No pasa nada

El abuelo se está muriendo. Yo estoy viva, creo, porque puedo sentir cómo el corazón late, ansioso, y algo que no identifico me duele mientras el abuelo se está muriendo. Siento la sangre ácida: algo me está quemando. Escribo con fiereza porque pienso que si lo escribo en gerundio puedo atarlo al presente. Quizá ese «iendo» lo mantenga de este lado, pensamiento egoísta, porque el abuelo está mayor, enfermo y cansado y yo no le he preguntado si quiere seguir aquí —solo intento retenerlo, atarlo a mí y a esta vida a través del lenguaje—.


He visto a dos de mis abuelos morirse. A mi mamá no le quedan papás, a mis abuelos no les quedan papás y ahora mi papá va a quedarse sin el suyo. 

El abuelo me dijo en octubre del 2017 que me quería. Fue la última vez que lo vi. Ahora es 2019 y estoy latiendo, que es quizá lo opuesto a muriendo, y no sé si es de dolor o de rabia o de vida. Hay una ira caliente, pegajosa, expansiva y violenta en mí. Es estruendosa como el vagón del metro al entrar al andén: sonido de metales frotándose y de destrucción aunque sea el ruido más rutinario del planeta. Siempre pienso que el metro va a estrellarse, de la fuerza que trae, y que todos vamos a morir. Pero no hemos muerto, el único que está muriendo es el abuelo, en la cama de una clínica a miles de kilómetros de mí.

No sé cómo conjugar el verbo morir. No sé en qué tiempo verbal situar la anticipación a la pérdida, el dolor suspendido porque estoy conteniendo la respiración, esperando el golpe. La pantalla iluminada con lo que no quiero leer. 

No sé si importa poner todo en palabras. A mí me importa.

Creo que la rabia que me late en las sienes es el estar tan lejos. Que el abuelo se esté muriendo y yo esté, justamente, en la ciudad que lo vio despedirse de su tierra. Maldigo en silencio a quienes me robaron esto: los últimos años de mis abuelos. El llorar a mis enfermos y a mis muertos desde una pantalla. 

No quiero irme a dormir porque me da miedo despertarme y que ya no haya presente que conjugar. 


La inminencia de la muerte en el 2019 es estremecerte cada vez que vibra el teléfono. Mirar hacia otro lado, no querer dirigir los ojos hacia la pantalla por si acaso. Por si el rectángulo está iluminado con lo que no quieres leer.

«El abuelo se despertó», me escribe papá. «Ni los médicos se explican qué pasa», dice.

Los médicos no saben que yo lo escribí en gerundio para mantenerlo vivo con el lenguaje. «Tiene las pupilas normales», dice papá. Todos estos días estaba ido cuando abría los ojos, ahora tiene las pupilas normales. Intenta hablar y llama a sus hijos por sus nombres. 

El abuelo se estaba muriendo ayer, pero hoy se está muriendo un poco menos. 


La abuela dice «creo que lo peor ya pasó», y pienso que si pudiera definirla con una frase, probablemente sería esta. Marina, toreando todo lo que viene con la cara en alto. Cuántas lágrimas en privado le habrá costado esta entereza que siempre nos presta a todos, siempre tan ávida de ver más allá, más adelante, siempre lista para seguir con un «lo peor ya pasó». 

(Esto lo escribí a finales de junio. Puedo compartirlo ahora porque el abuelo no se murió. Porque sí pude mantenerlo con vida escribiéndolo en presente. Porque, una vez más, pude con palabras salvar algo.)

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