme con algún libro barato así tuviera que ir haciendo sprint los 700 metros que, según Google Maps, me separaban del paraíso de libros por 2 o 3 euros.

En la esquina, a punto de cruzar el semáforo, me di cuenta de que el mundo se veía… raro. Me cago en todo: se me habían olvidado las gafas en la casa y por eso las personas no tenían cara, eran manchas de colores. Miré el reloj en el celular y nada, tocó seguir así, porque si me devolvía a buscar las gafas no llegaba.

Obviamente me perdí llegando a la librería porque no la veía cuando llegué a la calle. Y toda esta anécdota es para traernos a este punto: me compré La hija del Caníbal, una novela de Rosa Montero, publicada en 1998 y Premio Primavera de Novela 1997.

Desde el año pasado, que me leí La ridícula idea de no volver a verte, tenía en mente leer más de Rosa (y esta manía fea mía de llamar a los escritores que me gustan por el primer nombre, como si fueran mis amigos). Esta edición de La hija del Caníbal tiene las tapas de color amarillo llamativo, me imagino que por eso la vi, le eché una ojeada y fui contenta a pagar, por haber llegado a tiempo y por haber conseguido algo.

Después de la narración de todos estos percances poco relevantes pero que a mí todavía me hacen gracia, procedo a hablar del libro.

La novela empieza con un acontecimiento aparentemente banal: una mujer de mediana edad, Lucía, está esperando a su esposo, Ramón, a las afueras de un baño en el aeropuerto de Barajas, donde estaban ambos en la sala de embarque de un vuelo a Viena para celebrar el año nuevo. Sin perder de vista la puerta del baño, porque Lucía y yo compartimos esta paranoia a que nuestros acompañantes se nos pierdan en entornos muy grandes/concurridos, se da cuenta de que pasa mucho tiempo y Ramón no sale.

Ramón desapareció. Se fue, lo secuestraron, nadie lo sabe. Lucía se desespera, la policía dice que es más común de lo que parece que los maridos se esfumen, que seguro a los pocos días aparece como si nada.

No quiero contar el libro, porque para eso se buscan un resumen en Internet y lo leen. Quiero contar por qué me gustó a mí.

Soy bastante escéptica ante casi todo pero si hay algo en lo que siempre he creído es en que los libros llegan a nosotros cuando los necesitamos. Y este libro, que en apariencia nada tendría que ver conmigo o con mi vida, se convirtió en una metáfora bastante particular de muchas cosas que estoy viviendo. ¿Cómo una novela sobre un marido desaparecido, protagonizado por una mujer con una crisis de mediana edad, un señor de ochenta y un muchacho de veinte-y-muy-pocos podría ponerme en perspectiva a mí tantas cosas?

La hija del Caníbal se desarrolla, obviamente, en torno a la búsqueda de Ramón por parte de Lucía, a la que se suman dos vecinos inesperados: Félix, un anciano con un pasado de pistolero anarquista, y Adrián, un joven algo taciturno que constantemente sueña con enigmas y acertijos que debe resolver (y que no sirven para absolutamente nada, pero le dan sabor a la narrativa).

Durante toda la novela, Lucía se encuentra desenmarañando los significados de la ausencia, de la rutina, de la identidad, del amor por costumbre, de la idealización del otro, de la pérdida. Es una mujer de mediana edad cuestionándose quién es, qué quiere, qué ha hecho y a dónde va. Es ambigua y compleja, como todos.

Me gusta llamar a Félix la voz de la conciencia. A través de la narración de su vida y de sus experiencias en América cuando era joven, reconstruye una historia que bien podría ser la de la humanidad.

“Es curiosa la relación que los humanos tenemos con la pérdida (…). (…) si vivir es perder, precisamente (…). (…) Las pérdidas, después, llegan a ser imposibles de nombrar. Insoportables. De niño uno cree que la vida es una acumulación de cosas, que con los años vas conquistando y ganando y coleccionando y atesorando, cuando en realidad vivir es irte despojando inexorablemente”, cuenta.

Gracias a Félix no dejo de pensar en qué significa perder. Qué, exactamente, se pierde. A veces son expectativas. A veces es la imagen que teníamos de alguien, cuando nos damos cuenta de que esa imagen estaba solo en nuestra cabeza y no existe realmente. Cuando alguien muere, la pérdida es física, tangible, hay un vacío de algo que ya no está. ¿Qué es, realmente, perder?

Y, sobre todo, si la vida es una constante pérdida (del pañal, de los dientes, de los zapatos cuando nos crecen los pies, de la ropa, de los seres queridos, de los juguetes, de los libros, a veces de la dignidad en bares, de los amores, hasta de los padres), ¿por qué nos cuesta tanto? ¿Qué clase de tara evolutiva no nos ha condicionado aún para enfrentar la pérdida con gracia?

Creo que este anciano particular es mi personaje favorito porque, en este momento, ya no me identifico con Adrián, pero tampoco con Lucía. Estoy en esa edad en la que todavía creo que a mis cincuenta habré logrado muchas cosas que quiero, tendré una familia, seré feliz. Lucía me resulta algo deprimente (y espero que no tenga que tragarme mis palabras dentro de veinticinco años más).

Otro de los diálogos brillantes de Félix que quedó marcado con rayas torcidas de bolígrafo en mi libro es el siguiente:

“Digo que no te preocupes. Todos nos hemos sentido alguna vez así, como tú ahora. Hay momentos negros en los que parece que la vida se cierra. Y entonces tememos no ser capaces de soportar lo que nos espera. (…) Te voy a decir algo que lo sé porque lo he vivido: esos momentos se pasan, te lo aseguro. Y somos capaces de soportar incluso mucho más de lo que querríamos. Así es que quédate tranquilo. Algún día, dentro de muchos años, te acordarás de la angustia de hoy y te parecerá mentira. Y aún te diré más: es incluso posible que añores este momento”.

Seguro quieren saber si al final aparece Ramón: sí. Pero no hay final feliz (y tampoco se muere). Yo no sé si La hija del Caníbal los va a ayudar como a mí, pero lo que sí sé es que es de esas historias que te atrapa, que te tiene comiendo página tras página porque quieres saber qué pasa, que tiene personajes divertidos, diálogos elocuentes, que te hace reírte a veces y llorar otras tantas, que refleja desde tres perspectivas el paso del tiempo, las etapas de la vida, el apego y el desapego, el descubrimiento y la búsqueda. Además, me gustó muchísimo el retrato que hace de la búsqueda de la conexión humana.

 

 

Sex & The City, trabajo emocional y pensamientos vagos de domingo

Carrie and Charlotte

Estaba viendo Sex & The City II, porque eso es lo que haces en tu día libre del trabajo después de que limpiaste toda la casa, te arreglaste las uñas, lavaste la ropa y está lloviendo, así que salir a pasear sola bajo la lluvia está descartado. Las sábanas huelen a limpio, el suéter está suavecito recién-salido-de-la-secadora, y de repente te das cuenta de que, aunque tu hermana siempre ha dicho que tú eres una Miranda en potencia, llegaste a un punto extraño de la vida en el que eres una mezcla entre Charlotte y Carrie. Samantha es todo lo que nunca me ha interesado llegar a ser, no sé por qué.

En el fondo, soy una Charlotte que vive tomando todas las malas decisiones sentimentales de Carrie, y que después llora cuando tiene que comerse la mierda que esas mismas decisiones que antes tomó con tanta ligereza vuelven a patearle el trasero.

Tenía mucho tiempo sin ver Sex & The City, porque con los años y la educación feminista también llega el darte cuenta de que muchas de las dinámicas que representa la serie son sumamente tóxicas: Carrie pasa años llevando desplantes de un patán que no puede scogerla y con el que se termina casando, y nos hacen creer que logró su “final feliz”. En la segunda película, nos presentan a una Miranda que renuncia a su trabajo para poder estar presente en el concurso de ciencias de su hijo (momento clímax, dirían, metáfora en realidad de necesitar estar más presente en la vida familiar).

Todavía no sé si fue empoderante verla renunciar a un puesto en un entorno extremadamente machista, donde el jefe incluso le levantaba la mano para hacerla callar, pero me dejó un mal sabor en la boca esa eterna dicotomía a la que se enfrentan las mujeres entre la vida profesional y la vida familiar. Escoge una, te hacen sentir. Siéntete culpable si tienes que trabajar y no puedes estar en el evento de tu hijo. Renuncia al trabajo sintiendo que estás “haciendo lo correcto”: cuando, abnegada, renuncias a tus metas profesionales y a tu individualidad en función de ese ser que trajiste al mundo (como si lo hubieras traído sola).

Cuando veía la escena en la que Miranda renuncia, siendo la única mujer en una junta de puros hombres, solo podía pensar que ella era la única que se estaba debatiendo en su cabeza entre seguir allí y salir corriendo al colegio de su nene, para verle ganar el premio por su bendito experimento del ratón. Seguramente sí. Aunque son personajes de películas, todos esos hombres hipotéticos tenían esposas hipotéticas en casa haciendo el trabajo emocional de sostener la familia y de estar allí para los hijos; ellos no estaban, ni de lejos, pensando en que le estaban fallando a su familia por estar allí, trabajando.

Como todos sabemos y como ya dice, Carrie finalmente está casada con Big, después de no-sé-cuántas temporadas de back and forth, y eso me parece tan tóxico y poco sano que no logro reconciliarlo. Una mujer aparentemente segura de sí misma, exitosa profesionalmente, con un sistema de apoyo sólido, que pasa años tratando de convencer a un hombre de que la escoja. Y, una vez casados, aún se sorprende y se siente dolida cuando a él le cuesta escogerla en las cotidianidades, adaptarse a esa vida en la que entró medio forzado.

Quisiera poder disfrutar de la serie como lo hacía a los 18, cuando cada capítulo no me lanzaba en un análisis interno de las dinámicas sociales en torno a las relaciones humanas y la cantidad de trabajo emocional que las mujeres ponen en el bienestar del otro (que, he descubierto, no siempre es un hombre). Pero, como me dijo una amiga hace unos días, “marica, you’re too woke now”. Así que ahora Sex & The City ya no es solo la serie/película que ves para despejar la cabeza, ahora se transforma en un post de todas las cosas que piensas cuando pasa el tiempo y empiezas a adentrarte tú misma en el océanos de las relaciones que, con los años, se hacen cada vez más complejas. Y, admito con cierta culpa ligera, aún la disfruto.

Aunque quisiera el espíritu -en teoría- libre de Carrie, su carrera literaria y talento para escribir de la vida misma (¿de qué más se escribe, si no?), ahora me encuentro descubriendo a Charlotte como la más estable y plantada de las cuatro: una madre que, en la búsqueda de la perfección, se reconoce en sus fallas y ambigüedades.

Sí, yo también quiero las dos niñitas con sus berrinches, sus manos llenas de pintura para niños en la falda cara, los retos que conlleva buscarse como individuo cuando tu identidad ha pasado, en gran medida, a ser el título de “mamá”, quiero la estabilidad que implica la escogencia diaria del presente, y quiero el hambre que tiene Miranda del mundo, de lograrlo todo en el campo profesional, de aspirar siempre a más.