04092019

Hace un par de semanas iba en un H8 en dirección a no-recuerdo-dónde. Mi hermana, su novio y yo estábamos de pie, justo detrás de los asientos grises (preferenciales). En la única silla ocupada iba una señora menuda, de pelo canoso y que podía estar entrada en sus setentas. Miraba con concentración la pantalla del teléfono, con la iluminación a tope y la letra en tamaño más o menos 68. Sonreí en un arrebato pequeñito de ternura al recordar el tamaño de la fuente en el teléfono de mi abuela.

No me hizo falta ser particularmente entrometida para leer el término de búsqueda que estaba introduciendo en Google: «Dignidad definición». Más allá del humor negro con el que amigos y yo nos referimos a «haber perdido la dignidad» al hacer el ridículo en algún bar, ante algún fracaso amoroso particularmente incómodo o algún error garrafal cometido en el trabajo, desde ese día me cuestiono constantemente qué es realmente (o al menos para mí) la dignidad, en qué se basa, cómo la construimos y, sobre todo, cómo mantenemos cierto sentido de dignidad propia cuando casi todo (o todo) lo que nos sostiene se tambalea.

He cultivado y mantenido mi sentido de la dignidad desde distintos cimientos: la academia, las buenas notas, el buen comportamiento, actuar como una «niña de bien», luego en diversos trabajos que me hacían respetada entre mis colegas y conocidos. Me avergüenza admitirlo, porque quizá (seguramente) viene del ego, pero por años anclé mi dignidad a que mi nombre se publicara junto a mi escritura en distintos lugares. Cuando dejé de escribir perdí gran parte de esa dignidad (quizá no en esencia, pero sí en la validación externa sobre mi trabajo que me permitía sentirme valiosa, útil o “interesante” para los demás).

No sé si la dignidad pueda perderse, pero sí creo que dejar de sentirnos dignos atenta de maneras muy directas y destructivas en nuestra manera de vivir, en cómo nos percibimos y nos relacionamos.

Mamá conquista la dignidad poniendo en palabras la enfermedad sin hacerse pequeña ante ella. Estamos al teléfono y no se lo digo para no interrumpir su tren de pensamiento, pero no me había sentido tan orgullosa y aliviada en meses como cuando la escucho plantarse de frente ante una circunstancia que la destripó desde adentro. Nunca había sido tan entera y sí, tan digna, como cuando nombra sin rastro de condescendencia lo que está en las sombras.

Pensar en la dignidad me lleva al respeto sobre uno mismo y pienso en el ensayo On Self-Respect que publicó Didion en 1961, donde escribió:

«In brief, people with self-respect exhibit a certain toughness, a kind of moral nerve; they display what was once called character, a quality which, although approved in the abstract, sometimes loses ground to other, more instantly negotiable virtues. The measure of its slipping prestige is that one tends to think of it only in connection with homely children and with United States senators who have been defeated, preferably in the primary, for re-election. Nonetheless, character—the willingness to accept responsibility for one’s own life—is the source from which self-respect springs.»

Necesito encontrar, yo también, un significado o un sentido para la dignidad desde la raíz. Mientras me duchaba —donde ocurren todas las grandes reflexiones— pensaba que mi sentido de la dignidad ha estado siempre vinculado a que otros me consideren digna, lo suficientemente buena, lo suficientemente agradable, un mueble en la esquina de la habitación que no es particularmente agraciado pero tampoco perturba.

Quizá se resume a eso: «the willingness to accept responsibility for one’s own life». O quizá, como casi todo, es mucho más complejo y atravesado por un montón de variables conscientes e inconscientes.

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