La Loca de Mierda

Si Shakira no se baña los domingos (o quizá eso fue pre-Piqué) yo no tengo por qué bañarme los lunes festivos en los que el cielo de Barcelona está color cenizo —como un muerto— y gotas esporádicas no paran de arruinar cualquier intento forzado de salir de casa. Pienso que esto no le gustaría a La Loca de Mierda: ella siempre ha preferido el riguroso orden, las rutinas, la disciplina a ratos innecesaria, lo predecible de una vida militar autoimpuesta.

La Loca de Mierda no es desordenada ni sucia, no se mata de hambre ni de excesos. No fuma ni consume drogas, no padece de insomnio más allá del normal producto de la ansiedad y tampoco duerme horas infinitas huyendo de nada. No se entrega al sexo desmedido buscando intimidad ni compañía. La Loca de Mierda es perfectamente funcional cuando quiere (y siempre quiere), sonríe, es paciente y solícita, nunca dice que no y siempre está dispuesta a poner el cuello en la guillotina por salvar al otro. Todo muy metafórico, claro.

Un día me tocó la puerta como quien no quiere la cosa. Llegó discreta pero firme. Yo no sabía que traía equipaje suficiente para una larga estancia: iba a quedarse unos meses, con la furia acumulada de años de negligencia. Venía preparada para la revancha, lista para deslastrarse de años de haber sido escondida tras los éxitos académicos y la adulación continua. Quería ser terremoto, tornado, tsunami: cualquier desastre natural lo suficientemente catastrófico como para señalar un antes-y-un-después en la vida de alguien.

Llegó sin avisar y por la espalda, aunque “natural” fue la palabra que utilizaron una y otra vez para describir su presencia de súbito. Era natural que quisiera rebelarse. Era natural que explotara así. Era natural que llegara a tomar por las malas el espacio que yo no había querido darle en mi psique por las buenas. Si yo la ignoraba una, y otra, y otra vez, pues lo “natural” era que viniera a derribar la puerta (porque, si lo pienso con la cabeza fría, no creo que haya tocado la puerta: la derribó y entró) y a invadirme la vida con una furia nunca vista.

No la vi treparse por mis vértebras y cogerse de mi pelo con violencia, no sentí sus dedos asfixiantes en torno a mi cuerpo hasta que fue demasiado tarde y la única manera de arrancármela de encima era despellejando partes de mí con las uñas para que se las llevara, hambrienta de tanto tiempo que la ignoré porque me dolía. Hay cosas que todavía no puedo explicar, como aquel día que me encontré mordiéndome el hombro mientras me duchaba hasta que sentí un sabor metálico en la lengua y, al escupir, vi a mis pies restos de sangre y saliva yéndose por la cañería. Me miré el hombro, blanco como siempre, con pequeñas marcas de mis dientes, sin rastro alguno de sangre.

A La Loca de Mierda debería bautizarla con cariño: quizá llamarla Lucía, Eugenia o Isabel, cualquier nombre de ninguna mujer que conozco, para así no asociarla con nada más que el oleaje silencioso que tengo dentro y que de vez en cuando se convierte en mar picado. Debería también amoblarle una habitación, si planea quedarse, para que se sienta bienvenida y no tenga nunca más que treparse violentamente a mi cuello para llamar la atención.

Intentó asfixiarme más veces de las que puedo contar: la vida empezó a sentirse más como momentos de tregua entre dos asfixias que como esporádicas asfixias en una vida cualquiera. Me costó entender que ese quedarme sin aire era un intento de liberarme, de enseñarme a respirar mejor. Al principio me reía de este seudónimo jocoso, La Loca de Mierda, en el que encasillaba toda la oscuridad que no quería mirar de frente: el miedo, la rabia, el desdén, la frustración, la memoria… A modo de chiste le decía a la terapeuta: «Hoy vinimos a consulta La Loca de Mierda y yo», a ella le permitía albergar y expresar todas las emociones que yo no quería asociar conmigo. Cuando empecé a latiguearla y a repudiarla, a ponerla como bandera cada vez que algo me dolía, fue cuando me sugirieron ponerle otro nombre que no fuera despectivo, porque la estaba volviendo contra mí: la estaba convirtiendo en otro elemento para despreciarme.

La Loca de Mierda se fue como vino: sin avisar. Sigo alerta, porque no sé si se fue o se escondió, si me está vigilando de cerca, si está tanteando mis pasos para volver a entrar si trastabillo. He tratado de mantener su habitación en mi psique limpia y ventilada, con la cama hecha, lista por si quiere venir de visita, por si le apetece acercarse a revisar que todo esté en orden. Quiero que se sienta bienvenida siempre, que no vuelva a tomar por la fuerza lo que no le doy.

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