Fragmentos

Barcelona

I

El autobús 34 en dirección a la Plaça del Virrei Amat no va ni lleno ni vacío el sábado a eso de las cuatro de la tarde. La primavera empieza a esconderse. Cada vez hay más días de calor que te dejan sudando con la chaqueta a cuestas, para que luego te pongas un vestido sin medias por primera vez en lo que va de año y vuelvas a casa por la noche con las piernas de pollo flaco heladas y los pelitos erizados.

En fin, el autobús, que se detiene en Diagonal con Balmes. Él es de estatura promedio, panzón y de pelo blanco. Vocifera. “¡LA PUERTA! ¡OYE, LA PUERTA!”. Parece no ver que la luz de la rampa está titilando, tampoco escuchar el pitido intermitente que indica que el conductor está desplegando dicha rampa para que suba o baje alguien, y que por eso la puerta no abre. Nunca abre hasta que la rampa está en su sitio.

Como siempre sucede cuando hay algún contratiempo en una aglomeración de desconocidos, algunos pasajeros tratan de explicar lo que pasa entre frases cortadas y exclamaciones breves. Que se va a subir una señora. Levanto la cabeza y la veo: está en la acera, en su silla de ruedas, esperando poder subir. Los segundos se hacen largos e incómodos mientras el panzón sigue vociferando, ajeno a cualquier cosa que no sea su imperiosa necesidad de bajar ya mismo, sabrá dios para qué. No parece llevar prisa, solo ganas de imponerse.

Finalmente se abre la puerta y ante ella, extendida, la causa del retraso, ya lista para que la mujer pueda tomar el autobús. Pero primero sale él, orondo, aplasta la rampa con sus sonoras pisadas y casi choca con la mujer. Suspiros de indignación. Un “¡joder! ¡qué increíble!” de una mujer exasperada sentada en la cuarta fila. Por un momento, todos los pasajeros comulgan en el rechazo que genera quien atropella porque puede. La señora ríe con sorna y sube. Se cierra la puerta.

II

Me reconcilian con la ciudad las exclamaciones ahogadas en la salida del metro de Sagrada Familia. La sorpresa y la maravilla de quien sale de bajo tierra y se encuentra con la estructura monumental. Casi todos los días escucho ese “wow…” que suena igual en todos los idiomas, ese suspiro de asombro, esa exclamación casi infantil.

 

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