Tierra de mujeres

Tierra de mujeres, María SánchezMaría Sánchez escribió un poema en formato de ensayo.

Se titula Tierra de mujeres. Una mirada íntima y familiar al mundo rural (Seix Barral, 2019). La veterinaria de campo y escritora había publicado anteriormente el poemario Cuaderno de campo (La Bella Varsovia, 2017).

Para los lectores, descubrir un nuevo autor que nos gusta es un chispazo. Si nos ofrece además adentrarnos a un universo del que habíamos pensado poco o nada, mejor. Eso me pasó con este libro: de repente me encontré leyendo acerca de términos como ganadería extensiva y ganadería intensiva, conceptos que hasta hace tres días no entraban ni de lejos en mi radar de pensamiento. Cada uno lee lo que puede y quiere, por los motivos que sean. Yo leo por muchas razones: para reconocerme en otros, para entender, para hacerme o responderme preguntas, para entretenerme y para ampliar todo lo que pueda mi perspectiva del mundo que me rodea. Debo admitir, con un dejo de vergüenza después de leer Tierra de mujeres, que como una niña de ciudad que después se convirtió en una mujer de ciudades, nunca aprendí sobre el medio rural. No me cuestioné el origen de los alimentos en mi mesa ni el porqué eran tan diferentes las vidas de aquellos niños que conocía en el páramo cuando mis abuelos me llevaban de viaje a pueblos fríos y remotos en Mérida.

El libro es un ensayo íntimo (como el título sugiere), precioso, contundente, lúcido y doloroso sobre la España rural, enfocado en el rol y la invisibilización sistemática de las mujeres en la vida del campo. Un ensayo que se construye —se vertebra, en palabras de su autora— desde la historia familiar y la genealogía, desde las raíces. En la introducción, Sánchez pone sobre la mesa lo que llama su “narrativa invisible”: el porqué escribe, el porqué de ese libro, un hurgar en la infancia tras la muerte de tres de sus abuelos, la fijación por indagar en la historia familiar y recuperar todos los detalles y las historias antes de que se pierdan.

Está dividido en dos partes y estas, a su vez, en capítulos. Al comienzo del libro la escritora rescata la certeza infantil de querer convertirse en veterinaria como su abuelo y su padre, el anhelo de llegar a parecerse a los hombres de su familia, pero con voz crítica se cuestiona el porqué querer parecerse a ellos, pero nunca a las mujeres de su entorno.

«A esa edad, las mujeres de mi casa era una especie de fantasmas que vagaban por casa, hacían y deshacían. Eran invisibles. Hermanas de un hijo único, como dijo en una ocasión la escritora portuguesa Agustina Bessa-Luís sobre su infancia. Hermanas de hombres fuertes. Mujeres invisibles a la sombra del hermano. A la sombra y el servicio del hermano, del padre, del marido, de los mismos hijos. Y no puede ser más certero y, a la vez, más doloroso. Porque es ésta la historia de nuestro país y de tantos: mujeres que quedaban a la sombra y sin voz, orbitando alrededor del astro de la casa, que callaban y dejaban hacer; fieles, pacientes, buenas madres, limpiando tumbas, aceras y fachadas, llenándose las manos de cal y lejía cada año, sabedoras de remedios, ceremonias y nanas; brujas, maestras, hermanas, hablando bajito entre ellas, convirtiéndose en cobijo y alimento, transformándose, con el paso de los años, en una habitación más que no se hace notar, en una arteria inherente a la casa.»

Es imposible tragarse de un bocado un párrafo así y no preguntarse por las mujeres de nuestras familias. Algunas, afortunadas, no habrán llegado tan tarde a esta pregunta. Yo llegué demasiado tarde a la mitad de la historia: una de mis abuelas ya no está, la otra está lejos. Tengo retazos de memoria, sé que la primera fue enfermera, pero no cuándo. No sé quién fue Zulma Reina antes de ser la esposa de Francisco y la mamá de los tres Franciscos, María Auxiliadora y Susana. Sé del tintero que Marina volcó sobre la cabeza de su compañera de clases, pero no sé quién fue Marina Luisa antes de ser la esposa de Artemio y la mamá de Luis, Juan, Miguel y Marina. Es imposible leer Tierra de mujeres y que no te duela un poco el vacío en la propia historia.

El libro se articula a través de un argumento directo: el medio rural no necesita más romantización, ni que se le idealice para silenciarlo bajo paternalismos, ni que se construya una narrativa que no toma en cuenta las voces de quienes allí hacen vida. Me hace pensar en la noticia que se viralizó recientemente de un gallinero que fue cerrado, aparentemente, porque el ruido molestaba a los huéspedes de un hotel rural en Asturias. ¿Cuántos de nosotros hemos ido a hacer turismo en pueblos sin tener el mínimo interés por entender sus dinámicas? ¿Cuántos hemos visitado campos de fresas como una atracción, sin mancharnos las manos de tierra más que para la foto, sin pensar más allá de la superficie en todo lo que allí ocurre?

Vivimos a costa de nuestros márgenes, escribe Sánchez, y qué contundentes resultan sus reflexiones en una época cuando lo eco-friendly, lo sostenible, lo reciclado le deja millones a grandes industrias, cuando se comercializa como pan caliente con el cuidado del medioambiente pero todavía no nos estamos preguntando qué pasa en el medio rural, ni nos indignamos ante las condiciones precarias en las que sus habitantes deben vivir: sin servicios de salud suficientes ni adecuados, sin carreteras decentes, sin escuelas en condiciones.

Y cuando el feminismo está a la cara de todas las discusiones, irrumpiendo en todos los ámbitos con pisada firme, pero no nos detenemos a considerar siquiera como parte de ese feminismo a las mujeres del entorno rural. Quizá estoy cayendo en una generalización banal, pero qué fácil resulta que se me vengan a la cabeza nombres de feministas de academia o caras del feminismo pop, pero no puedo nombrar ni una sola representante que abogue por el feminismo en la agricultura o en el campo (gracias al libro, sin embargo, esto me abrió la curiosidad y he estado indagando al respecto).

Ahora, por qué leer Tierra de mujeres. Por qué deberías hacerle un espacio en tu biblioteca. Primero, porque nos interpela directamente. Nos cambia la mirada de sitio y la dirige a un rincón siempre invisibilizado del feminismo. Nos enfrenta a la propia historia y nos hace preguntas. Porque nos hace entender que los sectores con menos voz en la palestra pública no necesitan que hablen por ellos, sino que nos callemos y escuchemos. Que no disminuyamos ni pretendamos contar sus historias, sino que nos sentemos a dejarles contarlas. Porque necesitamos entender que el tiempo del campo no es el mismo de las ciudades y que, cuando en las últimas el feminismo está ganando terreno a grandes y contundentes pasos, en el campo queda mucho por hacer y se empieza por dejar de concebirlo como una postal romántica y considerándolo como lo que es: un entorno vivo, con necesidades como el resto, no un retiro de fin de semana ni un reportaje de domingo.

Además, su lenguaje, tono y manera de contar sus historias es precioso. Es, como dije al comienzo, como leer un poema. Y los capítulos están acompañados de fotos también preciosas, muchas del archivo de la escritora.

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