La hija del Caníbal

El primer libro que me compré en Barcelona (porque sí, con lo que estamos pasando en la vida acostúmbrense a que, por un rato, por aquí van a leer mucho de primeras veces) fue en una librería low cost (Re-Read, la recomiendo con los ojos cerrados). Fue un día que llegué del trabajo, estaba aburrida y no tenía nada que leer. Alguien me envió la dirección y había una muy cerca a mi casa, pero ya casi iba a cerrar. Entonces salí corriendo al mejor estilo Los juegos del hambre, dispuesta a hacerme con algún libro barato así tuviera que ir haciendo sprint los 700 metros que, según Google Maps, me separaban del paraíso de libros por 2 o 3 euros.

En la esquina, a punto de cruzar el semáforo, me di cuenta de que el mundo se veía… raro. Me cago en todo: se me habían olvidado las gafas en la casa y por eso las personas no tenían cara, eran manchas de colores. Miré el reloj en el celular y nada, tocó seguir así, porque si me devolvía a buscar las gafas no llegaba.

Obviamente me perdí llegando a la librería porque no la veía cuando llegué a la calle. Y toda esta anécdota es para traernos a este punto: me compré La hija del Caníbal, una novela de Rosa Montero, publicada en 1998 y Premio Primavera de Novela 1997.

Desde el año pasado, que me leí La ridícula idea de no volver a verte, tenía en mente leer más de Rosa (y esta manía fea mía de llamar a los escritores que me gustan por el primer nombre, como si fueran mis amigos). Esta edición de La hija del Caníbal tiene las tapas de color amarillo llamativo, me imagino que por eso la vi, le eché una ojeada y fui contenta a pagar, por haber llegado a tiempo y por haber conseguido algo.

Después de la narración de todos estos percances poco relevantes pero que a mí todavía me hacen gracia, procedo a hablar del libro.

La novela empieza con un acontecimiento aparentemente banal: una mujer de mediana edad, Lucía, está esperando a su esposo, Ramón, a las afueras de un baño en el aeropuerto de Barajas, donde estaban ambos en la sala de embarque de un vuelo a Viena para celebrar el año nuevo. Sin perder de vista la puerta del baño, porque Lucía y yo compartimos esta paranoia a que nuestros acompañantes se nos pierdan en entornos muy grandes/concurridos, se da cuenta de que pasa mucho tiempo y Ramón no sale.

Ramón desapareció. Se fue, lo secuestraron, nadie lo sabe. Lucía se desespera, la policía dice que es más común de lo que parece que los maridos se esfumen, que seguro a los pocos días aparece como si nada.

No quiero contar el libro, porque para eso se buscan un resumen en Internet y lo leen. Quiero contar por qué me gustó a mí.

Soy bastante escéptica ante casi todo pero si hay algo en lo que siempre he creído es en que los libros llegan a nosotros cuando los necesitamos. Y este libro, que en apariencia nada tendría que ver conmigo o con mi vida, se convirtió en una metáfora bastante particular de muchas cosas que estoy viviendo. ¿Cómo una novela sobre un marido desaparecido, protagonizado por una mujer con una crisis de mediana edad, un señor de ochenta y un muchacho de veinte-y-muy-pocos podría ponerme en perspectiva a mí tantas cosas?

La hija del Caníbal se desarrolla, obviamente, en torno a la búsqueda de Ramón por parte de Lucía, a la que se suman dos vecinos inesperados: Félix, un anciano con un pasado de pistolero anarquista, y Adrián, un joven algo taciturno que constantemente sueña con enigmas y acertijos que debe resolver (y que no sirven para absolutamente nada, pero le dan sabor a la narrativa).

Durante toda la novela, Lucía se encuentra desenmarañando los significados de la ausencia, de la rutina, de la identidad, del amor por costumbre, de la idealización del otro, de la pérdida. Es una mujer de mediana edad cuestionándose quién es, qué quiere, qué ha hecho y a dónde va. Es ambigua y compleja, como todos.

Me gusta llamar a Félix la voz de la conciencia. A través de la narración de su vida y de sus experiencias en América cuando era joven, reconstruye una historia que bien podría ser la de la humanidad.

“Es curiosa la relación que los humanos tenemos con la pérdida (…). (…) si vivir es perder, precisamente (…). (…) Las pérdidas, después, llegan a ser imposibles de nombrar. Insoportables. De niño uno cree que la vida es una acumulación de cosas, que con los años vas conquistando y ganando y coleccionando y atesorando, cuando en realidad vivir es irte despojando inexorablemente”, cuenta.

Gracias a Félix no dejo de pensar en qué significa perder. Qué, exactamente, se pierde. A veces son expectativas. A veces es la imagen que teníamos de alguien, cuando nos damos cuenta de que esa imagen estaba solo en nuestra cabeza y no existe realmente. Cuando alguien muere, la pérdida es física, tangible, hay un vacío de algo que ya no está. ¿Qué es, realmente, perder?

Y, sobre todo, si la vida es una constante pérdida (del pañal, de los dientes, de los zapatos cuando nos crecen los pies, de la ropa, de los seres queridos, de los juguetes, de los libros, a veces de la dignidad en bares, de los amores, hasta de los padres), ¿por qué nos cuesta tanto? ¿Qué clase de tara evolutiva no nos ha condicionado aún para enfrentar la pérdida con gracia?

Creo que este anciano particular es mi personaje favorito porque, en este momento, ya no me identifico con Adrián, pero tampoco con Lucía. Estoy en esa edad en la que todavía creo que a mis cincuenta habré logrado muchas cosas que quiero, tendré una familia, seré feliz. Lucía me resulta algo deprimente (y espero que no tenga que tragarme mis palabras dentro de veinticinco años más).

Otro de los diálogos brillantes de Félix que quedó marcado con rayas torcidas de bolígrafo en mi libro es el siguiente:

“Digo que no te preocupes. Todos nos hemos sentido alguna vez así, como tú ahora. Hay momentos negros en los que parece que la vida se cierra. Y entonces tememos no ser capaces de soportar lo que nos espera. (…) Te voy a decir algo que lo sé porque lo he vivido: esos momentos se pasan, te lo aseguro. Y somos capaces de soportar incluso mucho más de lo que querríamos. Así es que quédate tranquilo. Algún día, dentro de muchos años, te acordarás de la angustia de hoy y te parecerá mentira. Y aún te diré más: es incluso posible que añores este momento”.

Seguro quieren saber si al final aparece Ramón: sí. Pero no hay final feliz (y tampoco se muere). Yo no sé si La hija del Caníbal los va a ayudar como a mí, pero lo que sí sé es que es de esas historias que te atrapa, que te tiene comiendo página tras página porque quieres saber qué pasa, que tiene personajes divertidos, diálogos elocuentes, que te hace reírte a veces y llorar otras tantas, que refleja desde tres perspectivas el paso del tiempo, las etapas de la vida, el apego y el desapego, el descubrimiento y la búsqueda. Además, me gustó muchísimo el retrato que hace de la búsqueda de la conexión humana.

 

 

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