Día uno de las vacaciones. En las semanas que precedieron a este día fui repetitiva hasta el cansancio: no sé cómo todavía tengo amigos, si constantemente estaba hablando de lo mismo. Y si no podía dejar de hablar de este momento es, precisamente, porque suelo marcar hitos imaginarios en un calendario también imaginario. La última vez que tuve vacaciones tenía miedo de mí misma. Le rehuía al pensamiento. Los días libres y el estar desocupada eran terreno fértil para el duelo y la nostalgia. No quería estar en casa ni un segundo: salía corriendo a la playa, a museos, a caminar por horas, sola. Cualquier cosa que me hiciera no pensar, o pensar en cualquier cosa que no fuera aquello. Vivir cansa mucho cuando estamos intentando correr de nosotros mismos, y eso nunca sale bien.

Estas vacaciones son radicalmente distintas. Estoy respirando el sosiego del aire caliente del verano. La pintura roja en las uñas de las manos y los pies me señala que empezaron los días de playa, y me acuerdo de aquel amigo de adolescencia que una vez me dijo que las que se pintaban la boca o las uñas de rojo eran las putas. Hoy, diez u once años después, me pregunto cómo llegó a esa conclusión un quinceañero. La conciencia feminista me increpa el no haberle contestado nada. La verdad: en aquel momento aquella afirmación ni siquiera me pareció grave o relevante. Me parecía una opinión y ya; una opinión de mierda, sí, pero nada más. No vamos a entrar en cuestionarnos cómo un color nos pone en uno de los dos bandos a los que, aparentemente, una mujer puede pertenecer: las de bien y las putas. Qué lindas se ven mis uñas con este rojo. Y llevo los labios rojos el 99% del tiempo, me atrevería a decir.

No estoy huyendo de nada, y qué bien se siente. En la nevera se está enfriando un vino y hay manzanas, patilla y cambures para una semana. Escribo en el bloc de notas del teléfono, no sé por qué, que no es lo mismo enamorarse que amar: el enamoramiento es el destello y el amor es lo que viene después. No tengo idea de dónde salió ese chispazo: no estoy ni enamorada ni amando.

La premisa de estas vacaciones es sencilla pero contundente: cuidarme. Cuidarme se traduce en dormir suficiente, comer bien, exponerme al sol, rodearme de personas que me hacen bien. Leer mucho y escribir. Escribir aunque no tenga nada que decir, aunque nadie lea y aunque a nadie importe. Escribir aunque sea para repetir que ya no estoy corriendo y aunque todavía tengo las rodillas maltrechas de tanta carrera, qué bien se siente el sofá de mi casa cuando puedo sentarme en él sin necesidad de salir huyendo.

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