La conciencia uncida a la carne

Leer los diarios de alguien que no conociste es un ejercicio sumamente extraño (al menos para mí). Se forja una especie de intimidad forzada en la que te sientes hurgando en el metafórico cajón de ropa interior de un desconocido, esculcando entre aquello que solo ven los más cercanos (y a veces ni siquiera).

Que el diario se haya publicado y, por ende, convertido los pensamientos más privados de alguien en una casa a puertas abiertas, sugiere que ese alguien fue importante (hasta ahora solo he leído diarios de gente muerta, debo expandir mi investigación a ver qué diarios se han publicado de gente que para el momento siguiera viva. Yo me moriría, pero de la vergüenza). La publicación de los diarios indica que lo que sea que esa persona haya hecho en vida fue lo suficientemente trascendental como para que sus escritos personales fueran de interés público, para despertar esa morbosa curiosidad por lo privado.

El año pasado, en una venta de libros de segunda mano en el centro de Bogotá, compré Al mismo tiempo: ensayos y conferencias, una compilación de Susan Sontag que la autora estaba preparando y que quedó inconclusa tras su muerte en diciembre de 2004 a causa de un cáncer. No tengo manera más intelectual de decir esto: después de esa lectura, quería comerme la mente de Sontag entera. Quise haberla conocido y adentrarme en su cabeza como Harry en el pensadero, quise tragarme con los ojos cada palabra que esa mujer hubiera escrito en su vida, quise entenderla, quise seguir leyendo.

Gracias a Google, que todo lo sabe, conocí sus obras publicadas y además supe que sus diarios estaban compilados en tres volúmenes, editados por su hijo David Rieff. Mi siguiente misión de vida era conseguir esos libros como si la perpetuidad de la especie y la paz mundial dependieran de ello.

Tampoco tengo manera más intelectual de decir lo que diré a continuación: Sontag fue un corazón con patas. Me identifiqué profundamente con su manera de sentir el mundo, con su hambre por sentirlo y vivirlo todo, con la profundidad con que se abocaba en todo lo que hacía.

Recuerdo que, del primer volumen de sus diarios, apropiadamente titulados Renacida, me llamó muchísimo la atención cómo una Sontag de 16 años hablaba de renacer. Esta primera compilación corresponde a sus años de empezar la universidad muy joven y abrirse a un mundo desconocido hasta entonces, el adentrarse en la exploración de los círculos intelectuales dentro de la academia y en el descubrimiento de la propia (bi-homo)sexualidad, su temprano matrimonio y consecuente maternidad, la búsqueda de sí misma y la constante insatisfacción ante los propios logros.

Quisiera yo haber sido tan lúcida como Sontag a esa edad. Sin intención de ser redundante, lo que me cautivó muy pronto de la lectura era la manera tan apasionada de vivir que tenía: Susan Sontag ponía el corazón entero en todo lo que hacía, en su trabajo, en sus amores, se volcaba entera y, por ende, se quebraba entera también.

Un año después, estoy en Barcelona y me consigo en la biblioteca el segundo volumen de los diarios: La conciencia uncida a la carne. Diarios de madurez, 1964-1980. Como el título también sugiere, en este libro me encontré a una Sontag mucho más madura pero con la misma entrega devota hacia el sentir.

Este tomo registra el éxito de Sontag como escritora, los personajes con los que se rodeaba para la época (artistas, escritores, intelectuales), también sus viajes y su activismo de oposición a la guerra. Son diarios cargados de lapidarias convicciones y desamores absolutos. Escribe su hijo en el prólogo: “El corazón de mi madre se rompió a menudo, y buena parte de este tomo es la elaboración de la pérdida amorosa”, sin embargo, también apunta que Sontag escribía más cuando se sentía desdichada y tendía a escribir poco cuando se sentía feliz, por lo que quizás los diarios puedan dar la impresión de un balance no del todo cierto entre los periodos de felicidad-infelicidad que sobrellevó en vida.

No puedo contradecirlo. Gran parte de los diarios están entregados a cavilaciones sobre sus desamores, sus cuestionamientos sobre la entrega, el afecto, las relaciones de pareja, los patrones familiares que –como a todos– dictaron en gran parte mucho de su manera de relacionarse romántica y sexualmente en la adultez.

Escribe, por ejemplo, en octubre de 1970: “Dios me ayude –me ayude– a dejar de amarla si ya no me ama.

No debo resistirme porque la he amado más que a nadie en la vida. Todavía me queda la victoria del sentimiento –de amar en verdad por primera vez– aunque haya terminado en derrota.

Es una derrota honrosa. Lo arriesgué todo –di todo lo que tenía– por primera vez. Si fui tan ingenua como para imaginar que la relación debía funcionar, por la inmensidad y la certidumbre de mis sentimientos, fue una ingenuidad honrosa y no hay de qué avergonzarse.

(…)

No quiero aprender nada del fracaso de este amor.

(Lo que podría aprender es a ser cínica o precavida, o incluso a ser más temerosa de amar que antes.) No quiero aprender nada. No quiero sacar conclusiones.

Que siga estando en carne viva. Que duela. Pero que sobreviva.”

Qué manera tan lúcida (es un adjetivo que se me viene a la mente con frecuencia cuando pienso en Sontag) de reconciliarse con su “ingenuidad honrosa”.

Susan Sontag vivió la vida como quisiera vivirla yo: sintiendo profundamente. Se alejó de cinismos vacíos y se entregó por completo a su obra, a su trabajo, a sus amores, a su hijo y a las causas en las que creía. Pasó por el mundo entregando sin reparo todo su ser, ese ser que tanto se cuestionaba en cuanto a ideas y materialidad de la carne (volvemos al título del volumen). No sé si a la hora de irse se sentía satisfecha: seguramente no. Pero qué aspiración tan sensata el vivir así, poniendo el corazón entero en todo lo que hacemos.

2 comentarios en “La conciencia uncida a la carne

  1. Hace poco compré el primer volumen de los diarios de Sontag, a pesar de que lo intenté, no pude leerlo, no logró atraparme, a pesar de encontrar frases increíbles, me sentía justo como dices, hurgando en algo demasiado intimo. Leer esto me hizo pensar en que debo volverlo a intentar, vamos a ver qué pasa.

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    • ¿Habías leído algo anterior de ella? Yo llegué al libro -como ya conté pero bueno, seré redundante jajaja- tras haber leído una compilación de conferencias y ensayos suyos. Su mente me llamaba muchísimo la atención, y al saber que existían los diarios, quise adentrarme un poco más. Sí, se siente extraño y un poco “demasiado” íntimo al principio, pero como tampoco era mi primera vez leyendo diarios, quizás por eso fue más llevadero para mí. Dale otra oportunidad a ver. Abrazo.

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