El mes del “Orgullo Gay”… ¿y qué más?

Marcha del Orgullo. Bogotá, junio 2017.

“Este fin de semana es la marcha gay”, “junio es el mes del orgullo gay”, “en Australia hicieron un referéndum para aprobar el matrimonio gay” son frases que todos hemos oído. Oraciones en las que “los gays” se utiliza como término unificador para englobar a una comunidad de personas diversas en cuando a orientación sexual e identidad de género: lesbianas, gays, bisexuales y transexuales (que conforman las siglas LGBT). Y eso tomando en cuenta las siglas iniciales, sin contar aquellas que se han agregado en las últimas décadas para incluir una variedad aún más amplia de identidades de género/orientaciones sexuales.

La utilización del término “gay” para referirse a un grupo de personas es, en sí, inofensiva. Todos estamos ocupados y, realmente, nadie tiene el tiempo para recitar lesbianasgaysbisexualesytransexuales cuando está contando algo o quiere decir algo específico. ¿Es el lenguaje realmente tan importante a la hora de denominar un grupo? ¿Se puede hablar realmente de una exclusión o invisibilización de otros subgrupos dentro de una “comunidad” a través de las palabras que, conscientes o no, escogemos para nombrarla?

El año pasado, durante un foro de una hora sobre diversidad sexual (el único dedicado a este tema entre decenas de foros y conversatorios, debo mencionar) en la Feria Internacional del Libro de Bogotá, la escritora colombiana Amalia Andrade dijo algo que definió mi experiencia como mujer homosexual que quería salir de rumba entre los 18 y los 21 años: “me cansé de ir a fiestas a que me empujen”. Andrade explicó la experiencia de demasiadas mujeres (queer o no) en fiestas “LGBT”: espacios predominantemente masculinos, dirigidos al público masculino homosexual, donde las mujeres siguen siendo invisibilizadas y disminuidas. Es, exactamente, como el “mundo heterosexual”, pero versión “gay”.

Ser una mujer lesbiana en un bar LGBT significa, en mi experiencia, que vas a estar rodeada de muchos hombres que te empujan, sí. Que te empujan sin reparo y sin que les importe, pensando quizás que, por ser homosexuales, sus microagresiones no son machismo. Que vas a ser una de las pocas mujeres en un espacio donde hay strippers hombres, que vas a ver penes, que vas a terminar aplastada entre muchos pares de hombres bailando o besándose. Que de las otras ocho mujeres en todo el bar, seis están emparejadas entre sí y las otras dos son las amigas heterosexuales de alguno de los hombres que están allí esa noche.

Significa que tu amigo heterosexual, que ingenua y amablemente te dijo “te voy a llevar a una fiesta donde hay muchas lesbianas para que ligues”, termina teniendo más “suerte” que tú en el campo del coqueteo casual. Él termina bailando con una chica (heterosexual), pidiéndole el número (aunque luego nunca se escriban) y pasándolo bien, mientras tú terminas sudada, cansada, aplastada contra una pared pasando calor y viendo penes. Pidiéndote un Uber a la 1 de la mañana y jurando que no te vuelves a meter en ese quilombo, mejor te quedas en pijama leyendo y sin ver pisoteadas tus ilusiones de bailar con alguna chica guapa esa noche.

No sé si las mujeres queer queremos ver strippers mujeres (no es lo mío, al menos). Pero la pregunta es: ¿por qué -habitualmente- no las hay? ¿Por qué las fiestas, los bares, las marchas y los eventos en general siguen estando dirigidos a “los gays”, a la parte masculina homosexual de esa presunta comunidad que, en teoría, nos engloba a todos? ¿No sería un lindo gesto (para ser políticamente correcta) que al menos alguien pensara en esas “otras” letras que hacen parte del LGBT (y el resto)?

Cuando eres una mujer que fácil y constantemente “pasa” como heterosexual, estos lugares son escenario común para que además escuches, como un disco rayado, frases como: “¡qué linda! ¿de verdad eres lesbiana? ¡es que no pareces!”, “ay, ¿y las mujeres sí te miran en esos tacones? Deberías vestirte un poquito más… tomboy, para que levantes”, “yo no creo que tú seas lesbiana, es que a los hombres le parece sexy ver dos mujeres besándose”, “pero cuéntame: ¿tuviste un novio qué te hizo algo muy feo? Es que… ¿por qué dices que eres lesbiana?”.

Al final, una termina saliendo de la casa, arreglándose, tomándose dos tragos y pasándola “medio bien” para replicar el mundo heteronormativo del que pensaste que ibas a escapar por una noche: dirigido a los hombres, hecho por y para los hombres, sintiéndote una “minoría” dentro de la minoría y con una incómoda sensación de que realmente no perteneces. Porque no eres lo suficientemente “masculina” para que te “crean” que eres homosexual (habrá que sacarse el carné oficial de la lesbianidad, quizás), porque realmente este tipo de eventos no están dirigidos a ti, porque te sigues encontrando con demostraciones machistas e, indudablemente, en algún momento de la noche escucharás algún comentario “humorístico” sobre lo asquerosas que son las vaginas y cómo ellos “no entienden” cómo te pueden gustar. Algún comentario estúpido sobre la regla o sobre si “dos mujeres juntas no son demasiado emocionales”.

Y eso es solo hablando desde mi experiencia como mujer lesbiana. Si las lesbianas no tenemos casi espacio dentro de esta “comunidad”, menos tienen los bisexuales o las personas trans. Existen un montón de estigmas en torno a la bisexualidad y los/las transexuales suelen ser representados como caricaturas. La mayoría de las personas, incluso aquellos que nos identificamos como sexodiversos, todavía no entienden la diferencia entre un drag queen y un transexual.

Está bien: todos queremos fiestas que nos representen y en las que no nos sintamos excluidos. Pero más que poder ligar en un bar, ¿qué pasa cuando esta exclusión transciende a otros aspectos más importantes de la vida? Por ejemplo: a la salud sexual. Aunque la educación sexual tradicional no suele abarcar prácticas homosexuales, todos sabemos, de una manera u otra, cómo pueden cuidarse los hombres a la hora de tener sexo con otros hombres. Sin embargo, me alarma la cantidad de mujeres lesbianas que no tienen idea de cómo cuidarse al momento de tener sexo. Que piensan que entre mujeres no se transmiten enfermedades. Que desconocen, por ejemplo, que existen métodos de protección a la hora de tener relaciones con otras mujeres (sobre todo cuando no existe una pareja estable). Los ginecólogos no hablan de eso, tu mamá menos. En el colegio jamás lo mencionaron y la información disponible está mayoritariamente disponible hacia lo obvio: el sexo anal, el condón, la transmisión del VIH entre hombres o de otras ETS.

No sé si necesitamos una revolución lingüística: no creo que eso vaya a solventar el problema, siendo honesta. Sí creo que necesitamos más representación: mientras no haya más mujeres lesbianas, más bisexuales, más asexuales, más interesexuales o más transexuales sentados(as) en la mesa donde se toman las decisiones, seguirán sin tomarse en cuenta sus visiones, experiencias y necesidades. Seguiremos creyendo que la comunidad LGBT son “los gays”. Y eso sin empezar a hablar siquiera de interseccionalidad.

 

 

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