Apuntes sobre la maternidad

Hace bastante que no escribo. Las palabras se escurren y se esconden cuando lo que hay que escribir oprime el pecho. Mi diario se convirtió en una serie de anotaciones “para no olvidar”, sin coherencia narrativa alguna ni detalles. Solo para no olvidar. Por si algún día quiero volver a estar fechas y recordar cómo me sentía y qué estaba pasando.

Semanas atrás estaba una mañana en el trabajo teniendo una conversación sobre aspiraciones con mis compañeras, mientras pegábamos etiquetas rojas en objetos que horas después las personas se llevarían en ese frenesí hasta entonces desconocido para mí llamado ‘rebajas de verano’. Alguien mencionó que yo escribía y otra me preguntó que qué quiero hacer con mi vida. Me escuché responder “vivir de escribir y ser mamá de alguien”. Apenas lo dije me sentí profundamente mediocre: yo no quería (ni quiero) ser millonaria ni famosa, no aspiro a la grandeza como la conocemos, no sueño con vender millones de libros (aunque eso estaría bien), no fantaseo con una vida extraordinaria de esas sobre las que se hacen películas. Respondí la pregunta sin pensarlo mucho y me salió lo más honesto que llevo dentro: la certeza de que quiero dedicarle mi vida a la escritura y a la maternidad.

Yo quiero que escribir me permita vivir cómodamente, quiero vivir de las palabras. Sí sueño con algún día tener una librería que hacer crecer, que cuidar, donde invertir mis años y ver crecer a mis hijos, si llego a tenerlos. Quiero poder tomar vacaciones de vez en cuando, viajar, ir a reuniones de padres en el colegio, encontrar una pareja que comparta esos sueños conmigo, aunque últimamente he empezado a imaginar la posibilidad de llevar a cabo mi proyecto de vida sola. No me da miedo la soledad, pero he sabido siempre que me va mejor acompañada. Soy una mejor versión de mí cuando amo, cuando cuido, cuando me preocupo por otro.

En mis primeros años como adulta he tomado decisiones sentimentales poco acertadas, me he vinculado con personas que no solo no comparten mis deseos de vida sino que los disminuyen. He oído más de una vez cómo la maternidad es una elección mediocre, una asesina de la potencial grandeza académica, económica o profesional, cómo los niños son sucios, te acaban la vida, las ganas de tener sexo y la diversión. Y si bien la maternidad elegida debería ser la única maternidad existente, los argumentos a favor y en contra también deberían venir desde el proyecto de vida de cada quien y no desde la disminución o el desprecio de las decisiones de otra. No espero ni asumo que todo el mundo querrá compartir mi proyecto, sí espero que nadie me hiera haciendo comentarios despectivos sobre algo que anhelo (y existirá algo más utópico y pendejo que esperar que a uno no lo hieran).

El mundo necesita menos niños, claro, estamos hasta los topes de gente. El mundo también necesita madres y padres dedicados, amorosos, responsables y conscientes de su elección, de su responsabilidad de criar seres humanos decentes.

Últimamente la maternidad me duele. No debería. Con veinticinco años y cero posibilidades en el futuro a corto y mediano plazo de tener un hijo, la actividad extracurricular de mi útero no debería nublarme los pensamientos. Y yo no debería seguir metiéndome en relaciones que hacen que ver bebés en cochecitos me dé ganas de llorar.

Celebro las luchas feministas que nos han traído hasta hoy, cuando las mujeres poco a poco (muy poco a poco, el diablo trabaja pero el patriarcado trabaja más) dejan de ser estigmatizadas por decidir no tener hijos. Celebro a cada mujer que no se amarra a una vida de obligaciones que no desea solo por no desencajar socialmente, celebro a cada amiga que desde ya decidió que la maternidad no es lo suyo.

Me celebro a mí y a mis sueños, a mis bebés que ojalá sucedan, a los libros que les quiero leer y a los que quiero escribir, a las mamás escritoras que han aparecido en mi radar digital para recordarme que mis deseos no me hacen mediocre.

 

 

 

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