La hija de la española o la nieta del español

La hija de la española
La foto de la novela desde la primavera barcelonesa, una contradicción preciosa del escenario asfixiante, oscuro y putrefacto en el que se desarrolla la historia.

     La primera novela de Karina Sainz Borgo, La hija de la española (Lumen, 2019), empieza con la muerte. La muerte de la madre de su protagonista, irreversible, y con la muerte en gerundio de un país cuya destrucción tiene años gestándose y estalló, llevándose todo por delante. Una serie de sucesos tras el fallecimiento de su madre ponen a Adelaida Falcón en una encrucijada por salvar el pellejo. Suplantar la identidad de su vecina, una mujer a la que poco conocía y a quien llamaban “la hija de la española”, puede ser la única salida de un país que día a día se pudre desde adentro.

     Adelaida Falcón, editora, comparte con su madre, una maestra caraqueña, más que el nombre. Ambas construyeron una fortaleza en torno al vínculo para protegerse del entorno hostil y sobrevivir. «Nunca entendí la nuestra como una familia grande. La familia éramos mi madre y yo. Nuestro árbol genealógico comenzaba y acababa en nosotras. Juntas formábamos un junco, una especie de planta de sábila de esas que son capaces de crecer en cualquier lugar. Éramos pequeñas y venosas, casi nervadas, acaso para que no nos doliera si nos arrancaban un trozo o incluso la raigambre entera», escribe Sainz Borgo.

     Desde las primeras páginas puede reconocerse esta Venezuela rota: indicios nada sutiles irrumpen en el texto, que empieza a convertirse en trago amargo para quienes identificamos en la narración nuestras calles, nuestros muertos y las circunstancias que nos empujaron a salir. La relación madre-hija de las dos mujeres se presenta como la columna vertebral de una historia que viene a retratar nuestro dolor país, alternando entre el pasado y el presente para conducir la historia.

     No quiero hacer spoiler, y con este dato no adelanto nada, pero Sainz Borgo describe un entierro de malandros e, incluso, cuela en la narrativa aquel video que se viralizó en el que una niña baila reggaetón sobre un ataúd, mientras una multitud enardecida la nalguea y le celebran la gracia. Sonrío, no sé por qué. Quizá porque recuerdo los entierros de malandros que yo misma presencié: esa horda de motos que me ponían a sudar las manos cuando me las cruzaba al volante, los tiros al aire, los chorros de alcohol volando de botellas en manos de gente bebida y, probablemente, peligrosa. No hay motivo para reírse, pero me causa gracia infinita que la escritora haya rescatado este episodio de la memoria colectiva para contar lo más coloquial de los rituales mortuorios en Venezuela.

   La novela está saturada de una violencia latente y real: es absoluta y lo abarca todo. No de forma intolerable, pero sí lo suficiente para incomodar. Por segundos me pregunté si la autora no habría exagerado un poco en la narración al incluir con tanta frecuencia ejemplos de las torturas, represión y sangre en el país. Inmediatamente me avergoncé de este pensamiento: no, no exageró ni un poquito. Esas calles llenas de gases lacrimógenos, disparos y muchachos muertos son las nuestras. Esos baños de sangre y las ráfagas de tiros son vergonzosamente nuestros. Eso es vivir en Venezuela. Pudo haber llenado la historia entera de episodios violentos y, aun así, seguramente no habría sido suficiente para describir con fidelidad los veinte años de barbarie que llevamos como un pesado lastre sobre los hombros.

     La carga de violencia en los primeros capítulos me hizo sentir asfixiada, me devolvió a las pesadillas que solía tener apenas me fui, en las que volvía a Venezuela sin saber cómo había llegado allí y sin poder salir. La escasez, el hambre de la gente, la desesperación, el cinismo de quienes están en el poder, el miedo latente, la rabia: todo se revuelve en un estómago ulceroso que es el recuerdo. Es la radiografía de un país que se convirtió en una fábrica industrial de resentimientos inflamados a punta de una retórica política cargada de mentiras, que justifica la saña de su descomposición con un hambre que se transforma en argumento para masacrar al otro. Quizá podrían resumirse muy vagamente las dos últimas décadas de chavismo en ese diálogo en el que la Mariscala le dice a Adelaida, al invadir su apartamento:

     «—Esta ahora es nuestra casa, porque todo esto siempre fue nuestro, pero ustedes nos lo quitaron.»

     Con la evolución de la historia, Adelaida va despojándose de sí misma: de la mujer que fue, de la que es y de la que pudo llegar a ser. La necesidad de sobrevivir la lleva a desconocerse y actuar de maneras que no reconoce como propias, pero que la enfrentan con ese yo visceral y casi salvaje que podemos llegar a ser todos en circunstancias extremas. Para el lector se hace fácil meterse en su piel y sentir la transformación del personaje. Es animal. No puedes dejar de pasar las páginas.

     «Yo era mi madre y mi criatura. La obra y gracia de una desesperación. Aquel día, me parí. Me alumbré apretando los dientes y sin mirar atrás. Mi maleta era el último esfuerzo. La cogí por las asas y avancé hacia la salida.

—Maldito país: no volverás a verme nunca más —dije en voz baja.

Aquella mañana, por una vez en mi vida, vencí. Con el arpón clavado en el vientre, pero vencí.

Todo mar es un quirófano donde un afilado bisturí desgarra a quienes nos atrevemos a cruzarlo.»

     Creo que La hija de la española es casi una capitulación: el rendirse ante el intento fallido de arrancarse de la piel y de la memoria los recuerdos dolorosos de un país. Lo que vino después del momento en que Sainz Borgo pensó: «vale, no hay Atlántico ni años que me distancien de esta historia que también es mía». La novela desdibuja los límites ya frágiles (quizá inexistentes) entre lo personal y lo colectivo: la historia de una mujer, incluso si es ficción, es la de cientos de miles de venezolanos que nos sometimos voluntariamente al bisturí afilado de la migración. Que nos estamos pariendo en países que nos acogieron o que son los de nuestros antepasados. La de miles que volvimos sobre los pasos de nuestros abuelos a, irónicamente, construir una vida en la ciudad de la que ellos salieron escapando del hambre y la guerra.

     Pienso en las historias de mi infancia: esas de Artemio Santos contándome cómo, pobre hasta la médula, llegó a Venezuela. Cómo no tuvo más opción que aventurarse a bordo de un barco con destino a ese paraíso prometido pero cargado de incertidumbre. Cómo construyó una vida entera en un país caribeño para, décadas después, despedir a sus hijos y sus nietos con un beso en la frente. Quizá el único beso que me ha dado ese abuelo inexpresivo, pero amoroso en su propio lenguaje. El que salió de España sin imaginarse que íbamos a volver.

     Solo puedo cerrar con la última línea del libro, el último agradecimiento con el que la autora finaliza de forma contundente su lista: «A mi tierra, siempre rota. Repartida a ambos lados del mar».

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