La mejor madre del mundo

La mejor madre del mundo, Nuria Labari

Cuando este año sople mis velas, habré llegado a la edad en la que mi madre se convirtió en madre conmigo. Habrán pasado 27 años desde aquel día en el que, pese a su insistencia, no pudo parirme, y tuvieron que abrirla con un bisturí para traerme a mí a este lado de la vida. Seguro tuvo miedo, aunque nunca se lo he preguntado ni me lo ha dicho ella a mí.

Me hago la pregunta inevitable: ¿estaría yo, en unos meses, lista para tener un hijo? ¿Para criar otro ser humano, acunarle, cuidarle y criarlo “lo suficientemente bien”? Mi terapeuta me explica que, con los padres, la única expectativa real es que sean lo “suficientemente buenos”. Que nos cuiden, nos mantengan con vida, nos amen y nos apoyen, en la medida de sus recursos, circunstancias y posibilidades. No hay maternidad ideal ni perfecta.

Abrí este documento en blanco con la intención de reseñar un libro que me tiene en la tercera relectura, porque lo sigo masticando y digiriendo. Pienso que no quiero escribir sobre mí, pero tampoco puedo ignorar que lo que me hizo comprarlo una tarde en la Laie del CCCB fue, precisamente, el deseo tan visceral que tengo de ser madre. Eso que Nuria Labari llama “la Idea” en La mejor madre del mundo (Penguin Random House, 2019).

Empieza la novela con un postulado simple pero certero como una bala: «(…) cualquier texto que huela a experiencia femenina es a la literatura lo que los tampones a las droguerías: un producto de “higiene íntima”. Puedes comprar Tampax en la misma droguería donde venden perfumes caros, pero cada cosa está en su balda y cada estantería tiene su valor». Sigue, y parafraseo: la experiencia de los hombres ha sido siempre la experiencia universal, la narración del mundo que nos hemos comido enterita, la experiencia de todos; mientras “lo femenino” ha estado relegado a un segundo plano en el que nuestras historias son “íntimas”, o “valientes” si las contamos. Cualquier adjetivo de turno que nos ponga en nuestro sitio, en nuestra balda, cualquier palabra que vaya justo después de “literatura” para darnos a entender que vamos detrás. Pienso que no he leído a suficientes mujeres hablando de maternidad: apenas empezamos a leernos más públicamente sobre infertilidad, abortos espontáneos o escogidos, sobre la maternidad que no siempre es rosa y sonriente sino sangrienta al comienzo, dura y compleja después.

Mi madre aprendió a ser madre conmigo y yo todavía no sé cómo ser hija con ella.

El deseo de ser madre es conflictivo, escribe Labari. «Hay algo perverso en desear tener un hijo. Algo turbio. Yo lo sé, lo supe desde el principio. Y, sin embargo, ahí estaba: el útero palpitando como el sexo antes de ser satisfecho, de la barra del bar al potro ginecológico». Creo que ahora estoy ahí: soy lo suficientemente mayor para ser madre, estoy en el momento biológicamente ideal para ello, igual una nunca está lista y lo mejor que se puede hacer es conjugar una serie de circunstancias más o menos favorables que nos den cierta ventaja para salir airosa (estabilidad económica, tiempo para ejercer de madre, una pareja estable —prescindible, si toca—…). Mi cabeza y mi cuerpo están listos: mi cuenta bancaria, mi situación laboral, de vivienda y de pareja, no.

La mejor madre del mundo es una novela que se lee fácil, no pretende ser un enunciado sobre lo materno ni pontificar sobre verdades que no existen. Es, al contrario, una exploración de todo lo que nos han dicho, hemos descubierto, nos hemos creído y sobre lo que nos hemos sentido culpables en torno a la maternidad. Creo que en algún punto todas hemos descubierto que, aparentemente, ser madre es sentirse siempre culpable por algo. Culpable si trabajas y si no, si le vas a dar un hermanito al bebé o no, si divides perfectamente tu atención entre tu pareja y el niño, si le das la teta o fórmula, si le dejas ver videos en Youtube para que deje de dar gritos por diez minutos o le ofreces cubos de madera de colores que estimulen su motricidad, en fin.

Es la primera vez que me encuentro en la literatura algo que he sentido siempre, aunque no sé qué tan cierto sea: que no hace falta parir un hijo para ser madre. «Aclaremos una cosa: se puede ser madre sin tener hijos. Yo fui madre mucho antes de alumbrar a H1 (cinco años) y H2 (dos y medio) (…). Hablo de ser madre sin hijos, ni propios ni ajenos. El problema es que durante mucho tiempo creí que jamás llegaría a saber algo sobre maternidad si no era capaz de parir. Pobrecita. No tenía ni idea, era todo certezas». Me gustan los libros que me interpelan, y este me dejó llena de preguntas: ¿soy madre si nunca he estado embarazada, si no sé si algún día voy a estarlo? ¿Es egoísta, habiendo tantos niños en el mundo en busca de una familia, el miedo tan paralizante que tengo ante la posibilidad de ser estéril? ¿Tengo “derecho” a ser madre si sigo achacándole a la mía culpas inútiles por situaciones en las que, probablemente, estaba haciendo lo mejor que podía?

Labari escribe sobre el amor y el sexo, sí, elementos inseparables de lo materno; también de problemas de fertilidad y ciencia, de la culpa y el aborto, de infidelidad, de lactancia y del concepto de “natural”, palabra que cada vez me hace más ruido porque la estamos usando para juzgar la maternidad ajena, para regodearnos en una creencia ciega de que hay una sola manera de hacer las cosas en la crianza. Y, como escribe Aixa de la Cruz en Cambiar de idea: los niños también sobreviven sin sillitas de coche, caminando descalzos en páramos y entre alacranes. Y, como en todas partes, algunos se mueren y otros sobreviven.

Me gustó muchísimo La mejor madre del mundo, y no sé si haya mayor prueba de ello que el mensaje de Whatsapp que le envié a mi mamá: «Mami, me leí un libro buenísimo que quiero que leas, creo que te va a gustar. Voy a ver si lo tienen en físico allá, o si te lo puedo comprar en digital». Le agradezco en silencio a la autora que se haya lanzado por ese precipicio de exponerse así, tan visceral y vulnerable, tan abierta sobre aquello de lo que tenemos siglos hablando “entre mujeres”. Entonces me pregunto si los hombres nos están leyendo, o si esta lectura se queda entre mujeres que asienten y confirman lo que han vivido ellas, sus madres, sus abuelas y siga usted contando el árbol genealógico hacia atrás.

¿Ha hecho mi madre todo bien? No. ¿Lo ha hecho “lo suficientemente bien”? Sí. ¿Es la mejor madre del mundo? Siempre.

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