Manifiesto honesto, cargado de preguntas e innecesario sobre mi homosexualidad

Asumo que con las grandes transiciones vienen los inevitables cuestionamientos.

Desde hace meses no hago sino cuestionarme: por qué soy lo que soy, quién soy, qué hago aquí, qué quiero de la vida, qué espero de mí y de los demás, qué estoy buscando, qué puedo tolerar y qué no, cuál es mi “objetivo” en el paso por la tierra (si es que hay uno). Más recientemente, he empezado a cuestionarme mi homosexualidad.

Esto ha ido por etapas que se han ido desarrollando por años: la negación adolescente, el miedo, el clóset, la adrenalina de salir del clóset, las primeras relaciones, los primeros desamores, las primeras citas que no llegan a segunda y las segundas citas que no llegan a tercera, el sentirse tranquila con una misma, el entender que tu orientación sexual es como tu color de pelo, poco relevante, y, ahora, el cuestionarme qué significa para mí ser una mujer homosexual en el 2018.

Quizás el encontrarme tan lejos de todo lo que me arraiga social y emocionalmente es lo que me hace pensarme tanto desde adentro y tratar de analizarme desde afuera.

Lo evidente: ser una mujer homosexual significa que soy una mujer que se enamora de otras mujeres. Que se siente atraída sexualmente por otras mujeres. Sé que hay quienes tienen en su cabeza un momento determinante en el descubrimiento de la propia homosexualidad, yo no. Me gustaría poder ponerle un punto de partida para satisfacer mi rigidez mental, pero no lo hay.

Como ya escribí en una crónica universitaria que se habrá perdido en alguna carpeta, en alguna de las mudanzas, el recuerdo más temprano que tengo es de un pensamiento recurrente que tenía, usando la camisa amarilla del preescolar: para mí era “muy loco” que a las niñas les gustaran los niños, cuando las otras niñas eran tan lindas. En esa época, eso no significaba nada. Significaba que el mundo era raro, y ya. Que por alguna conjugación extraña de circunstancias existíamos en un universo donde a las niñas les gustaban los niños, incluso si las otras niñas eran mil veces más atrayentes e interesantes.

Pero qué significa eso tantos años después. ¿Significa algo? ¿Necesariamente tiene que significar algo?

No sé si algún día llegue a una conclusión al respecto: probablemente mi orientación sexual no significa nada, pero es parte de mi narrativa. Es parte de mi historia y de la historia de quienes me quieren y de quienes me conocen. Es parte de lo que configura mis motivaciones para actuar, la manera como me relaciono con el mundo, cómo me presento ante otros y cómo otros me perciben y me interpretan.

Si algo le agradezco al feminismo es la redefinición de los conceptos en torno al género y la expresión de la propia sexualidad. A pesar de la apertura social en torno a estos temas que se ha venido cultivando en los últimos años, cuando yo era adolescente todavía era bastante predominante este paradigma de creer que todas mujeres homosexuales son “masculinas” que “quieren ser hombres”, con el pelo corto y que repudian todo lo histórica y socialmente asociado con la feminidad. Yo nunca he encajado en ese discurso, y fue otro de los factores que me hizo difícil el buscarme en una comunidad en la que, en gran parte, tampoco me sentía representada.

Entonces empiezo a cuestionarme por qué es importante la representación. Y la respuesta la tengo en frente: la representación es importante porque, si yo me hubiera visto representada en el mundo, no me estaría preguntando estas pendejadas.

El año pasado fui por primera vez a una marcha del Orgullo LGBTI. No me gustan las hordas de gente ni el hacinamiento, poco soy de fiestas, no sabía si realmente disfrutaría la experiencia pero sentía que se lo debía a mi yo de 14 años. Este año planeo volver, en otro país, en medio de muchas preguntas que me están haciendo ebullición en la cabeza sobre quién soy y por qué.

Y aquí encuentro otra respuesta: cuando me preguntan si realmente es “necesaria” una manifestación como el orgullo LGBTI, puedo afirmar con certeza que sí, porque estoy segura de que mis amigos heterosexuales jamás se han preguntado por qué son heterosexuales, o qué significa eso para ellos o sus familias, o si sus abuelos los van a seguir queriendo, o si sus tíos van a querer estar en sus bodas. Es reivindicarse a sí mismo desde lo público, reivindicar lo que por décadas estuvo escondido y que todavía en muchos lugares se pelea. Una batalla inútil, una energía que estaría mejor puesta en, por ejemplo, buscar la cura al cáncer, en vez de pelear por si una pareja homosexual puede adoptar niños o no.

También tengo preguntas sobre la maternidad. Sobre mi maternidad. Sobre qué va a significar para mí, para mi pareja (si consigo) y para mis hijos el ser parte de una familia homoparental. Me pregunto si cuando mis hijos vayan al colegio todavía existirán papás que le dirán a los suyos: “pues a tu amiguito/a solo Dios lo/a puede juzgar pero eso no es normal”.

Eso me lleva a pensar en la familia. En por qué, por ejemplo, mi hermana, que me ama, que me “acepta como soy” (qué lugar común tan repulsivo), a quien no le importa que yo sea homosexual, hace muecas con la cara cuando yo hago algún chiste sexual. O hace comentarios como “¡mira! Están agarradas de manos. Eso aquí es… normal”. Y no tiene mala intención. A ella mi homosexualidad le incomoda, y el amor que me tiene es el motor para sobreponerse a esa incomodidad. Pero no está a gusto, y se nota. Y prefiere obviarlo, casi siempre. El porqué es claro, es otra de esas preguntas callejones-sin-salida que me hago: cuando el mundo en el que vivimos es tradicionalmente blanco y negro, y los colores se esconden como un secreto, lo desconocido incomoda. Lo que se sale del status quo y del deber ser genera incomodidad, por mucho que intentemos entenderlo o batallar esas emociones negativas en torno al elemento disruptivo.

Tengo demasiadas preguntas y muy pocas respuestas.

 

 

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