20012019

La Paula me dice que tengo que dejar de pensar tanto y vivir más. Que necesito pintarme la boca y salir a bailar un sábado, conocer a un chico que me voltee el mundo y me haga dejar de pensar. Que saque la cabeza de los libros y salga a conocer gente. Que necesito menos poesía y más revolcones (no fueron sus palabras textuales pero algo así dijo). Me reí.

Hace nueve meses y dos días (pero quién está contando) que llegué a Barcelona con una maleta hasta los topes, con unas ojeras que solo han crecido desde entonces y con un montón de planes y sueños e ideas de lo que haría aquí. Todas, por supuesto, inmensas y felices. Cuando llegué solía escribir recuentos semanales de lo que estaba viviendo, “para no olvidar”. Tengo esta fijación con el tiempo, con apuntar las cosas para volver a ellas más adelante, con no olvidar lo que estaba sintiendo en un momento específico. “Te veo muy ansiosa por el paso del tiempo”, me dice mi terapeuta. Qué va.

La vida me pasó por encima y dejé de escribir. Alguien me hizo un comentario acertado pero que me dio en el ego sobre algo que había escrito, y yo decidí que aquella persona tenía razón: que mi trabajo no valía nada. Por aquel entonces estaba muy triste y la conclusión más lógica a la que pude llegar fue que si mi cabeza no estaba bien, mi trabajo tampoco iba a estar bien. Dejé de escribir en abril o mayo. Ahí se fueron los recuentos semanales, las reseñas de libros, la echadera de cuentos, las ideas de artículos y ensayos que quería escribir.

Sigo estando triste.

Es una tristeza incómoda, densa, espesa. La imagino como la miel pero sin ser dulce, como una miel de color oscuro y olor putrefacto.

Hoy nos cuesta mucho admitir que estamos tristes, creo. Todo este boom del wellness nos tiene glorificando el bienestar y ansiando aquel estado inasequible de plenitud permanente. Hay tristezas que no se van con dos mascarillas ni tres litros de agua ni corriendo un maratón. Hay tristezas que hay que exorcizar a punta de terapia y mucho trabajo duro de reconocer y ver cosas que no nos gusta ver.

Hoy volví a escribir porque después de meses sentí otra vez esa urgencia.

El año pasado me deconstruyó todas las certezas que con tanto recelo había atesorado desde niña. Yo siempre supe que quería escribir, hacer libros y ser mamá. Todavía quiero hacer libros; ya no sé si tenga el talento, la disciplina o la lucidez mental para escribir, y lo de ser mamá lo veo cada día más difícil porque no voy a ponerle a ningún otro ser humano esta tristeza sobre los hombros.

Pienso mucho en las palabras fracaso y derrota. No sé muy bien qué me derrotó pero esta vida se siente hoy como el aftermath de una guerra para los vencidos: recoger lo que queda y honrar los cuerpos.

Me da vergüenza estar tan triste y me disculpo constantemente por ello. Trato de compensarlo siendo la más trabajadora, la más animada, la que siempre tiene una sonrisa para todo el mundo, la que siempre sabe qué decir. Alguien me dijo el año pasado “sonríes mucho, tú”, y la ironía de toda la situación me hizo sonreír, sin duda. Sonrío mucho, yo. Claro que sonrío un montón.

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