Raval

Si la cerveza no estaba lo suficientemente fría, sería un augurio de que el resto del día no iría bien. Le gustaba poner en casualidades banales el destino de lo que realmente importaba: si la pelirroja guapa cruza la calle poniendo el pie derecho primero me darán el trabajo, si aquel calvito de allá le da paso al otro señor seguro los exámenes médicos de mi mamá sí van a salir bien, si el plato llega en menos de quince minutos significa que sí me va a pedir una segunda cita.

Ya se había caído ese día subiendo las escaleras del metro, atolondrada como siempre. Pensaba con rabia que había perdido la batalla que estaba cantada antes de empezar: que empeñarse en salvar lo que queda del incendio es más engorroso y frustrante que barrer las cenizas y reponer lo que se pueda.

Nada estaba en su sitio. Ni los libros en las estanterías ni los platos, perdidos en alguna caja o quizás rotos. Las camisetas de verano no estaban donde deberían ni tampoco su cabeza, perdida entre conjeturas sin sentido que no cambiaban nada pero que eran gran entretenimiento destructivo para la mente sin sosiego.

Pensaba en el perro que olisqueó la arena demasiado cerca y generó la respuesta iracunda de la señora con los cachetes rojos. En que cuando cambian las preguntas se puede cambiar el mundo (o a uno, que es lo mismo). En que hay porqués que no hacen falta y otros que nos vamos a morir buscando aunque nunca lleguen.

La ebullición en la punta de la lengua con sabor tropical. El cosquilleo en la nariz que casi casi termina en estornudo pero no. Lo ambiguo de esperar el no-sabemos-qué, la fe ciega en lo intangible.

Las calles tan estrechas donde caben diez idiomas distintos en cinco minutos, el suelo de piedra que ha visto demasiado, el nene en el tobogán que aún no ha descubierto que la existencia es mucho más grande que el pecho generoso de su madre y su abrazo.

La camarera se acercó como una aparición. El vaso sudaba.

 

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