Siempre fui la niña que, para exasperación de los compañeros de clase, le preguntaba a la maestra si no iba a revisar la tarea que había mandado (y que probablemente había olvidado). Con el uniforme limpio y el peinado derechito. Sacaba las notas más altas, mis trabajos siempre se entregaban pulcros y a tiempo, en las exposiciones se me hacía fácil hablar con una seguridad que realmente no sentía. De pequeña me regodeaba en no llorar, decía con orgullo que “yo no lloraba nunca”, era una roca impenetrable.

En noveno grado, con quince años, por primera vez estuve a punto de perder una materia: Física. No lo lograba. Por más que estudiara, por más fines de semana que pasara con mis amigas más dotadas intentando explicarme, por más que me quemara las pestañas, aquello era como una lengua desconocida para mí. No tenía ningún sentido, por más que lo buscara (aún no lo tiene). Las fórmulas se burlaban de mí, escurridizas e incomprensibles. No recuerdo los detalles, pero sé que un día, a punto de terminar el año escolar, el profesor Armas recitó los nombres de los alumnos que debían presentar un último examen a ver si lograban pasar la clase, y mi panorama era el siguiente: tenía que sacar 20 puntos (la calificación más alta, es decir, presentar un examen perfecto) para lograr salvar la materia con 10 (el mínimo para no reprobar).

Ante la evidente imposibilidad de aquello y la inminencia de, por primera vez en la vida, no alcanzar la vara de “mi niña perfecta” que mamá repetía hinchada de orgullo, salí del salón, me senté en el pasillo y empecé a llorar. La niña que “nunca lloraba” era de repente una adolescente frustrada consigo misma cuyo pecho se había convertido en un terremoto de sollozos. No sé qué se abrió ese día, pero desde entonces no he parado. Ahora lloro por todo: por lo que me hace feliz y por lo que me duele, por lo bello y por lo espantoso, por mí y por los demás, por miedo, por rabia, por frustración. Lloro cuando estoy enamorada, por lo inabarcable del sentimiento, y cuando me rompen el corazón o cuando el amor deja de ser correspondido. Mi terapeuta me envía, de la nada, un meme: en un lado hay un gato incendiándose, que dice “Cuando estoy molesta” y al otro lado está el mismo gato llorando, con el texto “Cuando empiezo a explicar por qué estoy molesta”. Lloro con los libros, con las películas y con los poemas, por lo que me abruma y, a veces, cuando estoy borracha y recuerdo que personas a las que admiro mucho (como Sontag o algunas poetas) no fueron felices en vida y ahora están muertas. Cuando tenía perfil en Tinder, mi (poco creativa) descripción ponía: “Lectora, madrugadora y llorona”. Creo que me describe bastante bien, pero probablemente también sea la razón por la que nunca ligué en la plataforma.

Ah, y sobre el examen: me copié por primera vez (con su complicidad) de alguien que todavía es mi amiga y “saqué” ese 20 perfecto que me permitió aprobar la clase. La física sigue siendo un laberinto intransitable para mí y siempre me llevará de vuelta a esa sensación de frustración y alivio de cuando, finalmente, pude llorar.

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