Mandíbula

Tengo, como todo el mundo, miedos heredados. El primero que recuerdo fue a los perros: grandes, pequeños, mansos y agresivos, de todos los colores y razas. Ninguno se escapaba a mi terror de niña quejica. Miedo a los que buscaban lamerme las manos infantiles y olisquearme en la calle, mucho más a los que me ladraban con desconfianza. Quien me viera hoy en día, sonriendo a todos los perros que me cruzo en la calle y poniéndole voz de bebé al cachorro enorme de la sexta planta en el edificio donde vivo, seguramente no podría imaginarse que pasé los primeros diez o doce años de mi vida en pánico absoluto cada vez que alguno estaba cerca de mí. El miedo era paralizante: en casas de amigos buscaba subirme al sofá, a alguna silla o mesa, las piernas bien arriba para que el perro no pudiera alcanzarme.

Mamá nos había contado —aunque no tengo recuerdo alguno del hecho— que, cuando éramos muy pequeñas (tres o cuatro años, quizá), un día al llegar del colegio los perros de una vecina habían atacado a mi hermana menor. La anécdota se torna difusa porque no logro recordar ni cuántos eran, ni de qué raza, ni qué pasó. Creo que nada grave, pero el miedo se había instaurado como una astilla que se clava en el dedo y molesta aunque sea pequeñita y no podamos verla. Le habrán dado unos cuantos mordiscos, asumo. Para ella debe haber sido terrorífica la imagen de aquellos animales, que tendrían casi el mismo tamaño que ella, abalanzarse sobre su cuerpo con intenciones poco cariñosas. Y para mí, que siempre he tenido un innecesario complejo de salvadora de todos, debe haber sido traumático presenciarlo y no poder hacer nada más que gritar o llorar, probablemente.

Poco ayudaba aquella conocida afirmación, repetida hasta la saciedad por seres queridos y extraños al ver que yo no quería acercarme a los animales, de «los perros pueden oler cuando tienes miedo». Pero, ¿cómo evitar sentir miedo? Si tenía miedo a que me mordieran, y sería ese mismo miedo el que se pronunciaría en un megáfono a través de mi olor corporal y haría que me mordieran de nuevo. Resulta extraño que pensara en términos de repetición de un suceso que no me había ocurrido a mí, pero, como con muchas cosas, a veces no logro distinguir en la memoria qué cosas me pasaron a mí y cuáles a mi hermana, al igual que digo, con cierta frecuencia, «no sé si esto realmente pasó o si lo escribí en algún sitio y me lo terminé creyendo».

El miedo me acompañó por muchos años más que el recuerdo reconstruido. Tampoco sé en qué momento se fue, cuál fue el primer perro que acaricié sin cautela, cuál fue el primero en sentarse en mi regazo sin que se me escaparan unas gotas de pis del pánico. Papá era alcahueta —agridulce “privilegio” del divorcio: la figura paternal de los fines de semana suele ser más permisiva pues ejerce menos carga mental en la crianza— y en su casa tuvimos, en diferentes momentos, dos gatos (creo), algunos hámsteres que empezaron a reproducirse a velocidades incontrolables y a comerse sus propias crías tras el parto, creo que un conejo (esto pude haberlo inventado también) y un cachorro. Quizá el desfile de mascotas durante esos años me fue sacudiendo la ansiedad o aumentando la confianza en los animales, quizá los miedos nuevos fueron el un clavo saca a otro clavo de mis temores.

Ahora soy (más o menos) adulta y, aunque quisiera enfrentar mis miedos como batallas en las que solo puede haber un vencedor, me falta heroísmo para conquistar mis sombras. Muchos de esos miedos ya no son tangibles: no puedo ya subir las piernas sobre la silla y ensuciar el tapiz con mis zapatos para dejar la amenaza en el suelo y lejos de mi alcance (o lejos yo del suyo). Todavía me pregunto cuáles desarrollé yo sola y cuáles heredé de otros: al abandono, a la inconsistencia, a quedarme sin casa, a ser mediocre, a cruzar la calle sin haber mirado dos y tres veces a cada lado, a pillar una intoxicación al comer mariscos y acabar en el hospital (y amo comer mariscos), al silencio cuando no quiero escucharme, a Tinder (hola, si por alguna casualidad me lees: lamento haber dicho que sí, que el miércoles me iba perfecto para tomar un té, y luego haber borrado la aplicación y desaparecido de la faz del planeta porque me generó ansiedad que al conocerme pensaras que soy imbécil, fea o ambas), a beber de más e ir sola por la calle, a que me agredan sexualmente, a no conseguir un trabajo en lo que me apasiona, a morirme sin haber escrito algo de lo que me sienta orgullosa, a pasar por la vida sin pena ni gloria. Algunos son obvios, otros no tanto, algunos los olvido a ratos hasta que me ponen zancadilla y me voy de bruces. Constantemente me cuestiono si desenmarañar los miedos sirve realmente de algo.

Hace poco me sugirieron que, para intentar centrarme en situaciones en las que la ansiedad me desborda, piense: «yo no soy la persona más vulnerable aquí». Puede que sea cierto, o no, pero recordarme de forma consciente que quienes me rodean quizá tienen miedos parecidos a los míos, o los suyos propios, me hace acercarme al otro y a mi entorno de forma más empática y con menos recelo. No siempre somos los más vulnerables. Otra sugerencia que me hicieron: recordar que el miedo fue una herramienta que me protegió cuando fue necesario, pero que puedo soltarlo cuando ya no lo necesito.

Y, si nada funciona, siempre puedo seguir jugando al un-clavo-saca-a-otro-clavo de los terrores.

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