Un abrelatas

Tengo una fijación con la memoria. No sé bajo qué características se puede cambiar la palabra «fijación» por «obsesión». Por eso llevo diarios y tomo fotos como loca. No es un ejercicio artístico, ni siquiera un pasatiempo: tomo fotos y escribo para que no se me olvide algo. No sé por qué me importa tanto que se me olviden las cosas.

Escribo y registro lugares, detalles, sensaciones, temperaturas, colores. Me narro a mí misma lo que pasó, lo que pensé y lo que sentí no con la idea de que otro lo lea más adelante sino para leerlo yo y recordar. Le tomo fotos a mis amigos, a las flores, al cielo, a los edificios, a las playas, a los libros, a las esquinas y a los azulejos que me gustan, para que no se me olviden. No sé por qué me importa tanto recordar.

Hace unos días mi hermana mencionó el abrelatas de nuestro apartamento en Valencia. «Es que era muy duro», me dijo. El recuerdo de un abrelatas de mango negro, un poco oxidado, que usábamos porque nunca lograba hacer funcionar el eléctrico, fue un puño en la tripa. Hay muchas cosas de esa casa que no recuerdo, y otras que sí. Hice un recorrido mental en medio del vacío y el pánico de estar olvidando los cuartos que me vieron convertirme en adulta: el pasillo que llevaba a mi habitación y el clóset donde almacenábamos vestidos que poco se usaban (entre ellos mi vestido de quince años), mi cuarto con su ventana gigante y las cortinas siempre abiertas porque el cielo de mi ciudad tiene algo que es solo mío, aunque sea de todos. Mi escritorio lacado blanco y las estanterías grises, llenas de libros. Intento recordar la textura del sofá y las manchas de dedos sobre el cristal de la mesa. La biblioteca en la sala y el sillón, que mamá decía que era un somnífero porque cada vez que me acostaba ahí era imposible despertarme. Estoy absorta en mi cabeza y casi puedo asomarme al ventanal también enorme de nuestra sala y ver once pisos hacia abajo, la piscina, lo verde, siempre algún perro o vecino por ahí. Los gatos del edificio. El gato gigante al que llamábamos «El tigre», dorado y taciturno, casi siempre dormitando en el techo de algún carro en el estacionamiento (y qué miedo infundado cuando era el mío y tenía que mover el gato para ir a la universidad).

De repente me invade una ansiedad asfixiante por estar olvidando los detalles de mi casa. Trato de enumerar qué había en cada clóset y me pregunto qué queda. Sé que todavía hay cosas y no logro recordar cuáles. Es absurdo y no tiene sentido, pero me empiezan a dar ganas de vomitar. Me da pánico olvidar, no sé por qué. No recuerdo de qué color era la vajilla, pero sí el día en que el estante se vino abajo y un estruendo de cerámica reventándose nos avisó que nos habíamos quedado sin platos.

Recuerdo la cama de mamá y cómo sonaba la de mi hermana pequeña cuando me acostaba ahí con ella. Recuerdo el sonido de sus pies en el pasillo, de madrugada, con sus tres o cuatro años a cuestas, cuando atravesaba el apartamento entero en la oscuridad para meterse en mi cama porque tenía miedo. Empiezo a volverme loca tratando de hacer una lista de todo lo que queda en esa casa. No es importante, cada día creo menos que vayamos a volver. Yo ya no quiero volver. De la familia que salió de ese hogar no queda nada: ahora somos una distinta. Hace una semana le dije a mi terapeuta que sentía que estaba parada, sin aliento, sobre los restos de lo que había sido mi familia. La afirmación fue tan amarga que todavía estoy tratando de escupirla por completo.

Quiero que no me importe recordar cosas.

Quién vuelve a esa casa, si ya no somos los mismos. Qué dicen esas cosas abandonadas de lo que fuimos.

Recuerdo el olor de mi mamá y de mis hermanas los días de piscina. Los amigos que pasaron por esa casa, las parrillas. El tacto de las botellas de cerveza helada, las noches de reuniones y risas y amigos besándose ni tan a escondidas entre la vegetación de las áreas comunes del edificio. Recuerdo la sensación del agua helada en los pies porque no había época del año en que esa piscina tuviera una temperatura decente. Recuerdo las borracheras que se me pasaron de golpe al zambullirme (por algún motivo, uno siempre termina pensando que lanzarse borracho a una piscina es buena idea).

Sigo enumerando, tratando de aferrarme al recuerdo. Ya no sé de qué color eran los platos.

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