Fragmentos

Barcelona

III

Reconozco el pequeño libro de un naranja estridente. Es Virginie Despentes con su Teoría King Kong. Lo leí hace poco. El metro va casi a reventar, delatando la llegada inminente del verano. Hace buen clima y todos nos lanzamos a la calle con hambre de sol. Me sorprenden las manos que sostienen el libro, y me pregunto qué dice el aspecto de las personas sobre los libros que leen. Nada. Absolutamente nada.

Son dos manos arrugadas y con pequeñas venas sobresalientes. No hace falta buscar el rostro de su dueña para intuir que pertenecen a una señora mayor. La miro. Podría ser mi abuela. Tiene el pelo entre rubio y canoso, corto. Los ojos ávidos que se mueven ante las páginas, ella aplastada contra una esquina del vagón. Está ausente ante los cuerpos que la rozan y la mueven casi imperceptiblemente. Seguramente me le he quedado viendo fijamente sin darme cuenta, porque levanta la cabeza y me mira. Yo volteo rápido, me avergüenza.

Hay una señora en el vagón, que podría ser mi abuela, con un pequeño libro en las manos que habla de feminismo, sexo, drogas, violaciones, derechos y luchas civiles. Me pregunto cómo habrá sido su crianza: a qué edad oyó ella por primera vez la palabra feminismo. Me pregunto qué piensa al leer Teoría King Kong. Me pregunto si es quizá una catedrática de la teoría de género y aquí estoy yo, con mis prejuicios a cuestas, sorprendiéndome por ver una señora mayor leyendo a Virginie Despentes.

La línea amarilla en dirección La Pau llega a Passeig de Gràcia, ella guarda el libro en la mochila con un gesto rápido y desaparece entre la multitud del andén. Yo llevo a Aixa de la Cruz con su Cambiar de idea en la mano. Retomo la lectura propia: me quedan dos paradas más.

IV

El payaso está triste. El payaso está sentado solo en un banco en El Raval. Yo lo observo y miro con paranoia hacia los lados también, porque a esas calles estrechas y llenas de mosquitos les tengo pánico. El terror a encontrarme de frente a alguien que sé que no está ahí.

El payaso se está tomando a tragos largos una lata verde de cerveza cerca de un parque infantil, donde un grupo de padres conversan y una niña se balancea tan alto en el columpio que yo pienso que va a salir volando en cualquier momento y va a aterrizar sobre el hombre moreno y casi calvo disfrazado de payaso un domingo a las dos de la tarde.

El payaso tiene a su alrededor cuatro globos contorsionados en diversas formas: yo no entiendo ninguna, todas me parecen representaciones fálicas deplorables. Lo dice la lesbiana, quizá es falta de trabajo de campo. Hay uno verde, uno amarillo, uno azul y uno naranja. El viento hace que el azul se vaya y un habitante de calle lo pilla, se acerca y lo devuelve a su dueño. El payaso no sonríe. Recibe el globo y se empuja otro trago de cerveza.

No sé por qué el payaso tiene un gesto tan duro en el rostro. No sé por qué el payaso tiene la mirada tan pesada.

 

 

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