11032019

En una de mis primeras clases de Comunicación Social un profesor planteó la inevitable y predecible pregunta de qué hacíamos ahí. Yo tenía diecisiete años. Irónicamente, lo tenía muchísimo más claro de lo que (no) lo tengo hoy con veintiséis. Escribiendo esto me doy cuenta de que de eso han pasado casi diez años, y la sensación de vértigo solo puede compararse a aquella vez cuando, de niña, me subí a una de esas atracciones de ligas elásticas en las que te ponen un arnés y te sueltan al vacío a rebotar. Yo, que siempre he sido miedosa y con terror a las alturas, le seguí la corriente a mi hermana y a mis primos para no quedarme por fuera. Fue en el Sambil y yo tenía puesta una falda que hacía que se me vieran las pantaletas cuando me pusieron el arnés. Recuerdo la calidez de la vergüenza, que se me despejó al primer salto y las ganas de vomitar.

Vuelvo a aquel salón de clases una tarde de agosto del 2010. Mis compañeros querían más o menos lo mismo que queríamos todos en esa época: escribir, ser periodistas de guerra, una quería ser miss, otros querían “contar la verdad” (todavía no sé de qué), todas esas palabras preciosas que con tanta ligereza salen de la boca en la inocencia de la adultez temprana. Yo, con una certeza lapidaria de la que hoy me rio, contesté que yo quería ser escritora. Que no me podía ir a otra ciudad a estudiar otra cosa y que, como muchos de mis escritores favoritos habían sido periodistas, yo me había lanzado al periodismo como un puente, a la espera de que me acercara a la literatura.

Lo tenía tan claro que enternece. Qué ganas de darle un abrazo a esa Victoria que a punta de juicios lapidarios y certezas buscaba maquillar su necesidad absurda de control.

Varios semestres después, como a mitad de carrera más o menos, ese mismo profesor me preguntó que por qué yo no escribía una novela. Por esa época también me lo preguntó una terapeuta. A ambos les contesté lo mismo, una vez más con aquella certeza arrogante: que yo no tenía nada nuevo que contarle al mundo, que me faltaba vivir, que “todavía la vida no me había dado suficiente golpe” como para que yo pudiera realmente hablar de algo.

No sé de dónde saqué que solo desde el dolor se escribe. Sigo tratando de lavarme esa creencia tan ciega.

Han pasado casi diez años desde que me hicieron aquella pregunta y al menos seis o siete desde que me escudé en la inexperiencia vital para no escribir. Hoy, que he vivido y estoy viviendo lo que podría calificar ya como “suficiente golpe”, tampoco puedo escribir. Alguien me dijo hace poco que escribiera. “Creo que lo que estás viviendo te puede ayudar a conectar con mucha gente”, me sugirió. “Es que yo no quiero conectar con nadie”. La certeza arrogante para esconder la herida, siempre.

Como no puedo poner en palabras lo que me está pasando, porque me atraviesa y me rompe y que yo lo escriba afecta directamente la dignidad y privacidad de otros, me refugio en literatura que habla de lo que yo estoy viviendo. Me escondo en las palabras de otros. Margarita García Robayo lo escribió en una crónica de Primera persona. Lo escribió como si estuviera viviendo lo mismo que yo, o como si yo estuviera viviendo lo que ya vivió ella. Quiero mirarla a los ojos y preguntarle si sí fue así o si hay más autoficción que realidad en ese texto. Quiero que me cuente cómo sobrevivió y cómo siguió adelante y cómo aprendió a vivir con ello. Quiero que me explique cómo te curtes la piel para que no te atraviese tanto.

Estoy escribiendo sin decir nada, otra vez. Hace un par de días encontré tres canas en mi suéter, me reí y las pegué en mi diario con unas notas dispersas. Mi hermana me dijo asquerosa. Yo creo que no hay testimonio más fiel de cómo me siento que el bosque blanco que me está creciendo en la cabeza.

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