El Internet está plagado de diarios de confinamiento y me encanta leerlos (casi) todos. Cómo nos enfrentamos a una situación sin precedentes, a la falta de control sobre nuestras vidas, a la ruptura de los hábitos y las rutinas. Cómo nos atrincheramos las soledades para sentirnos menos solos, cómo nos cuidamos, cómo nos acompañamos.

Me invento un club de lectura como excusa para hablar con gente, porque a ratos la soledad me pone muy triste y me hace tener pensamientos oscuros como que quisiera estar emparejada. Pero eso casi nunca me sale bien, entonces busco maneras más orgánicas de conectar con otros y, sobre todo, que no terminen con ningún corazón roto. Pienso que a nadie le interesará mi intento de club lector y que nadie va a apuntarse. Por suerte, algunas personas se apuntan.

Salgo una vez cada dos o tres semanas de casa para comprar comida. Hoy un señor me dijo “buen día” al cruzarnos (a una distancia prudencial) en el semáforo: le puse la sonrisa más grande que he tenido en mucho tiempo. En el mercado, soy curiosa y espío el carrito de la chica que tengo delante en la fila: bolsas y bolsas de verduras, avena, leche de arroz, agua, tres envases de claras de huevos. De repente siento vergüenza del mío, aunque nadie me está juzgando: leche, café, pan, huevos, un tarro de Nutella, dos botellas de vino, aguacates, cereal (lleno de azúcar), algunas bananas. La diferencia de nuestros carritos es también la diferencia entre su culo y el mío. Menos mal que no es una competencia.

Por suerte, entre las olas de positivismo tiránico también hay voces que nos recuerdan que esto no-es-un-concurso-de-productividad. Está bien si no horneamos diez tipos distintos de pan (sobre todo para los que no tenemos horno en casa), si no probamos quince tipos de entrenamientos varios, si nos está costando un poco más atravesar los días. Descubro que cuando me siento bien soy más sarcástica y se me hace más fácil reírme de mí misma. En realidad me gusta que otros horneen el pan y parezcan tener sus vidas en orden, cuando la mía es un edificio derrumbándose a punta de polvo y escombros. Me pinto los labios de rojo otra vez.

Entre las conclusiones inmediatas que he podido sacar del confinamiento está que quisiera que mi vida esté atravesada por la ternura. También, que a veces toca sentarse con las emociones que no nos gustan. Cuando estoy triste o me siento sola ya no tengo la opción de salir corriendo al gimnasio, a la calle, a algún museo. Y que, para ser un libro abierto, me cuesta bastante sentirme vulnerable.

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