De las cosas que no sabes si publicar y al final lanzas como ‘la papa se quema’

Dudé mucho si publicar esto. Por favor, be gentle con mi vulnerabilidad.

El 14 de mayo del 2017 yo todavía no había decidido mudarme a Barcelona.

Siendo honesta, no tengo idea de qué estaba haciendo ese día, o dónde, nada trascendental que recordar. Fue domingo, así que probablemente dormí hasta tarde, tomé café, leí un rato. Quizás fue un día de museos con D o alguno de esos domingos que comíamos hamburguesas en Tonalá. No tengo idea.

No sé dónde voy a estar a los veintiséis. Ni a los veintisiete. Ni a los 30. No sé nada.

La última vez que me sentí bastante parecido a como me estoy sintiendo en este momento fue en el 2015. Tenía 22 y, por esta misma época, yo defendía mi trabajo de grado de la universidad (y cuando hablemos de todos los aspectos negativos de las redes sociales, mencionemos también lo bonito de ir documentando la vida y poder ir a Instagram a buscar el día exacto en que obtuviste esa Mención Excelencia). Hacía un par de meses me habían roto el corazón de la manera más brutal que había vivido hasta ese momento. De la manera más brutal que había vivido en mi vida… hasta ahora.

Era la primera vez que eso me pasaba y, entre todas las cosas que no sabía, estaba el no saber lidiar con ese montón de emociones locas y desesperadas en las que nos sume el desamor. Qué palabra tan fea.

Me convertí en una autómata, seguí al pie de la letra la descripción peliculesca del aftermath de un amor que se acaba: me emborraché más de lo que debí, me besé con gente que acababa de conocer, lloré hasta convertirme en un estropajo, también me entregué al crossfit con la misma devoción que algunos se entregan a la espiritualidad. Recuerdo que cada mañana, corriendo alrededor del club para calentar antes del entrenamiento, imaginaba el momento en el que escuchara de mis jurados de tesis la palabra “aprobado con mención excelencia”. Sabía que tenía que ponerlo todo en ese último tramo de academia por un rato, la ambición era tan grande que me empujaba todos los días.

Como sabemos, esas palabras sí las terminé oyendo. Poco después emigré por primera vez a Colombia.

Yo no sé si la vida sea un eterno ciclo al estilo Cien años de soledad, pero sí sé que se siente muy conflictivo para mí estar, tres años después, en el mismo sitio pero con tanto cambio de por medio: con el corazón palpitando en la mano, en un país nuevo, tratando de reconstruirme en la identidad que nace en los vacíos que deja la ausencia repentina de quien veíamos al lado por mucho tiempo.

He pensado mucho en si es “correcto” hacer públicos textos como este, extractos de mis diarios. Me cuestiono constantemente la cantidad de dolor que tengo “derecho” a sentir cuando hay en el mundo mil cosas más importantes y devastadoras que un corazón roto. Me flagelo con frecuencia pensando en el qué dirán: en si alguien leerá esto y pensará que soy tonta, débil, estúpida o una millennial dramática queriendo llamar la atención.

Algo que tengo bastante en mente es cómo, durante toda mi vida que puedo recordar, uno de los primeros adjetivos que usa la gente para describirme es “valiente”. Desde mis papás hasta amigos, conocidos, gente que poco comparte conmigo hasta profesores en la universidad. Yo me he sentido muchas cosas: inteligente, bien argumentada, a ratos guapa, a veces fuerte, casi siempre segura de mis metas, pero nunca he pensado en mí como valiente. La valentía es a mí lo que el feminismo a Harvey Weinstein.

Yo no soy valiente. De hecho, soy la persona más aferrada al comfort zone que conozco. Me da miedo cruzar la calle, los desconocidos, estar sola de noche, el silencio, el ruido, las primeras citas, el dolor me da pánico (físico y emocional – lo evado como a la Sayona), el divorcio, no poder tener hijos, nunca ser exitosa, enamorarme con el corazón entero y que no me correspondan (je)… la lista podría extenderse por días. Y, sin embargo, “valiente” es lo primero que muchos ven de mí, lo primero que muchos asocian conmigo. No sé dónde.

En este momento la valentía luce mucho como reconocer que no estoy bien. Que me hicieron muchísimo daño y que me duele. Que si estoy publicando esto es porque en conversaciones con una amiga que ha sido cable a tierra estas semanas, algo que surge constantemente es, como ella le llama, “el dolor como paliativo”. Y aquí me voy a permitir citarla en algunas afirmaciones particularmente sabias que me ha dejado: “qué grato es poder ser de ayuda, al final todo el recorrido y los huecos y todo el dolor siento que nos sirve precisamente para eso. Que se transforme en otra cosa. Paliativo. Porque nos sentimos demasiado solos y es una locura. No es verdad. Yo creo que aunque sufras, si estás un poco acompañado, todo es menos mierda”.

La valentía en este momento es aguantar las ganas de llorar hasta salir del trabajo, y que después no me dé pena ir llorando en el autobús porque el dementor tiene todo el día acechándome y al final me alcanzó. La valentía es, quizás, todas las noches que he amanecido en el cuarto de mi hermana porque no quiero asumir el abismo de apagar la luz y encontrarme sola en mi cama marinándome en ausencia. La valentía en este momento quizás sea dejar que una amiga reciente me pague una cerveza, que me “deje cuidar”, cuando todos sabemos que pocas cosas me incomodan como que alguien tenga gestos conmigo.

No sé cómo luce la valentía. Definitivamente no luce como yo en este momento, mirándome frente al espejo sin lograr encontrarme en ese garabato hinchado y rojo de tanto llorar, muerta de miedo por lo que viene, rota en todas las esquinas, buscando algo a qué aferrarme.

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