Parirse a uno mismo

Dejé el árbol caído para empezar a dar explicaciones que nadie me pidió. Como, por ejemplo, si se preguntan de dónde viene el nuevo nombre: es un poema de Piedad Bonnett.

Desde hace poco más de un mes vivo en Barcelona. Fue mi primera decisión de mujer adulta e independiente: tarde pero seguro salí de la casa de mi mamá para aventurarme a esto de descubrirme adulta, llevando palo sin tregua y tratando de esquivar las bludgers que vienen con todo este proceso. He tenido éxito a medias, pero ahí voy.

Se supone que cuando tienes veinticinco años habitando este mundo ya más o menos deberías entender el rollo de cómo va todo. Se supone que la niñez y la adolescencia te prepararon para esto. Spoiler, por si aún no llegan: eso no pasa.

Un día estás en tu primera casa que te pagas tú, sintiéndote toda grande e independiente tomando café que hiciste con la primera cafetera que te compraste con tu propio dinero. Un día te pagas todas tus cuentas y, gracias a la diferencia de horario, ya no le rindes –tantas– cuentas a tu mamá de tus idas y venidas.

Pero la adultez es más, hasta ahora, ataques de ansiedad que esa promesa de vida desenfrenada en la que nadie te manda y haces lo que quieres. Eso solo pasa en las películas gringas. La vida real, he venido descubriendo, es bastante distinta. Bastante más dura.

Un día eres “adulto”, en teoría, y estás tratando de balancear el descubrir cuáles son tus pasiones y cómo convertirlas en una actividad de vida rentable que te permita mantenerte y además te llene. Te estás descubriendo adulta en las relaciones, estás aprendiendo de deal-breakers y de amores que no alcanzan para encontrarte en el medio, estás aprendiendo de ti y de afuera. Estás aprendiendo a cruzar la calle sin miedo (ahí voy también).

La adultez es un coñazo. Al mismo tiempo, reconozco el privilegio que significa venir a descubrir esto a los 25 años, cuando hay millones de personas que han tenido que enfrentarlo a tortazos mucho, mucho antes.

Hay cierta sensación de libertad en no saber nada. En tener sueños muy grandes que te mantienen funcionando, pero poco más. En quererlo todo e ir trastabillando para lograrlo. Hay algo muy bonito en irse conociendo como individuo, en irse descubriendo poco a poco, en ir aprendiendo qué sí y qué no.

Me mudé hace poco más de un mes a Barcelona. No sé qué viene ahora.

 

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