Diarios de un mundo pandémico ya no-confinado

Hace unos días, en uno de tantos momentos de mindless scrolling en Instagram, se me cruzó un meme de un osito ilustrado envuelto en una toalla de esas que usamos para los niños, las que son como un rectángulo con una capucha.

De repente, en mi cabeza estaba el recuerdo de una Victoria de catorce o quince años bañando a mi hermana pequeña, que tendría tres o cuatro. Cuidando que no le entrara champú en el ojo, el momento de sacarla de la ducha, secarle los piecitos arrugados, envolverla en su toalla, subirle la capucha sobre el pelo goteante, levantarla y dejarla sobre la tapa del inodoro cubierta con otra toalla, para tenerla a mi altura y poder secarla bien. En ese momento, sin falta, Mafe empezaba a repetir: “ojito ojito ojito ojito ojito”, para pedirme que le pusiera la toalla sobre los ojos y presionara suavemente, para secárselos. De las rutinas de la primera crianza, de la memoria de la crema de lavanda Johnson’s que le poníamos antes de dormir, del recuerdo de aquel cuerpo suave y esponjoso lo que más atesoro ha sido, siempre, su voz pidiéndome que le secara los ojos. Yo se los cubría con la toalla y hacía presión suavecito, mientras le daba un beso en la frente.

Le mandé la imagen, preguntándole si se acordaba de cuando me decía “ojito ojito ojito”. Mafe ahora tiene diecisiete, vivimos en países distintos y hace bastantes años ya que no le pongo un pijama estampado para dormir, que no le cuento ninguna historia, que no la peino. Ahora me muestra por Facetime, inspirada en videos de TikTok, su rutina de cuidado facial, y sonrío al darme cuenta de que no solo usamos varios de los mismos productos sino que, además, se parece tanto a mí en sus gestos y forma de expresarse. Muchas veces le he dicho a mamá que hablar con Mafe es como tener un espejo con vista al pasado, y es una sensación muy extraña.

Me contestó que sí, y agregó que le parecía rarísimo pensar que, cuando ella era pequeña y yo le hacía el “ojito ojito ojito”, me veía como una mujer adulta, grandísima, “pero ahora me doy cuenta de que tú eras una adolescente, que tenías incluso menos edad de la que tengo yo ahora, y yo te veía como si fueras una mujer”, me dice. “Claro, enana, tú eras pequeñita y seguro a tus ojos yo era un gigante”, le respondo.

Mafe tenía cerca de un año cuando se paró por primera vez, un día que mamá y yo estábamos jugando con ella, sentadas las tres en el suelo. Sin previo aviso, en un segundo se puso en pie y dio dos pasos antes de trastabillar y caerse. No podíamos creerlo, pero ella siempre ha sido así: en su primer día del kínder, con tres años recién cumplidos, se puso la mochila a la espalda, se despidió de papá y mamá y se fue sin mirar atrás. No hubo lágrimas ni ansiedad de separación (de su parte), y las semanas de comerse la cabeza pensando en cómo la íbamos a dejar en el cole de la forma menos traumática  posible desaparecieron en ese gesto resuelto de aquella niña rubia que medía menos de un metro.

Mi hermana siempre ha sido mi bebé, es difícil verla de forma distinta cuando, en mis capacidades y espacios, en cierta manera también la he maternado; y creo que rompimos esa barrera tácita de la década que nos separa un día, hace un par de semanas, en el que yo estaba por el suelo porque había recibido noticias inesperadas y desagradables. Hablando con ella empecé a contarle las cosas que me preocupaban, sin darme cuenta de que estaba vertiendo en mi “bebé” preocupaciones de gente adulta. Esa bebé ahora tenía respuestas de adolescente lúcida, argumentos bien expuestos, empatía y compasión y una sabiduría que yo no sé si tenía a su edad.

Cuando terminé de hablar, Mafe me dijo “para mí siempre has sido suficiente”. Y yo, que tengo años sintiendo que sin importar cuánto de mí dé, nunca soy suficiente para las personas o cosas que quiero, finalmente sentí que, al menos, en uno de los roles más importantes que tendré en la vida siempre he sido suficiente.

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