How to chase my blues away

Lo que escribo casi nunca tiene sentido. 

Una de mis compañeras de trabajo es argentina. También rubia, y con un sentido del humor algo parecido al mío. Me pregunta si me hice un aro en la nariz: le contesto que hace dos años. Es decir, me ha estado viendo casi todos los días desde hace dos meses y se acaba de dar cuenta de que llevo un injerto de metal que me hace sentir guapa en la fosa nasal derecha. Ella también entiende cómo se vive eso de tener a tus papás al otro lado del mundo, aunque lleva ya muchos años de práctica y yo solo un par de meses.

Nos entendemos, quizás, en el continente de origen, en la latinoamericanidad, en que el Día de la Madre para nosotras no es el mismo Día de la Madre que celebran en España. Nos entendemos en el poco dominio del catalán y en los chistes ocasionales compartidos entre dos mantas y tres colchas (diferencia que aprendí recientemente: de esas cosas que uno nunca pensó que necesitaría saber, hasta que las sabes).

Ella es parte del ecosistema que se va construyendo en el día a día, del trabajo de carpintería de la socialización y la integración en un nuevo entorno: el día que alguien te cuenta algo de su vida es como poner una columna en los cimientos, cuando empiezan a existir chistes internos es como colgar un cuadro en la pared de tu nueva casa. Cuando una cara empieza a hacerse conocida, rutinaria: poner las ventanas de la nueva casa. La cerámica del piso es quizás el día en el que empiezas a dejar de ser otro, el día que te incluyen en un plan grupal o cuando alguien te dice que te ha echado de menos porque llegaste más tarde a trabajar.

Segunda vez que me asombro ante este proceso en el que la novedad se va convirtiendo calmadamente en sosiego rutinario, casi placentero ese dejar de sentirse siempre incómodo. Algunos días se pelea la nostalgia a patadas y con las garras, como una perra recién parida que enseña desafiante todos los dientes cuando alguien intenta acercarse a sus cachorros. A veces se le baja la cabeza y se llora en el bus, en la esquina, en la plaza, sola, en el café.

La mamá de mi mejor amiga, mamá mía también por adopción simbólica, me dice que pelee siempre la tristeza y no la deje entrar. Pero no siempre le hago caso: a veces le hago un sitio a mi lado en la cama, o en la encimera de la cocina mientras me tomo el café. A veces la dejo asentarse un rato y me repito cosas con las que podría empezar a escribir un libro de autoayuda y sacarle mucha plata: deja que la ola pase, deja que duela, y luego déjalo ir como vino. Rechazar por completo la tristeza sería rechazar una parte de mí misma, y desde hace bastante he dicho que lo que más me ha gustado de crecer ha sido esa aceptación de la complejidad de uno mismo que ha llegado con los años.

De lunes a sábado hace un sol precioso y un cielo azulísimo que me hace pensar unas cien veces: “no quiero ir a trabajar, quiero ir a la playa a tomarme una cerveza”. Los domingos, que tengo el día libre, siempre llueve. El domingo pasado llegamos al Museo Picasso con las medias mojadas y el ánimo de siempre, conmigo diciendo “¡museo! ¡museo! ¡museo!” como una niña de cinco años que vio un caramelo en la vitrina de una tienda.

Nunca perder eso: ilusionarse con lo cotidiano. No dejar que la adultez nuble la genuina emoción por lo que nos hace sentir vivos.

 

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