Cornelia Street

Hace poco más de un año las copas de los árboles se pusieron amarillas y de repente el concreto de la acera dejó de sentirse duro y rasposo bajo la suela de mis zapatos. Entonces escribí en el diario: «Todos los clichés y los lugares comunes en la literatura sobre el otoño son ciertos». Yo nunca había vivido uno, y descubrí que hay una especie de respiro en el final del verano, cuando las temperaturas bajan y los pies empiezan a deshincharse mientras el calor finalmente sucumbe a las primeras brisas frías. 

En ese momento había pocas imágenes tan puras como la que me encontraba al subir la mirada y ver la bandada de hojas color rojizo caer. 

Creo que para mí el otoño siempre tendrá cariz de descubrimiento, y aunque el año pasado estaba repleto de preguntas ahora puedo trazar con los dedos el mapa hasta sus respuestas. Hay tanto que estaba en el aire y que ahora es mío. 

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Esta semana C regresó a mi vida después de otra mudanza y más de un tumulto. Me dice que hemos coincidido en tres ciudades, en tres lugares distintos del mundo, y la contundente simpleza de ese pensamiento me resulta preciosa. Una vez le dije que haberla conocido era como sacar un suéter de la secadora en invierno y ponérselo de inmediato: el calor que se esparce por el torso y los brazos, expandiéndose como esas amistades que van dejando raíces sin que nos demos cuenta. Nos conocimos el mismo día que abracé por primera vez a Piedad Bonnett y hay noches que se quedan ahí siempre. 

Nos contamos la vida del último año y medio entre cerveza, coca-cola y papas. Hablamos de espacios propios y de poemas y, por supuesto, de migrar. Del desarraigo y dejar los libros y de la importancia de sentirse de algún lugar. Ahora llevamos la casa a cuestas, una casa hecha de aire porque se han desdibujado todos los cimientos. 

Me rio de mí misma porque qué tonta y qué ilusa: hace un año pensaba que nunca iba a volver a ser feliz, que qué absoluta y asfixiante la pena, que venir a Barcelona había sido un error y otras tantas mentiras lapidarias de esas que me repito cuando necesito reprocharme mis decisiones porque no resultan como esperaba. 

Este verano leí a Deborah Levy escribir que la felicidad siempre está en presente. Esto no es la felicidad, que da miedo porque embriaga y puedo posponer pero no evitar el síndrome de abstinencia que le sigue siempre. Es otra cosa. 

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