Desde mi ventana veo el humo del cigarrillo que la vecina se fuma en la terraza de la otra esquina. Podría decir que es denso y la envuelve, pero probablemente es mi visión la que no da tan lejos, y lo que la envuelve no es el humo que sale de su boca sino mi miopía. La mujer viste una bata roja, y la acompaña un hombre vestido completamente de negro. Están hablando. En la terraza hay unas cuerdas donde se secan varias prendas blancas, hay también algo de un color amarillo mostaza. Espero que lo hayan lavado por separado.

Prefiero mirar a las ventanas de mis vecinos que prender el televisor. No porque yo sea el meme de Adam Driver, sino porque la pantalla me da sueño y, en cambio, los vecinos son interesantísimos en tiempos de encierro y soledad. El vecino del último piso de uno de los edificios de enfrente suele ponerse una especie de enterizo azul para hacer lo que parece una clase de boxeo o kickboxing. Hay otros dos que abren las cortinas para descubrir un ventanal que va del suelo al techo en su sala, y se paran allí a bailar. Saben que los estamos viendo, creo. Lo hacen para que los veamos. Pienso en Kentukis, la novela de Samanta Schweblin, y en la incomodidad que me generó esa sensación de observación constante. Nos hemos convertido en espectadores de ventanas.

Las vecinas que cada noche ponían música a todo volumen y gritaban a la calle, en un intento de animar a los demás a cantar con ellas, tienen días en silencio. Me pregunto si alguien puso una queja, si llamaron a la guardia urbana, o si simplemente se cohibieron desde aquella vez que una voz de hombre les gritó, con rabia desmedida, “¡apaga la música que mañana trabajo a las 6, gilipollas, me cago en ti!”.

Desde el techo de mi casa sigo los pasos del nene de los vecinos de arriba. Sus carreras matutinas, sus risas, su “¡mira, mira! ¡Veo un dragón!” con sorpresa. También sus pataletas ocasionales. Me pregunto cómo se sentirá, desde la mente de un niño de tres o cuatro años, todo esto. Si se da cuenta de algo. Si se siente encerrado, si se pregunta por qué hace días que no sale de casa. Si la sensación de encierro no será algo que inventamos los adultos para explicar la opresión del pecho cuando no podemos seguir escapando de nosotros mismos.

Hace semanas que no me cruzo al perro del sexto piso.

(If you’re happy and you know it, clap your hands.

Clap your hands.

Wash your hands.

Scrub them until they’re red.)

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s