Sex & The City, trabajo emocional y pensamientos vagos de domingo

Carrie and Charlotte

Estaba viendo Sex & The City II, porque eso es lo que haces en tu día libre del trabajo después de que limpiaste toda la casa, te arreglaste las uñas, lavaste la ropa y está lloviendo, así que salir a pasear sola bajo la lluvia está descartado. Las sábanas huelen a limpio, el suéter está suavecito recién-salido-de-la-secadora, y de repente te das cuenta de que, aunque tu hermana siempre ha dicho que tú eres una Miranda en potencia, llegaste a un punto extraño de la vida en el que eres una mezcla entre Charlotte y Carrie. Samantha es todo lo que nunca me ha interesado llegar a ser, no sé por qué.

En el fondo, soy una Charlotte que vive tomando todas las malas decisiones sentimentales de Carrie, y que después llora cuando tiene que comerse la mierda que esas mismas decisiones que antes tomó con tanta ligereza vuelven a patearle el trasero.

Tenía mucho tiempo sin ver Sex & The City, porque con los años y la educación feminista también llega el darte cuenta de que muchas de las dinámicas que representa la serie son sumamente tóxicas: Carrie pasa años llevando desplantes de un patán que no puede scogerla y con el que se termina casando, y nos hacen creer que logró su “final feliz”. En la segunda película, nos presentan a una Miranda que renuncia a su trabajo para poder estar presente en el concurso de ciencias de su hijo (momento clímax, dirían, metáfora en realidad de necesitar estar más presente en la vida familiar).

Todavía no sé si fue empoderante verla renunciar a un puesto en un entorno extremadamente machista, donde el jefe incluso le levantaba la mano para hacerla callar, pero me dejó un mal sabor en la boca esa eterna dicotomía a la que se enfrentan las mujeres entre la vida profesional y la vida familiar. Escoge una, te hacen sentir. Siéntete culpable si tienes que trabajar y no puedes estar en el evento de tu hijo. Renuncia al trabajo sintiendo que estás “haciendo lo correcto”: cuando, abnegada, renuncias a tus metas profesionales y a tu individualidad en función de ese ser que trajiste al mundo (como si lo hubieras traído sola).

Cuando veía la escena en la que Miranda renuncia, siendo la única mujer en una junta de puros hombres, solo podía pensar que ella era la única que se estaba debatiendo en su cabeza entre seguir allí y salir corriendo al colegio de su nene, para verle ganar el premio por su bendito experimento del ratón. Seguramente sí. Aunque son personajes de películas, todos esos hombres hipotéticos tenían esposas hipotéticas en casa haciendo el trabajo emocional de sostener la familia y de estar allí para los hijos; ellos no estaban, ni de lejos, pensando en que le estaban fallando a su familia por estar allí, trabajando.

Como todos sabemos y como ya dice, Carrie finalmente está casada con Big, después de no-sé-cuántas temporadas de back and forth, y eso me parece tan tóxico y poco sano que no logro reconciliarlo. Una mujer aparentemente segura de sí misma, exitosa profesionalmente, con un sistema de apoyo sólido, que pasa años tratando de convencer a un hombre de que la escoja. Y, una vez casados, aún se sorprende y se siente dolida cuando a él le cuesta escogerla en las cotidianidades, adaptarse a esa vida en la que entró medio forzado.

Quisiera poder disfrutar de la serie como lo hacía a los 18, cuando cada capítulo no me lanzaba en un análisis interno de las dinámicas sociales en torno a las relaciones humanas y la cantidad de trabajo emocional que las mujeres ponen en el bienestar del otro (que, he descubierto, no siempre es un hombre). Pero, como me dijo una amiga hace unos días, “marica, you’re too woke now”. Así que ahora Sex & The City ya no es solo la serie/película que ves para despejar la cabeza, ahora se transforma en un post de todas las cosas que piensas cuando pasa el tiempo y empiezas a adentrarte tú misma en el océanos de las relaciones que, con los años, se hacen cada vez más complejas. Y, admito con cierta culpa ligera, aún la disfruto.

Aunque quisiera el espíritu -en teoría- libre de Carrie, su carrera literaria y talento para escribir de la vida misma (¿de qué más se escribe, si no?), ahora me encuentro descubriendo a Charlotte como la más estable y plantada de las cuatro: una madre que, en la búsqueda de la perfección, se reconoce en sus fallas y ambigüedades.

Sí, yo también quiero las dos niñitas con sus berrinches, sus manos llenas de pintura para niños en la falda cara, los retos que conlleva buscarse como individuo cuando tu identidad ha pasado, en gran medida, a ser el título de “mamá”, quiero la estabilidad que implica la escogencia diaria del presente, y quiero el hambre que tiene Miranda del mundo, de lograrlo todo en el campo profesional, de aspirar siempre a más.

 

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