Fragmentos

V

Mi mejor amiga y yo intercambiamos correos desde hace años. Es nuestra manera de contarnos la vida en una época en la que enviar cartas transatlánticas es caro y poco práctico —aunque todos preferiríamos leer a los nuestros de su puño y letra—. Un correo puede ser un relato corto o un capítulo de una novela: pequeño triunfo de Gmail sobre Whatsapp en una guerra imaginaria entre plataformas de mensajería. Aunque no tengan el mismo objetivo. Fantaseo con imprimirlos todos y archivarlos por año en mi biblioteca. Fantaseo, si llego a vieja, con releer esa correspondencia.

VI

En Barcelona pasan cosas, siempre. En ocho segundos se puede desarrollar una secuencia en la que alguien pasa detrás de ti con un radio en el que suena, a todo volumen, el himno de Colombia, mientras cinco o seis mujeres borrachas, con flotadores en forma de unicornio en torno a la cintura, corren por la arena gritando y riendo; al mismo tiempo una mujer arma un follón en italiano, palabras mezcladas con alcohol e irracionalidad, se desnuda por completo y se lanza al mar a la una de la mañana. Tú no entiendes nada, pero todo acaba de pasar.

También terminas, por caminos misteriosos, tomando shots con una pareja de sudafricanos en un bar que tiene nombre de posición sexual, mientras ellos te cuentan su historia y ella te dice que le gusta tu aro en la nariz porque te lo ve y doesn’t know if you’re naughty or you’re nice. Ma’am, I’m just tired and worn out.

O es viernes y no sabes muy bien cómo pasó, pero estás ayudando a una desconocida a mover y organizar los muebles de su piso recién pintado. Paredes blancas y cerveza. Acabas de hacer dos amigas (eso lo decidiste tú sola: aún no sabes si ellas quieren ser tus amigas también). Te haces un hueco en un aquelarre ajeno y piensas: creo que estoy viviendo.

Barcelona está viva.

VII

Es muy fácil hacerme pequeña. Es muy fácil reducirme, y creo que la gente se da cuenta. Me avergüenza que se den cuenta.

VIII

Por primera vez fui al teatro sola. Antes de empezar la función parecía que todos a mi alrededor hablaban entre ellos. Me sentí más sola que nunca, mirando hacia el frente. A mi lado se sentó una chica y yo asumí que estaba esperando a sus amigos: el resto de los asientos se llenaron y descubrí que ella también había venido sola. Me sentí menos tonta.

Me preguntó la hora, de reojo vi que tenía su teléfono en la mano. Ocho y cincuenta y nueve, falta un minuto. Gracias. Pasé toda la obra preguntándome si su teléfono no tenía reloj.

IX

En Almagro, hace un año, los actores de una compañía colombiana me dijeron que a los españoles les gustaba su puesta en escena porque podían sentir «la visceralidad de las emociones en la carne». No he podido olvidar esa frase. Ver Macbeth en un pueblo remoto de España, con 36 grados a la una de la mañana. Revolcarse en la carne.

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